sábado, 14 de marzo de 2009

Juceca - Desde el alma

"Desde el alma"
(Cuento en tiempo de vals)

Hombre que peligró ser desalmado, Cantarolo Follaje.

Todo fue por culpa de un paro de espantapájaros que hizo el sindicato de espantadores de cotorras, que Cantarolo era dirigente y espantapájaros veterano, con años de oficio de quedarse parado entre los maizales, que fue lo que le trajo las várices en las venas y dos insolaciones por falta de sombrero en un enero que vino bravo y la patronal no daba.

Despedido sin despido, supo andar haciendo changas como gran matador de hormigas con el sistema martillo, que lleva tiempo pero es garantido, hasta que vino aquel año en que la hormiga entró a escasear porque se le descubrió una vitamina y se la exportaba en pie, y Cantarolo quedó en la miseria.

Mamado por invitaciones, una noche va y se topa con el mismo diablo.

Satanás había bajado (o subido) a refrescarse un poco, y andaba con un humor de los mil demonios, y Cantarolo le salió de atrás de un árbol mamau por unanimidá y le hizo “¡Huuuusch!”, y le pegó un julepe que el diablo quiso disparar y se pisó la cola y ahí quedó, entre los pastos tirado como una prenda perdida.

Cantarolo lo reconoció, por fotos, se refrescó ensegüidita y se disculpó y le dio una mano para que se parara.

Quedó de dedos chamuscados, porque el otro venía de la fragua y estaba ardiendo. Una cosa trajo a la otra, por ahí Cantarolo se acordó que el diablo solía comprar almas, y va y le ofrece la suya.

- Vea, Cantarolo – le dijo el diablo-, ya son tantos los que me han vendido el alma, que tengo los galpones repletos sin saber qué hacer con ellas. Como quien dice, no hay cotización.

- Yo tampoco sé que hacer con la que tengo – dijo Cantarolo en un desaliento -, pero si me hace la gauchada se la dejo a buen precio, como ser colita de cuadril por dos años con un flan de postre.

A Satanás le dio no sé qué negarse y cerró el trato.

Fueron dos años comiendo parejo, que Cantarolo era de los pocos que andaba con escarbadiente en la boca, y además lo usaba.

Pero a los dos años clavados, Mandinga lo fue a buscar al boliche El Resorte.

Entro de poncho y con la cola enroscada en una pata.

A la Duvija le llamó la atención aquel forastero. Tenía un algo, como un encanto y un peligro, pero lo que más le interesó fue el olor a azufre que traía. Y va y le habló:

- Disculpe, forastero, pero por un casual, ¿no tendrá una barrita de azufre pa’l dolor, que tengo todo duro acá?

Como le llovieron los pedidos, Satanás hizo tan buen negocio con el azufre, que agarró a Cantarolo en un aparte y le dijo que le perdonaba la deuda, pero eso sí, le suspendía el flan.

Por suerte, no escuchó cuando Cantarolo, emocionado, le dijo:

- Qué Dios se lo pague.

Julio César Castro. Del libro “Hay barrullo en El Resorte”

domingo, 8 de marzo de 2009

Quiroga - Decálogo del perfecto cuentista

DECÁLOGO DEL PERFECTO CUENTISTA

I - Cree en un maestro —Poe, Maupassant, Kipling, Chejov— como en Dios mismo.
II - Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.
III - Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.
IV - Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.
V - No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.
VI - Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: "Desde el río soplaba el viento frío", no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla.Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.
VII - No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.
VIII - Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.
IX - No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.
X - No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.
Horacio Quiroga

miércoles, 4 de marzo de 2009

La Literatura

Material proporcionado por la Prof. Gabriela Sosa

INTRODUCCIÓN AL ESTUDIO DE LA LITERATURA

El término “literatura” procede del latín littera que significa “letra” o “escrito”. Según su etimología, la literatura está relacionada con la cultura, con la manifestación de lo estético a través de la palabra escrita. Sin embargo, de esta manera se dejaría fuera a la que nos ha llegado por medio de la vía oral; por eso, en la actualidad, la literatura abarca tanto la producción escrita como la oral, pues ésta es la primera manifestación literaria del ser humano.

Aristóteles la define como el arte de la palabra. Consecuentemente, la literatura es un arte, un arte cuyo material es el lenguaje. Esto la vincula a otras formas de expresión de lo artístico: la escultura, la pintura, la danza, el cine, la música. Lo común a todas estas manifestaciones es precisamente la búsqueda por expresar una visión creativa y personal del mundo, más allá del medio que se utilice para hacerlo. Según Ernesto Sábato, “el artista ‘abstrae’, es decir ‘separa’ elementos de la realidad, ya que la realidad es infinita, y el arte, en cierto modo, es el intento de dar esa finitud en los limitados marcos de un libro o de una tela”.

Siguiendo esta línea, el Diccionario de uso del español de María Moliner define la literatura como “el arte que emplea como medio de expresión la palabra hablada o escrita”. El lenguaje es un sistema de signos que tiene como fin la comunicación. Podemos decir que el hombre es un fabricante de signos y a través de ellos se conoce a sí mismo, a los demás y al mundo en que vive. En palabras de Joaquín Xirau: “La literatura, como el arte, es una de las formas más altas de la conciencia, es una forma de conocimiento y autorreconocimiento”.

Y si el lenguaje es comunicación, la literatura por consiguiente surge de un emisor, que se dirige a un receptor a través de un mensaje, que por estar hecho de lenguaje representa alguna cosa o referente no lingüístico. El lenguaje literario desempeña las funciones del lenguaje común: expresiva, porque transmite la actitud del emisor frente a lo que está diciendo; apelativa porque influye en el receptor del mensaje, llamando su atención o incluso alterando su conducta e informativa o referencial porque alude a aquello de lo que se está hablando o escribiendo.

Sin embargo, la literatura se diferencia del resto de las comunicaciones lingüísticas porque es un arte. Por eso el lenguaje literario cumple una función poética, que tiene lugar cuando el lenguaje llama la atención sobre sí mismo, dando importancia al modo en que se dicen las cosas y no sólo al decirlas, como sucede en el lenguaje cotidiano. A su vez el lenguaje literario pretende crear un significado que va más allá de la simple comunicación: es ambiguo, pues posibilita una polisemia, una apertura de distintos significados.

Extraído de los siguientes materiales:

1. Celinda Fournier Marcos, Análisis literario.
2. Elena Romiti – Silvia Prida, Cómo es tu isla.
3. Programa MES y FOD – Lengua y Literatura: guía de apoyo al docente.
4. Julia Constenla, Medio siglo con Sábato: entrevistas.

Romanticismo

Romanticismo

En la “Historia de la literatura francesa”, Escarpit define al Romanticismo como una revolución literaria, que fue paralela con la revolución política de 1789 (Revolución Francesa). Esta revolución literaria intenta derrocar los valores clásicos en nombre de un individualismo literario. Trata de eliminar el equilibrio clásico y los soportes racionales de la cultura en esa época (principios del Siglo XIX). Intenta destruir con la idea de una estética fija, con el deseo de gustar al público, y con aquellos principios clásicos del buen gusto y el sentido común. Hablar de romanticismo es pensar en el desequilibrio a favor del individuo, de su sentimiento íntimo y su gusto personal.

El Romanticismo supuso una nueva forma de entender el mundo, y una nueva reformulación de valores. El romántico rechaza las jerarquías aceptadas hasta el momento, se siente incómodos con la rigidez del mundo en que viven.

El prototipo de hombre romántico es joven, rebelde, inconformista, sediento de justicia, sensible y deseoso de mostrarse tal como es, cambiante, soberbio, con conciencia de ser víctima social. Es un inadaptado, un individuo difícil de integrarse dentro del orden social, y a su vez orgulloso de no estarlo. Desea y necesita estar fuera del mundo que desprecia, mundo regido por principios como la apariencia y el dinero. El romántico es esencialmente un idealista.

Los románticos se quejan contra la sociedad porque consideran que los hombres del siglo XVIII, por sobre valorar a la razón, han negado la emoción, se han vuelto insensibles, han secado su corazón, y no comprenden la importancia de sentir y de esta manera han negado hasta la esencia misma del hombre. En este aspecto se ha dado una lucha encarnizada en la época.

Esta inadaptación del romántico lo lleva a buscar nuevos mundos alternativos, en los que puedan evadirse. Mundo lejanos, perdidos, exóticos, donde la realidad no pueda alcanzarlos y destruirlos. La realidad los niega a ellos, entonces ellos niegan la realidad por medio de la evasión. Así ellos oponen a la realidad, el ideal. En esos mundos estarán resueltas las contradicciones y las carencias del presente.

Tener buscar mundos exóticos les recuerda que han perdido uno, el que viven, por eso el hombre romántico están siempre teñido por un sentimiento de melancolía y tristeza que les impide disfrutar del presente.

La razón por la cuál deben huir mentalmente de esta sociedad es la falsa apariencia de felicidad y seguridad que maneja el hombre burgués. La Razón no ha hecho que alejar al hombre de la Vida y la Verdad auténtica.

Una de las características de esos lugares elegidos por los románticos, son los que predomina la Naturaleza, símbolo de la armonía perdida. Hubo una época en la que el Hombre era Naturaleza; era parte de ella y no estaba en ella. En ese tiempo no había preguntas que atormentaran su existencia, no había dolor ni angustia, sólo el simple devenir de la vida. Esos son los mundo que el romántico quiere partir con su imaginación.

Sin embargo, el hombre romántico se mueve en el terreno de la ambigüedad. Tanto desea ser seguido por esa sociedad, como la rechaza de plano. Se presenta ante el mundo de forma estruendosa y reclama ser seguido por todos. Es un líder al que todos ignoran su voz. Se lanza a la búsqueda de un destino heroico y casi siempre tiene un referente al que imitar, de la misma manera que lo hizo “Don Quijote” muchos siglos antes. No es casual que ellos se identificaran con este personaje de novela y lo ensalzaran.

Este deseo de ser un líder, y a su vez ser un ignorado por todos lo lleva a una profunda soledad, tema recurrente en la literatura romántica. El hombre romántico es el eterno incomprendido, se encuentra solo con una verdad que le llena pero que es incapaz de hacer comprender a otros. Esto lo hace un rebelde de la sociedad en que vive.

La autenticidad y la originalidad son dos pilares fundamentales de este hombre. Prefieren dejarse matar antes que fingir ante los otros, si cree que estos son falsos. Cualquier hipocresía y cualquier convencionalismo son motivos de lucha para ellos. Si algo asusta al romántico es la indiferencia, verse confundido o atrapado por la igualdad, ser uno más, un anónimo. La soledad, el aislamiento, la originalidad, es preferible ser el único acusado antes que ser uno más entre los jueces.

La soledad del héroe romántico tiene ese carácter trágico. Sin embargo, él consigue hacer de su fracaso social un signo de triunfo. Ser rechazado le permite confirmar que está en posesión de una verdad profunda, que por su grandeza, se vuelve incomprensible para todos los demás, que no están a su altura.

El arte ya no tiene la función de reconciliar a la sociedad, ni de enseñar. Ahora el arte es individual y no asume la visión de la comunidad, sino la visión subjetiva del artista.

La superioridad del hombre romántico está en la capacidad de sufrimiento y en la dimensión de su dolor que no se compara con el dolor vulgar. Él vive el dolor en forma extrema, llega a elevar cualquier pena diaria a niveles grandiosos. Es el dolor el signo de su sensibilidad. Así lo que los demás viven superficialmente, para el romántico es una tragedia.

Características literarias:
  • Subjetivismo. Predomina el sentimiento personal, el “yo” como único sentimiento válido, el tono confidencial de la poesía es característica también de la literatura romántica. El sentimiento está por encima de la razón, y la imaginación, muy por encima de la realidad.
  • Melancolía y amor a la soledad. El romántico lleva consigo un desgano por la vida que le toca. Una de las actitudes más comunes es el “spleen”, también llamado “mal del siglo”. Esto es una especie de neurosis proveniente del contraste entre la realidad que se ha soñado y la realidad que se vive. El hombre romántico sueña con un mundo de ficción alegre, carnal y dinámico.
  • Evasión. Uno de los motivos de la evasión es el dolor que les provoca la realidad. La lucha contra las reglas clásicas y la rigidez del clasicismo, los llevan a buscar espacios donde se sientan plenos y libres. Esos espacios deben estar muy lejos en el tiempo y en el espacio, y permitir el descubrimiento de un mundo desconocido.
  • Sentimiento de sublimación de la naturaleza. El romanticismo se consustancia con la naturaleza y ésta se transforma en su confidente, en ella halla su consuelo. En el Romanticismo el paisaje lo invade todo, éste es exótico, poco conocido. Por lo general el paisaje tiene relación con el interior de la persona o personaje. El romántico entiende que el clima y la naturaleza reflejan su interior.
  • Idealizan a la mujer o la demonizan. La mujer es vista como algo eróticamente inalcanzable, o porque la muerte los separa, o porque ella está comprometida o tal vez, ni siquiera es de este mundo. La mujer envuelve al romántico y le hace vivir a sus expensas. El romántico queda atrapado en ese sentimiento, aún cuando esa mujer sea de piedra.
  • El elemento sobrenatural. Este también fue un tema muy apreciado por los románticos. Esta tendencia se vio reforzada por la desilusión que les provocaba el racionalismo del siglo XVIII.
  • En cuanto a lo formal, hay una libertad temática y una forma de expresión que debe fluir espontáneamente según sus emociones o pasiones. Así no se seguirán las formas rígidas de la poesía, sino que como sienta el artista, así expresará sus versos.

Bibliografía

Aguirre Romero, Joaquín. “Niño y poeta. La mitificación de la infancia en el Romanticismo”. Artículo de la Revista Espéculo

Aguirre Romero, Joaquín. “Héroe y sociedad: el tema del individuo superior en la literatura decimonónica”. Artículo de la Revista Espéculo.

Escarpit. “ Historia de la literatura francesa”

Rodríguez, Pablo. Blog “Ya no hay excusas para no estudiar”. http://pablilloprofesor.blogspot.com

Concepto de héroe

Concepto de héroe

El héroe del mundo clásico o el del mundo medieval es un modelo de los valores que la sociedad entiende como positivos. En el héroe se encarnan las virtudes a las que los hombres aspiramos en cada momento de la historia. De igual manera, las obras literarias también ofrecían ejemplos de lo que no se debía hacer, modelos para que, con su contemplación, los hombres comprendieran lo errado de sus actos.

El héroe es siempre una propuesta, una encarnación de ideales. La condición de héroe, por tanto, proviene tanto de sus acciones como del valor que los demás le otorgan. Esto permite que la dimensión heroica varíe en cada situación histórica dependiendo de los valores imperantes. La sociedad engendra sus héroes a su imagen y semejanza o, para ser más exactos, conforme a la imagen idealizada que tiene de sí misma.

El héroe es el gran ausente, el que entra en la Leyenda y, por lo tanto, escapa de la realidad. El héroe es el que ya no está o nunca ha estado, el desaparecido o el que sólo ha vivido en los sueños y ficciones. La distancia permite ennoblecer a los personajes históricos y olvidar su auténtica existencia. Hace mejores a los amigos y peores a los enemigos. Purifica las intenciones de los hombres desvistiéndolas de los ropajes de la ambición y el deseo.

Cuando nos planteamos qué tiempos han sido mejores, miramos a sus héroes. En ellos tratamos de ver lo mejor de cada época, aunque sólo veamos sus deseos de ser de una forma o de otra y nuestras propias carencias.

Extraído del artículo “Héroe y sociedad...”
Por Joaquín María Aguirre.
Revista espéculo

lunes, 2 de marzo de 2009

Baudelaire - Textos

EL EXTRANJERO

- Hombre enigmático, dime a quién amas más: ¿a tu padre, a tu madre, a tu hermana o a tu hermano?
- No tengo padre ni madre, ni hermano ni hermana.
- ¿Tus amigos?
- Usa una palabra cuyo sentido me es desconocido hasta hoy.
- ¿Tu patria?
- Ignoro bajo qué latitud está ubicada.
- ¿La belleza?
- Con gusto la amaría, diosa e inmortal.
- ¿El oro?
- Lo odio tanto como usted a Dios.
- ¿Qué amas entonces, extraordinario extranjero?
- Amo las nubes... las nubes que pasan... allá... allá... ¡maravillosas nubes!

LA DESESPERACIONDE LA VIDA

La viejita apergaminada se sintió muy feliz ante el hermoso bebé al que todos hacían fiesta, a quien todos querían gustar; un hermoso ser, tan frágil como ella, la viejita, y también como ella sin dientes ni pelo.

Y se le acercó para hacerle sonrisas y mimos.

Pero el bebé asustado se debatió bajo las caricias de la decrépita mujer y llenó la casa de chillidos.

Entonces la pobre vieja se retiró a su eterna soledad y lloró en el rincón diciéndose: "-Para nosotras, viejas desdichadas, ya pasó la edad de gustar... siquiera a los inocentes; ¡horrorizamos también a los bebés que queremos amar!"
EL PERRO Y EL FRASCO
"Mi lindo perro, mi buen perro, mi querido pichicho, acércate y huele el excelente perfume comprado al mejor perfumista de la ciudad".

Y el perro, meneando la cola, que es, para estos pobres seres, el signo de la risa o la sonrisa, se acerca y pone curioso su nariz húmeda sobre el frasco abierto; luego, retrocediendo de repente con temor, me ladra como reprochándomelo.

-"¡Ah! perro miserable, si te hubiera ofrecido un montón de excrementos lo hubieras husmeado con delicia y hasta lo hubieras comido. Tú también, indigno compañero de mi triste vida, te pareces al público, al que jamás hay que ofrecerle perfumes delicados que lo exasperen, sino basura cuidadosamente seleccionada."

EMBORRACHENSE

Hay que estar siempre ebrio. Eso es todo: la única cuestión. Para no sentir el horrible peso del tiempo quebrando la espalda y doblándonos hacia la tierra, hay que emborracharse sin tregua.

¿Pero con qué? Con vino, poesía, o virtud, como gustéis. Pero emborráchense.

Y si alguna vez, en las escalinatas de un palacio, sobre la hierba verde de un parque, en la taciturna soledad del cuarto, despiertan ya disminuida o desaparecida la borrachera, pregunten al viento, a la ola, a la estrella, al pájaro, al reloj, a todo lo que huye, a lo que gime y rueda, a todo lo que canta, a todo lo que habla, pregunten qué hora es y el viento, la ola, la estrella, el pájaro, el reloj, responderán: "¡Es hora de emborracharse! ¡Para no ser mártires esclavos del tiempo, emborráchense; emborracharse sin cesar! Con vino, poesía o virtud, como gustéis."
Textos de "El Spleen de París" de Baudelaire

Homero - La Ilíada (Texto)

Homero

ILÍADA

CANTO I

Peste – Cólera

(Después de una corta invocación a la divinidad para que cante "la perniciosa ira de Aquiles", nos refiere el poeta que Crises, sacerdote de Apolo, va al campamento aqueo para rescatar a su hija, que había sido hecha cautiva y adjudicada como esclava a Agamenón; éste desprecia al sacerdote, se niega a darle la hija y lo despide con amenazadoras palabras; Apolo, indignado, suscita una terrible peste en el campamento; Aquiles reúne a los guerreros en el ágora por inspiración de la diosa Hera, y, habiendo dicho al adivino Calcante que hablara sin miedo, aunque tuviera que referirse a Agamenón, se sabe por fin que el comportamiento de Agamenón con el sacerdote Crises ha sido la causa del enojo del dios. Esta declaración irrita al rey, que pide que, si ha de devolver la esclava, se le prepare otra recompensa; y Aquiles le responde que ya se la darán cuando tomen Troya. Así, de un modo tan natural, se origina la discordia entre el caudillo supremo del ejército y el héroe más valiente. La riña llega a tal punto que Aquiles desenvaina la espada y habría matado a Agamenón si no se lo hubiese impedido la diosa Atenea; entonces Aquiles insulta a Agamenón, éste se irrita y amenaza a Aquiles con quitarle la esclava Briseida, a pesar de la prudente amonestación que le dirige Néstor; se disuelve el ágora y Agamenón envía a dos heraldos a la tienda de Aquiles que se llevan a Briseide; Ulises y otros griegos se embarcan con Criseida y la devuelven a su padre; y, mientras tanto, Aquiles pide a su madre Tetis que suba al Olimpo a impetre de Zeus que conceda la victoria a los troyanos para que Agamenón comprenda la falta que ha cometido; Tetis cumple el deseo de su hijo, Zeus accede, y este hecho produce una violenta disputa entre Zeus y Hera, a quienes apacigua su hijo Hefesto; la concordia vuelve a reinar en el Olimpo y los dioses celebran un festín espléndido hasta la puesta del sol, en que se recogen en sus palacios.)

1 Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles; cólera funesta que causó infinitos males los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves -cumplíase la voluntad de Zeus- desde que se separaron disputando el Atrida, rey de hombres, y el divino Aquiles.

8 ¿Cuál de los dioses promovió entre ellos la contienda para que pelearan? El hijo de Leto y de Zeus. Airado con el rey, suscitó en el ejército maligna peste, y los hombres perecían por el ultraje que el Atrida infiriera al sacerdote Crises. Éste, deseando redimir a su hija, se había presentado en las veleras naves aqueas con un inmenso rescate y las ínfulas de Apolo, el que hiere de lejos, que pendían de áureo cetro, en la mano; y a todos los aqueos, y particularmente a los dos Atridas, caudillos de pueblos, así les suplicaba:

17 -¡Atridas y demás aqueos de hermosas grebas! Los dioses, que poseen olímpicos palacios, os permitan destruir la ciudad de Príamo y regresar felizmente a la patria! Poned en libertad a mi hija y recibid el rescate, venerando al hijo de Zeus, a Apolo, el que hiere de lejos.

22 Todos los aqueos aprobaron a voces que se respetara al sacerdote y se admitiera el espléndido rescate; mas el Atrida Agamenón, a quien no plugo el acuerdo, le despidió de mal modo y con altaneras voces:

26 -No dé yo contigo, anciano, cerca de las cóncavas naves, ya porque ahora demores tu partida, ya porque vuelvas luego, pues quizás no te valgan el cetro y las ínfulas del dios. A aquélla no la soltaré; antes le sobrevendrá la vejez en mi casa, en Argos, lejos de su patria, trabajando en el telar y aderezando mi lecho. Pero vete; no me irrites, para que puedas irte más sano y salvo.

33 Así dijo. El anciano sintió temor y obedeció el mandato. Fuese en silencio por la orilla del estruendoso mar; y, mientras se alejaba, dirigía muchos ruegos al soberano Apolo, a quien parió Leto, la de hermosa cabellera:

37 -¡Óyeme, tú que llevas arco de plata, proteges a Crisa y a la divina Cila, a imperas en Ténedos poderosamente! ¡Oh Esminteo! Si alguna vez adorné tu gracioso templo o quemé en tu honor pingües muslos de toros o de cabras, cúmpleme este voto: ¡Paguen los dánaos mis lágrimas con tus flechas!

43 Así dijo rogando. Oyóle Febo Apolo e, irritado en su corazón, descendió de las cumbres del Olimpo con el arco y el cerrado carcaj en los hombros; las saetas resonaron sobre la espalda del enojado dios, cuando comenzó a moverse. Iba parecido a la noche. Sentóse lejos de las naves, tiró una flecha y el arco de plata dio un terrible chasquido. Al principio el dios disparaba contra los mulos y los ágiles perros; mas luego dirigió sus amargas saetas a los hombres, y continuamente ardían muchas piras de cadáveres.

53 Durante nueve días volaron por el ejército las flechas del dios. En el décimo, Aquiles convocó al pueblo al ágora: se lo puso en el corazón Hera, la diosa de los níveos brazos, que se interesaba por los dánaos, a quienes veía morir. Acudieron éstos y, una vez reunidos, Aquiles, el de los pies ligeros, se levantó y dijo:

59 -¡Atrida! Creo que tendremos que volver atrás, yendo otra vez errantes, si escapamos de la muerte; pues, si no, la guerra y la peste unidas acabarán con los aqueos. Mas, ea, consultemos a un adivino, sacerdote o intérprete de sueños -pues también el sueño procede de Zeus-, para que nos diga por qué se irritó tanto Febo Apolo: si está quejoso con motivo de algún voto o hecatombe, y si quemando en su obsequio grasa de corderos y de cabras escogidas, querrá libramos de la peste.

68 - Cuando así hubo hablado, se sentó. Levantóse entre ellos Calcante Testórida, el mejor de los augures -conocía lo presente, lo futuro y lo pasado, y había guiado las naves aqueas hasta Ilio por medio del arte adivinatoria que le diera Febo Apolo-, y benévolo los arengó diciendo:

74 -¡Oh Aquiles, caro a Zeus! Mándasme explicar la cólera de Apolo, del dios que hiere de lejos. Pues bien, hablaré; pero antes declara y jura que estás pronto a defenderme de palabra y de obra, pues temo irritar a un varón que goza de gran poder entre los argivos todos y es obedecido por los aqueos. Un rey es más poderoso que el inferior contra quien se enoja; y, si bien en el mismo día refrena su ira, guarda luego rencor hasta que logra ejecutarlo en el pecho de aquél. Dime, pues, si me salvarás.

84 Y contestándole, Aquiles, el de los pies ligeros, le dijo:

85 -Manifiesta, deponiendo todo temor, el vaticinio que sabes; pues ¡por Apolo, caro a Zeus; a quien tú, Calcante, invocas siempre que revelas oráculos a los dánaos!, ninguno de ellos pondrá en ti sus pesadas manos, cerca de las cóncavas naves, mientras yo viva y vea la luz acá en la tierra, aunque hablares de Agamenón, que al presente se jacta de ser en mucho el más poderoso de todos los aqueos.

92 Entonces cobró ánimo y dijo el eximio vate:

93 -No está el dios quejoso con motivo de algún voto o hecatombe, sino a causa del ultraje que Agamenón ha inferido al sacerdote, a quien no devolvió la hija ni admitió el rescate. Por esto el que hiere de lejos nos causó males y todavía nos causará otros. Y no librará a los dánaos de la odiosa peste, hasta que sea restituida a su padre, sin premio ni rescate, la joven de ojos vivos, y llevemos a Crisa una sagrada hecatombe. Cuando así le hayamos aplacado, renacerá nuestra esperanza.

101 Dichas estas palabras, se sentó. Levantóse al punto el poderoso héroe Agamenón Atrida, afligido, con las negras entrañas llenas de cólera y los ojos parecidos al relumbrante fuego; y, encarando a Calcante la torva vista, exclamó:

106-¡Adivino de males! jamás me has anunciado nada grato. Siempre te complaces en profetizar desgracias y nunca dijiste ni ejecutaste nada bueno. Y ahora, vaticinando ante los dánaos, afirmas que el que hiere de lejos les envía calamidades, porque no quise admitir el espléndido rescate de la joven Criseide, a quien anhelaba tener en mi casa. La prefiero, ciertamente, a Clitemnestra, mi legítima esposa, porque no le es inferior ni en el talle, ni en el natural, ni en inteligencia, ni en destreza. Pero, aun así y todo, consiento en devolverla, si esto es lo mejor; quiero que el pueblo se salve, no que perezca. Pero preparadme pronto otra recompensa, para que no sea yo el único argivo que sin ella se quede; lo cual no parecería decoroso. Ved todos que se va a otra parte la que me había correspondido.

121 Replicóle en seguida el celerípede divino Aquiles:

122 -¡Atrida gloriosísimo, el más codicioso de todos! ¿Cómo pueden darte otra recompensa los magnánimos aqueos? No sabemos que existan en parte alguna cosas de la comunidad, pues las del saqueo de las ciudades están repartidas, y no es conveniente obligar a los hombres a que nuevamente las junten. Entrega ahora esa joven al dios, y los aqueos te pagaremos el triple o el cuádruple, si Zeus nos permite algún día tomar la bien murada ciudad de Troya.

130 Y, contestándole, el rey Agamenón le dijo:

131 Aunque seas valiente, deiforme Aquiles, no ocultes así tu pensamiento, pues no podrás burlarme ni persuadirme. ¿Acaso quieres, para conservar tu recompensa, que me quede sin la mía, y por esto me aconsejas que la devuelva? Pues, si los magnánimos aqueos me dan otra conforme a mi deseo para que sea equivalente... Y si no me la dieren, yo mismo me apoderaré de la tuya o de la de Ayante, o me llevaré la de Ulises, y montará en cólera aquél a quien me llegue. Mas sobre esto deliberaremos otro día. Ahora, ea, echemos una negra nave al mar divino, reunamos los convenientes remeros, embarquemos víctimas para una hecatombe y a la misma Criseide, la de hermosas mejillas, y sea capitán cualquiera de los jefes: Ayante, Idomeneo, el divino Ulises o tú, Pelida, el más portentoso de todos los hombres, para que nos aplaques con sacrificios al que hiere de lejos.

148 Mirándolo con torva faz, exclamó Aquiles, el de los pies ligeros:

149 -¡Ah, impudente y codicioso! ¿Cómo puede estar dispuesto a obedecer tus órdenes ni un aqueo siquiera, para emprender la marcha o para combatir valerosamente con otros hombres? No he venido a pelear obligado por los belicosos troyanos, pues en nada se me hicieron culpables -no se llevaron nunca mis vacas ni mis caballos, ni destruyeron jamás la cosecha en la fértil Ftía, criadora de hombres, porque muchas umbrías montañas y el ruidoso mar nos separan-, sino que te seguimos a ti, grandísimo insolente, para darte el gusto de vengaros de los troyanos a Menelao y a ti, ojos de perro. No fijás en esto la atención, ni por ello te tomas ningún cuidado, y aun me amenazas con quitarme la recompensa que por mis grandes fatigas me dieron los aqueos. Jamás el botín que obtengo iguala al tuyo cuando éstos entran a saco una populosa ciudad de los troyanos: aunque la parte más pesada de la impetuosa guerra la sostienen mis manos, tu recompensa, al hacerse el reparto, es mucho mayor; y yo vuelvo a mis naves, teniéndola pequeña, aunque grata, después de haberme cansado en el combate. Ahora me iré a Ftía, pues lo mejor es regresar a la patria en las cóncavas naves: no pienso permanecer aquí sin honra para procurarte ganancia y riqueza.

172 Contestó en seguida el rey de hombres, Agamenón:

173 -Huye, pues, si tu ánimo a ello te incita; no te ruego que por mí te quedes; otros hay a mi lado que me honrarán, y especialmente el próvido Zeus. Me eres más odioso que ningún otro de los reyes, alumnos de Zeus, porque siempre te han gustado las riñas, luchas y peleas. Si es grande tu fuerza, un dios te la dio. Vete a la patria, llevándote las naves y los compañeros, y reina sobre los mirmidones, no me importa que estés irritado, ni por ello me preocupo, pero te haré una amenaza: Puesto que Febo Apolo me quita a Criseide, la mandaré en mi nave con mis amigos; y encaminándome yo mismo a tu tienda, me llevaré a Briseide, la de hermosas mejillas, tu recompensa, para que sepas bien cuánto más poderoso soy y otro tema decir que es mi igual y compararse conmigo.

188 Así dijo. Acongojóse el Pelida, y dentro del velludo pecho su corazón discurrió dos cosas: o, desnudando la aguda espada que llevaba junto al muslo, abrirse paso y matar al Atrida, o calmar su cólera y reprimir su furor. Mientras tales pensamientos revolvía en su mente y en su corazón y sacaba de la vaina la gran espada, vino Atenea del cielo: envióla Hera, la diosa de los níveos brazos, que amaba cordialmente a entrambos y por ellos se interesaba. Púsose detrás del Pelida y le tiró de la blonda cabellera, apareciéndose a él tan sólo; de los demás, ninguno la veía. Aquiles, sorprendido, volvióse y al instante conoció a Palas Atenea, cuyos ojos centelleaban de un modo terrible. Y hablando con ella, pronunció estas aladas palabras:

202-¿Por qué nuevamente, oh hija de Zeus, que lleva la égida, has venido? ¿Acaso para presenciar el ultraje que me infiere Agamenón Atrida? Pues te diré lo que me figuro que va a ocurrir: Por su insolencia perderá pronto la vida.

206 Díjole a su vez Atenea, la diosa de ojos de lechuza:

207-Vengo del cielo para apaciguar tu cólera, si obedecieres; y me envía Hera, la diosa de los níveos brazos, que os ama cordialmente a entrambos y por vosotros se interesa. Ea, cesa de disputar, no desenvaines la espada a injúrialo de palabra como te parezca. Lo que voy a decir se cumplirá: Por este ultraje se te ofrecerán un día triples y espléndidos presentes.Domínate y obedécenos.

213 Y, contestándole, Aquiles, el de los pies ligeros, le dijo:

216 -Preciso es, oh diosa, hacer lo que mandáis, aunque el corazón esté muy irritado. Proceder así es lo mejor. Quien a los dioses obedece es por ellos muy atendido.

219 Dijo; y puesta la robusta mano en el argénteo puño, envainó la enorme espada y no desobedeció la orden de Atenea. La diosa regresó al Olimpo, al palacio en que mora Zeus, que lleva la égida, entre las demás deidades.

223 El Pelida, no amainando en su cólera, denostó nuevamente al Atrida con injuriosas voces:

225 -¡Ebrioso, que tienes ojos de perro y corazón de ciervo! Jamás te atreviste a tomar las armas con la gente del pueblo para combatir, ni a ponerte en emboscada con los más valientes aqueos: ambas cosas te parecen la muerte. Es, sin duda, mucho mejor arrebatar los dones, en el vasto campamento de los aqueos, a quien te contradiga. Rey devorador de tu pueblo, porque mandas a hombres abyectos...; en otro caso, Atrida, éste fuera tu último ultraje. Otra cosa voy a decirte y sobre ella prestaré un gran juramento: Sí, por este cetro que ya no producirá hojas ni ramos, pues dejó el tronco en la montaña; ni reverdecerá, porque el bronce lo despojó de las hojas y de la corteza, y ahora lo empuñan los aqueos que administran justicia y guardan las leyes de Zeus (grande será para ti este juramento): algún día los aqueos todos echarán de menos a Aquiles, y tú, aunque te aflijas, no podrás socorrerlos cuando muchos sucumban y perezcan a manos de Héctor, matador de hombres. Entonces desgarrarás tu corazón, pesaroso por no haber honrado al mejor de los aqueos.

245 Así dijo el Pelida; y, tirando a tierra el cetro tachonado con clavos de oro, tomó asiento. El Atrida, en el opuesto lado, iba enfureciéndose. Pero levantóse Néstor, suave en el hablar, elocuente orador de los pilios, de cuya boca las palabras fluían más dulces que la miel -había visto perecer dos generaciones de hombres de voz articulada que nacieron y se criaron con él en la divina Pilos y reinaba sobre la tercera-, y benévolo los arengó diciendo:

254 -¡Oh dioses! ¡Qué motivo de pesar tan grande le ha llegado a la tierra aquea! Alegrananse Príamo y sus hijos, y regocijaríanse los demás troyanos en su corazón, si oyeran las palabras con que disputáis vosotros, los primeros de los dánaos así en el consejo como en el combate. Pero dejaos convencer, ya que ambos sois más jóvenes que yo. En otro tiempo traté con hombres aún más esforzados que vosotros, y jamás me desdeñaron. No he visto todavía ni veré hombres como Pirítoo, Driante, pastor de pueblos, Ceneo, Exadio, Polifemo, igual a un dios, y Teseo Egeida, que parecía un inmortal. Criáronse éstos los más fuertes de los hombres; muy fuertes eran y con otros muy fuertes combatieron: con los montaraces centauros, a quienes exterminaron de un modo estupendo. Y yo estuve en su compañía -habiendo acudido desde Pilos, desde lejos, desde esa apartada tierra, porque ellos mismos me llamaron- y combatí según mis fuerzas. Con tales hombres no pelearía ninguno de los mortales que hoy pueblan la tierra; no obstante lo cual, seguían mis consejos y escuchaban mis palabras. Prestadme también vosotros obediencia, que es lo mejor que podéis hacer. Ni tú, aunque seas valiente, le quites la joven, sino déjasela, puesto que se la dieron en recompensa los magnánimos aqueos; ni tú, Pelida, quieras altercar de igual a igual con el rey, pues jamás obtuvo honra como la suya ningún otro soberano que usara cetro y a quien Zeus diera gloria. Si tú eres más esforzado, es porque una diosa te dio a luz; pero éste es más poderoso, porque reina sobre mayor número de hombres. Atrida, apacigua tu cólera; yo te suplico que depongas la ira contra Aquiles, que es para todos los aqueos un fuerte antemural en el pernicioso combate.

285 Y, contestándole, el rey Agamenón le dijo:

286 -Sí, anciano, oportuno es cuanto acabas de decir. Pero este hombre quiere sobreponerse a todos los demás; a todos quiere dominar, a todos gobernar, a todos dar órdenes que alguien, creo, se negará a obedecer. Si los sempiternos dioses le hicieron belicoso, ¿le permiten por esto proferir injurias?

292 Interrumpiéndole, exclamó el divino Aquiles:

293 -Cobarde y vil podría llamárseme si cediera en todo lo que dices; manda a otros, no me des órdenes, pues yo no pienso ya obedecerte. Otra cosa te diré que fijarás en la memoria: No he de combatir con estas manos por la joven ni contigo, ni con otro alguno, pues al fin me quitáis lo que me disteis; pero, de lo demás que tengo junto a mi negra y veloz embarcación, nada podrías llevarte tomándolo contra mi voluntad. Y si no, ea, inténtalo, para que éstos se enteren también; y presto tu negruzca sangre brotará en torno de mi lanza.

304 Después de altercar así con encontradas razones, se levantaron y disolvieron el ágora que cerca de las naves aqueas se celebraba. Fuese el Pelida hacia sus tiendas y sus bien proporcionados bajeles con el Menecíada y otros amigos; y el Atrida echó al mar una velera nave, escogió veinte remeros, cargó las víctimas de la hecatombe para el dios, y, conduciendo a Criseide, la de hermosas mejillas, la embarcó también; fue capitán el ingenioso Ulises.

312 Así que se hubieron embarcado, empezaron a navegar por líquidos caminos. El Atrida mandó que los hombres se purificaran, y ellos hicieron lustraciones, echando al mar las impurezas, y sacrificaron junto a la orilla del estéril mar hecatombes perfectas de toros y de cabras en honor de Apolo. El vapor de la grasa llegaba al cielo, enroscándose alrededor del humo.

318 En tales cosas ocupábanse éstos en el ejército. Agamenón no olvidó la amenaza que en la contienda había hecho a Aquiles, y dijo a Taltibio y Euríbates, sus heraldos y diligentes servidores:

322 -Id a la tienda del Pelida Aquiles, y asiendo de la mano a Briseide, la de hermosas mejillas, traedla acá, y, si no os la diere, ire yo mismo a quitársela, con más gente, y todavía le será más duro.

326 Hablándoles de tal suerte y con altaneras voces, los despidió. Contra su voluntad fuéronse los heraldos por la orilla del estéril mar, llegaron a las tiendas y naves de los mirmidones, y hallaron al rey cerca de su tienda y de su negra nave. Aquiles, al verlos, no se alegró. Ellos se turbaron, y, habiendo hecho una reverencia, paráronse sin decir ni preguntar nada. Pero el héroe lo comprendió todo y dijo:

334 -¡Salud, heraldos, mensajeros de Zeus y de los hombres! Acercaos; pues para mí no sois vosotros los culpables sino Agamenón, que os envía por la joven Briseide. ¡Ea, Patroclo, del linaje de Zeus! Saca la joven y entrégasela para que se la lleven. Sed ambos testigos ante los bienaventurados dioses, ante los mortales hombres y ante ese rey cruel, si alguna vez tienen los demás necesidad de mí para librarse de funestas calamidades porque él tiene el corazón poseído de furor y no sabe pensar a la vez en lo futuro y en lo pasado, a fin de que los aqueos se salven combatiendo junto a las naves.

345 Así dijo. Patroclo, obedeciendo a su amigo, sacó de la tienda a Briseide, la de hermosas mejillas, y la entregó para que se la llevaran. Partieron los heraldos hacia las naves aqueas, y la mujer iba con ellos de mala gana. Aquiles rompió en llanto, alejóse de los compañeros, y, sentándose a orillas del blanquecino mar con los ojos clavados en el ponto inmenso y las manos extendidas, dirigió a su madre muchos ruegos:

352 -¡Madre! Ya que me pariste de corta vida, el olímpico Zeus altitonante debía honrarme y no lo hace en modo alguno. El poderoso Agamenón Atrida me ha ultrajado, pues tiene mi recompensa, que él mismo me arrebató.

357 Así dijo derramando lágrimas. Oyóle la veneranda madre desde el fondo del mar, donde se hallaba junto al padre anciano, a inmediatamente emergió de las blanquecinas ondas como niebla, sentóse delante de aquél, que derramaba lágrimas, acariciólo con la mano y le habló de esta manera:

362 -¡Hijo! ¿Por qué lloras? ¿Qué pesar te ha llegado al alma? Habla; no me ocultes lo que piensas, para que ambos lo sepamos.

364 Dando profundos suspiros, contestó Aquiles, el de los pies ligeros:

365 -Lo sabes. ¿A qué referirte lo que ya conoces? Fuimos a Teba, la sagrada ciudad de Eetión; la saqueamos, y el botín que trajimos se lo distribuyeron equitativamente los aqueos, separando para el Atrida a Criseide, la de hermosas mejillas. Luego Crises, sacerdote de Apolo, el que hiere de lejos, deseando redimir a su hija, se presentó en las veleras naves aqueas con un inmenso rescate y las ínfulas de Apolo, el que hiere de lejos, que pendían de áureo cetro, en la mano; y suplicó a todos los aqueos, y particularmente a los dos Atridas, caudillos de pueblos. Todos los aqueos aprobaron a voces que se respetase al sacerdote y se admitiera el espléndido rescate; mas el Atrida Agamenón, a quien no plugo el acuerdo, to despidió de mal modo y con altaneras voces. El anciano se fue irritado; y Apolo, accediendo a sus ruegos, pues le era muy querido, tiró a los argivos funesta saeta: morían los hombres unos en pos de otros, y las flechas del dios volaban por todas partes en el vasto campamento de los aqueos. Un adivino bien enterado nos explicó el vaticinio del que hiere de lejos, y yo fui el primero en aconsejar que se aplacara al dios. El Atrida encendióse en ira; y, levantándose, me dirigió una amenaza que ya se ha cumplido. A aquélla los aqueos de ojos vivos la conducen a Crisa en velera nave con presentes para el dios; y a la hija de Briseo, que los aqueos me dieron, unos heraldos se la han llevado ahora mismo de mi tienda. Tú, si puedes, socorre a tu buen hijo; ve al Olimpo y ruega a Zeus, si alguna vez llevaste consuelo a su corazón con palabras o con obras. Muchas veces, hallándonos en el palacio de mi padre, oí que te gloriabas de haber evitado, tú sola entre los inmortales, una afrentosa desgracia al Cronida, el de las sombrías pubes, cuando quisieron atarlo otros dioses olímpicos, Hera, Posidón y Palas Atenea. Tú, oh diosa, acudiste y lo libraste de las ataduras, llamando en seguida al espacioso Olimpo al centímano a quien los dioses nombran Briareo y todos los hombres Egeón, el cual es superior en fuerza a su mismo padre, y se sentó entonces al lado de Zeus, ufano de su gloria; temiéronlo los bienaventurados dioses y desistieron del atamiento. Recuérdaselo, siéntate a su lado y abraza sus rodillas: quizás decida favorecer a los troyanos y acorralar a los aqueos, que serán muertos entre las popas, cerca del mar; para que todos disfruten de su rey y comprenda el poderoso Agamenón Atrida la falta que ha cometido no honrando al mejor de los aqueos.

413 Respondióle en seguida Tetis, derramando lágrimas:

414 -¡Ay, hijo mío! ¿Por qué te he criado, si en hora aciaga te di a luz? ¡Ojalá estuvieras en las naves sin llanto ni pena, ya que tu vida ha de ser corta, de no larga duración! Ahora eres juntamente de breve vida y el más infortunado de todos. Con hado funesto te parí en el palacio. Yo misma iré al nevado Olimpo y hablaré a Zeus, que se complace en lanzar rayos, por si se deja convencer. Tú quédate en las naves de ligero andar, conserva la cólera contra los aqueos y abstente por entero de combatir. Ayer se marchó Zeus al Océano, al país de los probos etíopes, para asistir a un banquete, y todos los dioses lo siguieron. De aquí a doce días volverá al Olimpo. Entonces acudiré a la morada de Zeus, sustentada en bronce; le abrazaré las rodillas, y espero que lograré persuadirlo.

428 Dichas estas palabras partió, dejando a Aquiles con el corazón irritado a causa de la mujer de bella cintura que violentamente y contra su voluntad le habían arrebatado.

430 En tanto, Ulises llegaba a Crisa con las víctimas para la sagrada hecatombe. Cuando arribaron al profundo puerto, amainaron las velas, guardándolas en la negra nave; abatieron rápidamente por medio de cuerdas el mástil hasta la crujía, y llevaron la nave, a fuerza de remos, al fondeadero. Echaron anclas y ataron las amarras, saltaron a la playa, desembarcaron las víctimas de la hecatombe para Apolo, el que hiere de lejos, y Criseide salió de la nave surcadora del ponto. El ingenioso Ulises llevó la doncella al altar y, poniéndola en manos de su padre, dijo:

442 -¡Oh Crises! Envíame al rey de hombres, Agamenón, a traerte la hija y ofrecer en favor de los dánaos una sagrada hecatombe a Febo, para que aplaquemos a este dios que tan deplorables males ha causado a los argivos.

446 Habiendo hablado así, puso en sus manos la hija amada, que aquél recibió con alegría. Acto continuo, ordenaron la sagrada hecatombe en torno del bien construido altar, laváronse las manos y tomaron la mola. Y Crises oró en alta voz y con las manos levantadas:

451 -¡Óyeme, tú que llevas arco de plata, proteges a Crisa y a la divina Cila a imperas en Ténedos poderosamente! Me escuchaste cuando te supliqué, y, para honrarme, oprimiste duramente al ejército aqueo; pues ahora cúmpleme este voto: ¡Aleja ya de los dánaos la abominable peste!

457 Así dijo rogando, y Febo Apolo lo oyó. Hecha la rogativa y esparcida la mola, cogieron las víctimas por la cabeza, que tiraron hacia atrás, y las degollaron y desollaron; en seguida cortaron los muslos, y, después de pringarlos con gordura por uno y otro lado y de cubrirlos con trozos de carne, el anciano los puso sobre la leña encendida y los roció de vino tinto. Cerca de él, unos jóvenes tenían en las manos asadores de cinco puntas. Quemados los muslos, probaron las entrañas, y, dividiendo lo restante en pedazos muy pequeños, lo atravesaron con pinchos, lo asaron cuidadosamente y lo retiraron del fuego. Terminada la faena y dispuesto el banquete, comieron, y nadie careció de su respectiva porción. Cuando hubieron satisfecho el deseo de beber y de comer, los mancebos coronaron de vino las crateras y lo distribuyeron a todos los presentes después de haber ofrecido en copas las primicias. Y durante todo el día los aqueos aplacaron al dios con el canto, entonando un hermoso peán a Apolo, el que hiere de lejos, que los oía con el corazón complacido.

475 Cuando el sol se puso y sobrevino la noche, durmieron cerca de las amarras de la nave. Mas, así que apareció la hija de la mañana, la Aurora de rosados dedos, hiciéronse a la mar para volver al espacioso campamento aqueo, y Apolo, el que hiere de lejos, les envió próspero viento. Izaron el mástil, descogieron las velas, que hinchó el viento, y las purpúreas olas resonaban en torno de la quilla mientras la nave corría siguiendo su rumbo. Una vez llegados al vasto campamento de los aqueos, sacaron la negra nave a sierra firme y la pusieron en alto sobre la arena, sosteniéndola con grandes maderos. Y luego se dispersaron por las tiendas y los bajeles.

488 El hijo de Peleo y descendiente de Zeus, Aquiles, el de los pies ligeros, seguía irritado en las veleras naves, y ni frecuentaba el ágora donde los varones cobran fama, ni cooperaba a la guerra; sino que consumía su corazón, permaneciendo en las naves, y echaba de menos la gritería y el combate.

493 Cuando, después de aquel día, apareció la duodécima aurora, los sempiternos dioses volvieron al Olimpo con Zeus a la cabeza. Tetis no olvidó entonces el encargo de su hijo: saliendo de entre las olas del mar, subió muy de mañana al gran cielo y al Olimpo, y halló al largovidente Cronida sentado aparte de los demás dioses en la más alta de las muchas cumbres del monte. Acomodóse ante él, abrazó sus rodillas con la mano izquierda, tocóle la barba con la derecha y dirigió esta súplica al soberano Zeus Cronión:

503 -¡Padre Zeus! Si alguna vez te fui útil entre los inmortales con palabras a obras, cúmpleme este voto: Honra a mi hijo, el héroe de más breve vida, pues el rey de hombres, Agamenón, lo ha ultrajado, arrebatándole la recompensa que todavía retiene. Véngalo tú, próvido Zeus Olímpico, concediendo la victoria a los troyanos hasta que los aqueos den satisfacción a mi hijo y lo colmen de honores.

511 Así dijo. Zeus, que amontona las nubes, nada contestó guardando silencio un buen rato. Pero Tetis, que seguía como cuando abrazó sus rodillas, le suplicó de nuevo:

514 -Prométemelo claramente, asintiendo, o niégamelo -pues en ti no cabe el temorpara que sepa cuán despreciada soy entre todas las deidades.

517 Zeus, que amontona las nubes, díjole afligidísimo:

518-¡Funestas acciones! Pues harás que me malquiste con Hera, cuando me zahiera con injuriosas palabras. Sin motivo me riñe siempre ante los inmortales dioses, porque dice que en las batallas favorezco a los troyanos. Pero ahora vete, no sea que Hera advierta algo; yo me cuidaré de que esto se cumpla. Y si lo deseas, te haré con la cabeza la señal de asentimiento para que tengas confianza. Éste es el signo más seguro, irrevocable y veraz para los inmortales; y no deja de efectuarse aquello a que asiento con la cabeza.

528 Dijo el Cronida, y bajó las negras cejas en señal de asentimiento; los divinos cabellos se agitaron en la cabeza del soberano inmortal, y a su intlujo estremecióse el dilatado Olimpo.

531 Después de deliberar así, se separaron: ella saltó al profundo mar desde el resplandeciente Olimpo, y Zeus volvió a su palacio. Todos los dioses se levantaron al ver a su padre, y ninguno aguardó que llegara, sino que todos salieron a su encuentro. Sentóse Zeus en el trono; y Hera, que, por haberlo visto, no ignoraba que Tetis, la de argénteos pies, hija del anciano del mar, con él había departido, dirigió al momento injuriosas palabras a Zeus Cronida:

540 -¿Cuál de las deidades, oh doloso, ha conversado contigo? Siempre te es grato, cuando estás lejos de mí, pensar y resolver algo secretamente, y jamás te has dignado decirme una sola palabra de lo que acuerdas.

544 Respondióle el padre de los hombres y de los dioses:

545 -¡Hera! No esperes conocer todas mis decisiones, pues te resultará difícil aun siendo mi esposa. Lo que pueda decirse, ningún dios ni hombre lo sabrá antes que tú; pero lo que quiera resolver sin contar con los dioses, no lo preguntes ni procures averiguarlo.

551 Replicó en seguida Hera veneranda, la de ojos de novilla:

552 -¡Terribilísimo Cronida, qué palabras proferiste! No será mucho lo que te haya preguntado o querido averiguar, puesto que muy tranquilo meditas cuanto te place. Mas ahora mucho recela mi corazón que te haya seducido Tetis, la de argénteos pies, hija del anciano del mar. A1 amanecer el día sentóse cerca de ti y abrazó tus rodillas; y pienso que le habrás prometido, asintiendo, honrar a Aquiles y causar gran matanza junto a las naves aqueas.

560 Y contestándole, Zeus, que amontona las nubes, le dijo:

561 -¡Ah, desdichada! Siempre sospechas y de ti no me oculto. Nada, empero, podrás conseguir sino alejarte de mi corazón; lo cual todavía te será más duro. Si es cierto lo que sospechas, así debe de serme grato. Pero siéntate en silencio y obedece mis palabras. No sea que no te valgan cuantos dioses hay en el Olimpo, acercándose a ti, cuando te ponga encima mis invictas manos.

569 Así dijo. Temió Hera veneranda, la de ojos de novilla, y, refrenando el coraje, sentóse en silencio. Indignáronse en el palacio de Zeus los dioses celestiales. Y Hefesto, el ilustre artífice, comenzó a arengarlos para consolar a su madre Hera, la de los níveos brazos:

573 -Funesto a insoportable será lo que ocurra, si vosotros disputáis así por los mortales y promovéis alborotos entre los dioses; ni siquiera en el banquete se hallará placer alguno, porque prevalece lo peor. Yo aconsejo a mi madre, aunque ya ella tiene juicio, que obsequie al padre querido, a Zeus, para que no vuelva a reñirla y a turbarnos el festín. Pues, si el Olímpico fulminador quiere echarnos del asiento... nos aventaja mucho en poder. Pero halágalo con palabras cariñosas y en seguida el Olímpico nos será propicio.

584 De este modo habló y, tomando una copa de doble asa, ofrecióla a su madre, diciendo:

586 -Sufre, madre mía, y sopórtalo todo, aunque estés afligida; que a ti, tan querida, no lo vean mis ojos apaleada sin que pueda socorrerte, porque es difícil contrarrestar al Olímpico. Ya otra vez que quise defenderte me asió por el pie y me arrojó de los divinos umbrales. Todo el día fui rodando y a la puesta del sol caí en Lemnos. Un poco de vida me quedaba y los sinties me recogieron tan pronto como hube caído.

595 Así dijo. Sonrióse Hera, la diosa de los níveos brazos; y, sonriente aún, tomó la copa que su hijo le presentaba. Hefesto se puso a escanciar dulce néctar para las otras deidades, sacándolo de la cratera; y una risa inextinguible se alzó entre los bienaventurados dioses viendo con qué afán los servía en el palacio.

601 Todo el día, hasta la puesta del sol, celebraron el festín; y nadie careció de su respectiva porción, ni faltó la hermosa cítara que tañía Apolo, ni las Musas que con linda voz cantaban alternando.

605 Mas, cuando la fúlgida luz del sol llegó al ocaso, los dioses fueron a recogerse a sus respectivos palacios, que había construido Hefesto, el ilustre cojo de ambos pies, con sabia inteligencia. Zeus olímpico, fulminador, se encaminó al lecho donde acostumbraba dormir cuando el dulce sueño le vencía. Subió y acostóse; y a su lado descansó Hera, la de áureo trono.

La Ilíada - Información general

La épica de Homero (La Ilíada)

Ubicación:

Dentro de la literatura griega podemos encontrar dos épocas bien definidas. Una, llamada época primitiva que va desde el Siglo IX al VI A.C y otra que es la llamada época clásica, que se ubicaría en los Siglo V y IV A.C.

La épica de Homero está ambientada con anterioridad a la primera época (primitiva) y se cree que fue escrita en el siglo IX A.C. En la época primitiva la literatura era fundamentalmente oral y quienes se encargaban de difundirla eran los aedas, que en las reuniones de los nobles contaban las hazañas de los héroes. En la Odisea aparece un aeda que justamente canta las hazañas de Odiseo en la corte de los fenicios, sin saber que él está presente. Así la función primera de esos cantos era entretener a la nobleza y enseñarles. Entre los conceptos que se enseñaban era la importancia del areté, término que estudiaremos más adelante.

La Ilíada y la Odisea narran las hazañas ocurridas en el “ciclo troyano” que se ubica mucho antes del Siglo VIII A.C. Allí se habla de la guerra de Troya y de la vuelta de Odiseo a Ítaca, su tierra natal. Veremos que de la guerra de Troya, la Ilíada sólo menciona un período muy corto. La guerra dura diez años y la obra habla de sólo dos meses.
La época clásica es la de mayor auge de la literatura griega. Es la época donde abundan las tragedias, las comedias, y los tratados filosóficos, así como los históricos.

La cuestión homérica
Sobre este tema los críticos no están de acuerdo. No se sabe si Homero existió como tal, o fueron muchos autores, también llamado homéridas, quienes escribieron estas obras, así como un conjunto de poemas que también se atribuyen a Homero.

Existen algunas diferencias de estilo que hacen que la crítica no llegue a una idea que conforme a todos.

Algunos creen que Homero era un bardo ciego de Quío. Pero hoy en día la discusión académica sostiene que estas epopeyas se compusieron de forma oral y formularia, así los poemas son un complejo sistema de dichos poéticos tradicionales, comunes de varias generaciones de bardos heroicos.

Homero o los homéridas no sería más que compiladores de un material antiguo cantado por los aedos o rapsodas que recitaban con cítaras y liras, de forma improvisada, los relatos de los reyes y jefes guerreros de los tiempos heroicos, mezclado con la leyenda.

La poesía épica o epopeya. Concepto de héroe

Se le llama así a las narraciones extensas, hechas en verso, que cuentan las historias legendarias de los héroes en los albores de una civilización.

Las épicas o epopeyas no existen sólo en el mundo griego, sino en toda civilización que comienza y pretende fundar los cimientos de ella, su tradición. Es por eso que en los poemas épicos ensalzan el pasado legendario de un pueblo, cuyo centro es la figura del héroe.

Un héroe es un personaje destacado que encarna la máximo de las cualidades valoradas en su cultura de origen. Comúnmente el héroe posee habilidades sobrehumanas o rasgos de personalidad idealizados o fantásticos que le permiten llevar a cabo hazañas extraordinarias y positivas («actos heroicos») por las que se hace famoso. El héroe debe pasar por ciertas pruebas que lo conforman como tal, y va a encarnar todo lo que la sociedad espera de un hombre de su comunidad. Así que los héroes cambiarán según la época y la cultura en que se encuentren inmersos. El premio de estas hazañas será el recuerdo permanente de su comunidad y una fama inmortal.

Por ejemplo, en la cultura griega, un héroe generalmente era descendiente de una deidad y de un mortal. Sin embargo, hay otros héroes griegos que no descienden de un dios, pero reciben la ayuda de uno. No se puede ser héroe si no hay un dios detrás.

El héroe griego. Concepto de areté

Para entender al héroe griego debemos adentrarnos en el concepto de areté.

En primer lugar tengamos presente que los poemas épicos tenían además de la finalidad de divertir, la de educar a la nobleza, lo que los griegos llamaban “paideia”. Esto es fundamento de la civilización, como todas las épocas. La educación es la que transmite los valores de la comunidad a través de los siglos. Sin ella ninguna comunidad puede sostenerse. La educación es la transmisión de consejos o reglas externas que ayudan a la convivencia comunitaria, así como la transmisión de un saber profesional, una habilidad. A este conjunto de reglas, los griegos llamaban "techné".

La poesía épica también contribuía a esa techné en lo que respecta a la formación del hombre mediante la creación de un tipo ideal, un hombre tal como debe ser, no importa cuán útil sea, lo fundamental en la cultura griega es la “belleza” en el sentido de imagen anhelada del ideal. Esta imagen no nace del azar, sino que es producto de una disciplina consciente. El hombre debe ser íntegro, tanto en su conducta exterior como en su interior.

Este ideal que se enseñaba estaba destinado a la clase noble, en la idea de un hombre superior que aspira a la selección de la raza. Esta educación estaba basada en el concepto de areté. La palabra más cercana en español a este concepto es la de “virtud” como expresión del más alto ideal caballeresco unido a una conducta cortesana y selecta. Es en el heroísmo guerrero donde encontramos el sentido de esta palabra.

El hombre ordinario (entiéndase por esta palabra "común") no tiene areté. Los griegos consideran la destreza y la fuerza física como un supuesto de la posición dominante, por lo tanto señorío y areté son conceptos íntimamente unidos. Sólo en los últimos libros, Homero entiende por areté las cualidades morales o espirituales. La areté denota que la bravura y el valor en la guerra también significan habilidad y astucia, sin importar que el héroe sea “bueno” como lo entenderíamos hoy.

La calidad del hombre debe ser tanto en la guerra como en su vida privada.

Homero también consideraba una característica esencial al sentido del deber. Es necesario despertar en la nobleza el sentimiento del deber frente al ideal.

El orgullo de la nobleza está fundado en sus ancestros ilustres, pero esto no alcanza, debe conservarse mediante las virtudes que se conquistan con la lucha cuyo premio es la areté. Su esfuerzo y su vida entera son una lucha incesante por la supremacía entre sus pares, donde se debe alcanzar el primer premio. Incluso en la paz se muestra el placer de la lucha, es una ocasión para mostrar su areté, así los nobles solían hacer juegos de destreza y pruebas donde poder destacarse.

También era parte de la areté su dominio de la elocuencia, de la oratoria. El dominio de la palabra significaba la soberanía del espíritu.

Íntimamente relacionado con la areté se halla el honor. Dice Aristóteles: “Es notorio que los hombres aspiran al honor para asegurar su propio valor, su areté. Aspiran así a ser honrados por las gentes juiciosas que los conocen y a causa de su propio y real valer. Así reconocen el valor mismo como lo más alto”. El hombre homérico adquiere conciencia de su valor por el reconocimiento de la sociedad a la que pertenece. Así honra y honor están unidos en este concepto. La areté se mide por el reconocimiento de otros. La negación del honor era la mayor tragedia humana. Los héroes se tratan entre sí con respeto y honra, en ello descansa todo el orden griego. Así es natural que los héroes reclamen más honor debido a un servicio prestado. La exigencia de recompensa es algo decisivo. El elogio o la desaprobación son fuentes de honor o deshonor.

La areté heroica se perfecciona sólo con la muerte física del héroe, por lo tanto ésta se halla en el hombre mortal, y se perfecciona con su fama que perdura aún después de muerto, y que acompañó y dirigió toda su vida.

“Así se comprende el trágico conflicto de Aquiles en la Ilíada. Su indignación contra los griegos y su negativa a prestarles ayuda no procede de una ambición individual excesiva. La grandeza de su afán de honra corresponde a la grandeza del héroe y es natural a los ojos del griego. Ofendido este héroe en su honor se conmueve en sus mismos fundamentos la alianza de los héroes aqueos contra Troya. Quien atenta a la areté ajena pierde el sentido mismo de la areté.”

(Los datos de esta parte son extraídos del texto “Paideia” de Werner Jaeger)

La Ilíada – resumen del argumento

La Ilíada se sitúa en el último año de la guerra de Troya, que constituye el telón de fondo de su trama. Narra la historia de la cólera del héroe griego Aquiles. Insultado por su comandante en jefe, Agamenón, el joven guerrero Aquiles se retira de la batalla, abandonando a su suerte a sus compatriotas griegos, que sufren terribles derrotas a manos de los troyanos. Aquiles rechaza todos los intentos de reconciliación por parte de los griegos, aunque finalmente cede en cierto modo al permitir a su compañero Patroclo ponerse a la cabeza de sus tropas. Patroclo muere en el combate, y Aquiles, presa de furia y rencor, dirige su odio hacia los troyanos, a cuyo líder, Héctor (hijo del rey Príamo), derrota en combate singular. El poema concluye cuando Aquiles entrega el cadáver de Héctor a Príamo, para que éste lo entierre, reconociendo así cierta afinidad con el rey troyano, puesto que ambos deben enfrentarse a la tragedia de la muerte y el luto.

La religión griega

Una de las características de ésta es el politeísmo (muchos dioses). Estos dioses eran antropomórficos (forma de hombre) y estaban provistos de algunos atributos que los caracterizaban como el rayo, el tridente, el arco y las flechas. Cada dios tenía ciertos poderes y sectores en los que intervenían, así Apolo era el dios de la medicina, la música, la luz; Ares era dios de la guerra, Hermes del comercio, y mensajero de los dioses, Afrodita, del amor, Atenea de la sabiduría, y así sucesivamente. Sin embargo, cada una de estas divinidades no existen más que por los lazos que la unen con un sistema divino global.

Los griegos rendían culto a varias divinidades e incluso a los héroes. Cada uno de ellos podía ser invocado según su función, o el lugar del culto.

Los dioses tenían la particularidad de ser inmortales, pero no eternos. En la mitología griega existía un comienzo del reinado de Zeus, por ejemplo. Él no había sido siempre el dios más poderoso, sino que tuvo que pelear con otras entidades divinas para acceder al Olimpo. Tuvieron un nacimiento, pero no tendrán una muerte. Eso los lleva a tener una vida muy similar a la de los hombres. Se alimentan de “ambrosía”, néctar y del humo de los sacrificios. Y al igual que los hombres están sometidos a la Moira o destino. A pesar de eso, intervienen en los asuntos humanos.

Los dioses olímipicos nacieron unos de otros y forman entre sí una familia bien jerarquizada.

Las Moiras

Las Moiras son la personificación del destino. Normalmente se las conoce como tres seres: Cloto (“la que hila”), Láquesis (“la que asigna el destino”) y Átropos (“la inflexible”). Su misión es asignar el destino a los seres que nacen, deparándoles suertes y desgracias. Ellas velan porque el destino de cada cual se cumpla, incluyendo el de los propios dioses.

Asisten al nacimiento de cada ser, hilan su destino y predicen su futuro. Se las representaba como tres mujeres de aspecto severo: Cloto, con una rueca; Laquesis, con una pluma o un mundo y Átropos, con una balanza.

Ya que en el momento del nacimiento decidían cuál iba ser la vida del nacido, predestinaban sus actos y el momento de su muerte. El destino era determinado mediante un hilo de lana blanca o dorada para los momentos de felicidad, o de lana negra para los momentos de dolor. La más joven, Cloto, preside el momento del nacimiento y lleva el ovillo de lana con el que va hilando el destino de los hombres; la segunda en edad, Láquesis, enrolla el hilo en un carrete y dirige el curso de la vida y la anciana Átropos, coge del carrete el hilo de la vida y lo corta con sus tijeras de oro sin respetar la edad, la riqueza, el poder, ni ninguna prerrogativa, y así ésta llega inevitablemente a su fin.

Saki - El narrador de cuentos

EL NARRADOR DE CUENTOS

Era una tarde calurosa y el coche del tren estaba sofocante como correspondía; la próxima parada era Templecombe, a una hora de viaje. Los ocupantes del compartimiento eran una niña pequeña, una más pequeña y un niño pequeño. Una tía de los niños ocupaba el asiento de una esquina, y en el rincón más alejado del otro lado, iba un señor solo que era extraño al grupo, pero las niñas pequeña y el niño se habían adueñado del compartimiento. Tanto la tía como los niños practicaban la conversación de un modo limitado y persistente, que recordaba las atenciones de una mosca casera cuando se niega a desanimarse. La mayoría de las frases de la tía parecían comenzar por “no lo hagas” y casi todo lo que decían los niños empezaba con un “¿por qué?”. El hombre solo no decía nada en voz alta.

- No, Cyril, no – exclamó la tía, cuando el pequeño comenzó a golpear los cojines del asiento produciendo una nube del polvo a cada golpe.
- Ven y mira por la ventana – agregó. El niño se acercó de mala gana a la ventana.

- ¿Por qué están sacando esas ovejas del potrero? – preguntó.
- Me parece que las están llevando a otro potrero donde hay más pasto. – dijo débilmente la tía.

- Pero si hay montones de pasto en ese potrero – protestó el niño -, no hay sino pasto. Tía, hay montones de pasto.
- Tal vez el pasto del otro potrero es mejor – sugirió la tía a la loca.
- ¿Por qué es mejor? – fue la pregunta inmediata e inevitable.
- ¡Mira esas vacas! – exclamó la tía. En casi todos los potreros a lo largo de la vía férrea había vacas y novillos, pero la tía hablaba como si hubiera descubierto una rareza.
- ¿Por qué es mejor el pasto de otro potrero? – insistía Cyril.
El hombre solo comenzó a fruncir el ceño. Era un hombre duro y desconsiderado, decidió la tía en su interior. Ella era completamente incapaz de llegar a ninguna conclusión satisfactoria sobre el pasto del otro potrero.
La niña más chiquita creó una variante cuando comenzó a recitar “por el camino de Mandalay”. No sé sabía sino el primer renglón, pero hacía el máximo uso posible de sus limitados conocimientos. Repetía el renglón una y otra vez en una voz ensoñadora pero resuelta y muy audible; al hombre le parecía como si alguien le hubiera apostado a que no era capaz de decir el renglón en voz alta dos mil veces sin parar. Cualquiera que fuera quien la había apostado parecía estar perdiendo.
- Vengan acá y les cuento un cuento – dijo la tía, cuando el señor la miró a ella dos veces y luego miró la cuerda de la alarma.
Los niños se acercaron a la tía sin ningún interés. Era evidente que, con ellos no gozaba de gran fama como contadora de cuentos. En voz baja y confidencial, interrumpida a intervalos frecuentes por las preguntas petulantes hechas en voz alta por sus oyentes, empezó a contar una poco animada historia, deplorablemente insulsa, sobre una niñita que era buena, y se hacía amiga de todo el mundo por lo buena que era, y al final la gente la salvaba de un toro bravo por que admiraban su carácter moral.
- ¿No la hubieran salvado si no hubiera sido buena? – preguntó la más grande de las niñitas. Era exactamente la pregunta que hubiera querido hacer el hombre.
- Bueno, si – admitió la tía de manera insegura -, pero no creo que hubieran corrido tan rápidamente a ayudarle si no la hubieran querido tanto.
- Es el cuento más estúpido que he oído – dijo la mayor de las niñitas con inmensa convicción.
- No atendí después de la primera parte, era tan estúpido – dijo Cyril.
La niña más pequeña no hizo ningún comentario sobre el cuento, pero hacía rato que había vuelto a repetir en voz baja su renglón favorito.
- No parece usted un éxito como contadora de cuentos – dijo de pronto el hombre desde su rincón.
La tía saltó inmediatamente a defenderse del ataque inesperado.
- Es un asunto muy complicado contar cuentos que los niños puedan entender y apreciar al mismo tiempo – dijo secamente.
- No estoy de acuerdo con usted – dijo el señor.
- Tal vez le gustaría contarles un cuento – fue la réplica de la tía.
- Cuéntenos un cuento – le pidió la mayor de las niñas.
- Había una vez – empezó el señor -, una niñita llamada Bertha, que era extraordinariamente buena.
El interés de los niños, despierto durante unos instantes empezó a decaer al momento; todos los cuentos se parecían horriblemente, sin importar quien los contara.
- Hacía todo lo que le decían, siempre decía la verdad, mantenía su ropa limpia, se comía las galletas como si fueran torta de bodas, se aprendía las lecciones a la perfección, y era de muy buenos modales.
- ¿Era bonita? – preguntó la mayor de las niñas.
- No tan bonita como ustedes – dijo el señor -, pero espantosamente buena.
Hubo una ondulante reacción a favor del cuento, la palabra espantoso en conexión con la bondad era una novedad que se ensalzaba a sí misma.
Parecía introducir un tono de verdad que estaba ausente de los cuentos de la tía sobre la vida infantil.
- Era tan buena – continuó el señor -, que se ganó varias medallas de bondad, que siempre llevaba pegadas al vestido con alfileres. Tenía una medalla de obediencia, otra de puntualidad, y una tercera de buena conducta. Eran grandes medallas de metal y tintineaban una contra otra cuando ella caminaba. Ningún otro niño en la ciudad donde vivía tenía tantas medallas, de modo que todo el mundo sabía que ella debía ser una niña superbuena.
- Espantosamente buena – repitió Cyril.
- Todo el mundo hablaba de su bondad, y el príncipe del país llegó a saber de ella, y dijo que como era tan buena tenía permiso para ir una vez a la semana a pasear por el parque real, que quedaba en las afueras de la ciudad. Era un bello parque y a ningún niño se le permitía entrar, de modo que era un gran honor para Bertha que la dejaran visitarlo.
- ¿Había ovejas en el parque? – preguntó Cyril.
- No - dijo el señor -, no había ovejas.
- ¿Por qué no había ovejas? – fue la pregunta siguiente a es respuesta.
La tía se permitió una sonrisa, que hubiera podido describirse como una mueca de burla.
- No había ovejas en el parque – dijo el señor -, porque la madre del príncipe había soñado que a su hijo lo mataría o una oveja o un reloj le cayera encima. Por esa razón el príncipe nunca tuvo ni ovejas en el parque ni relojes en su palacio.
- ¿Al príncipe lo mató una oveja o un reloj? – preguntó Cyril.
- Sigue vivo, de modo que no sabemos si el sueño se cumplirá – dijo el señor con tono despreocupado-, de todas maneras, no había ovejas en el parque pero sí montones de cerditos corriendo por todas partes.
- ¿De qué color eran?
- Negros con las caras blancas, blancos con manchas negras, negros del todo, grises con parches blancos, y algunos completamente blancos.
El narrador hizo una pausa para dejar que la idea completa del parque y sus tesoros entrara en la imaginación de los niños; luego continuó:
- Bertha se puso bastante triste por no encontrar flores en el parque. Les había prometido a sus tías, con lágrimas en los ojos, que no cortaría ni una sola de las flores del bondadoso príncipe, y pensaba cumplir su promesa, de modo que, por supuesto, no encontrar flores que cortar la hacía sentirse tonta.
- ¿Por qué no había flores?
- Porque los cerdos se las habían comido todas – dijo el señor con prontitud -. Los jardineros le habían dicho al príncipe que no podía tener flores y cerdos juntos, así que decidió tener cerdos y no flores.
Hubo un murmullo de aprobación ante la excelente decisión del príncipe, mucha gente hubiera decidido lo contrario.
- El parque tenía muchas otras cosas deliciosas. Había estanques con peces dorados, azules y verdes, y árboles con loros preciosos que decían cosas inteligentes apenas se les hablaba, y pájaros cantores que se sabían todas las tonadas populares de moda. Bertha se paseaba de un lado a otro y gozaba inmensamente y pensaba: “Si yo no fuera tan extraordinariamente buena, no me hubieran dejado venir a este bello parque y gozar de todo lo que hay en él” y sus tres medallas tintineaban y le ayudaban a recordar lo maravillosamente buena que era. Justo en ese momento, un enorme lobo entró a merodear en el parque a ver si podía agarrar un cerdito gordo para comérselo en la cena.
- ¿De qué color era? – preguntaron los niños, mientras su interés aumentaba por momentos.
- De color barro por completo, con la lengua negra y unos ojos grises claros que brillaban con ferocidad indecible. Lo primero que vio en el parque fue a Bertha; su delantal estaba tan inmaculadamente blanco y limpio que se podía notar a gran distancia. Bertha vio que el lobo se dirigía hacia ella, y empezó a desear que nunca la hubieran dejado entrar al parque. Corrió lo más rápido que pudo, y el lobo se le vino detrás a grandes saltos. Logró llegar a un macizo de arbustos de mirto y se escondió en la parte más espesa. El lobo olfateaba entre las ramas, con la negra lengua afuera del hocico y los ojos grises claros brillantes de rabia. Bertha estaba espantosamente aterrada, y decía para sí misma: “si no hubiera sido tan extraordinariamente buena ahora estaría a salvo en el pueblo”. Sin embargo, el aroma del mirto era tan fuerte que el lobo no podía olfatear a Bertha en su escondite, y los arbustos eran tan espesos que hubiera podido buscar mucho tiempo sin encontrarla, de modo que pensó que sería mejor irse a cazar más bien un cerdito. Bertha temblaba fuertemente con el susto de tener al lobo olfateando tan cerca, y al temblar, la medalla de obediencia golpeaba contra las de buena conducta y puntualidad. El lobo ya se marchaba cuando oyó el ruido de las medallas que tintineaban y se detuvo a escuchar; sonaron otra vez en un arbusto muy cercano. Se lanzó entre los arbustos, con un resplandor de ferocidad y de triunfo en los ojos grises claros, y arrastró a Bertha y la devoró hasta el último trocito. Todo lo que quedó de ella fueron los zapatos, pedazos de ropa, y las tres medallas ganadas por su bondad.
- ¿Alguno de los cerditos murió?
- No, todos se salvaron.
- El cuento empezó mal – dijo la menor de las niñas -, pero tiene un final muy bonito.
- Es el cuento más bonito que he oído en mi vida – dijo la mayor de las niñas, con inmensa decisión.
- Es el único cuento bonito que yo he oído en mi vida – dijo Cyril.
- ¡Es un cuento muy poco apropiado para niños pequeños! Usted ha socavado los efectos de años de enseñanza cuidadosa.
- De cualquier modo – dijo el señor, recogiendo sus pertenencias para bajarse del vagón – los tuve quietos diez minutos, que fue más de lo que usted pudo hacer.
“¡Infeliz mujer! – observó para sí mismo mientras recorría el andén de la estación de Templecombe -; durante los próximos seis meses o algo así, esos niñitos la acosarían en público para que les cuente un cuento poco apropiado.”

Del libro “Cuentos indiscretos” de Saki

Género dramático

Material proporcionado por la Prof. Gabriela Sosa

INTRODUCCIÓN AL GÉNERO DRAMÁTICO

El género dramático es el conjunto de textos literarios que tienen como fin ser representados (en un teatro o cualquier otro escenario que funcione como tal). Drama deriva de la palabra griega drao que significa “hacer” o “ejecutar”. Por lo tanto el término engloba a las obras que sirven para ser dramatizadas mediante el diálogo a un público, siendo la acción el elemento sobre el que precisamente gira este género. La tensión dramática se logra a partir del desarrollo de fuerzas en conflicto.

El género dramático puede escribirse en verso o en prosa en el universo de la ficción, pero queda inconcluso si no se lleva a la representación ante un público y con un escenario para ello. La lectura sólo logra producir efectos similares cuando la esencia del texto dramático es el diálogo por encima del espacio y la acción.

Estructura externa del texto dramático

Actos: Los actos están marcados por las acciones principales de los personajes. Los clásicos dividían la obra en cinco actos; conforme pasó el tiempo, se redujo a tres. Generalmente el primer acto sirve para la presentación, los antecedentes; es decir para ubicar al espectador o al lector en el desarrollo de las acciones (planteo). El segundo acto desarrolla el conflicto, el cual va adquiriendo mayor intensidad (nudo). Finalmente el tercer acto expresa el clímax del conflicto, con su posterior resolución (desenlace). La división en actos también se asocia a los saltos temporales de la ficción. Se suele marcar con la bajada del telón o dejando el escenario a oscuras.

Escenas: Las escenas son divisiones mucho menores y se distinguen por la entrada y salida de los personajes. Corresponden al tiempo en que permanecen los mismos personajes en el mismo lugar.

Elementos que componen el texto dramático

Diálogo directo: Es el intercambio verbal entre los personajes.

Monólogo: Es la forma de expresión mediante la cual el personaje habla solo, pero en actitud reflexiva para la comunicación con el público. Manifiesta su estado de ánimo, así como sus proyectos o un conflicto que lo afecta profundamente.

Acotaciones: Son las diversas indicaciones del autor para la puesta en escena de la obra. Éstas van desde la indicación de los gestos y movimientos hasta el mobiliario. En general se indican entre paréntesis.

Género lírico

Material proporcionado por la Profesora Gabriela Sosa

GÉNERO LÍRICO

Extractos del libro Análisis literario de Celinda Fournier Marcos

Introducción


Según el Diccionario de uso del español de María Moliner: [La poesía] “Es el aspecto bello o emotivo de las cosas, se basa en imágenes sutiles evocadas por la imaginación y por el lenguaje a la vez sugestivo y musical, generalmente sometido a la disciplina del verso.” Según el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua: “poesía es la expresión artística de la belleza por medio de la palabra sujeta a la medida y cadencia, de que resulta el verso.”

(…) Lo que distingue a la poesía es la forma en cómo la lengua común se ordena y tiene muchas posibilidades expresivas. Por esta razón, no todo lo escrito en verso es poesía; la hay también en prosa.

¿Qué es la prosa y qué es el verso?

El verso es cada línea que comprende una composición poética. Está sujeto a una estructura rítmica particular. Es el recurso más utilizado por la poesía. La estrofa es el conjunto de versos agrupados con características determinadas.

La prosa es la forma cotidiana, habitual para hablar, no sometida a reglas de medida, ni rima. Gráficamente se le puede reconocer porque ocupa todo el renglón de una página.

Clases de versos

ü Verso clásico. Es aquél que se somete a las leyes de la métrica y de la rima.

Poema V

Si ves un monte de espumas,
es mi verso lo que ves:
mi verso es un monte, y es
un abanico de plumas.

Mi verso es como un puñal
que por el puño echa flor:
mi verso es un surtidor
que da un agua de coral.

Mi verso es de un verde claro
y de un carmín encendido:
mi verso es un ciervo herido
que busca en el monte amparo.

Mi verso al valiente agrada:
mi verso, breve y sincero,
es del vigor del acero
con que se funde la espada.

Martí

ü Verso blanco. Es el que toma en cuenta sólo la rima.

Guadalupe W. I.

Los negros, trabajando
junto al vapor. Los árabes, vendiendo,
los franceses, paseando y descansando,
y el sol, ardiendo.

En el puerto se acuesta
el mar. El aire tuesta
las palmeras… Yo gritJosé o: ¡Guadalupe!, pero
nadie contesta.
Parte el vapor, arando
las aguas impasibles con espumoso estruendo.
Allá, quedan los negros trabajando,
los árabes vendiendo,
los franceses paseando y descansando,
¡y el sol, ardiendo!

Nicolás Guillén

ü Verso libre. Se caracteriza porque no tiene medida fija de sus versos ni rima determinada.

Arte poética

Entre tantos oficios ejerzo este que no es mío,
como un amo implacable
me obliga a trabajar de día, de noche,
con dolor, con amor,
bajo la lluvia, en la catástrofe,
cuando se abren los brazos de la ternura o del alma,
cuando la enfermedad hunde las manos.

A este oficio me obligan los dolores ajenos,
las lágrimas, los pañuelos saludadores,
las promesas en medio del otoño o del fuego,
los besos del encuentro, los besos del adiós,
todo me obliga a trabajar con las palabras, con la
sangre.

Nunca fui el dueño de mis cenizas, mis versos,
rostros oscuros los escriben como tirar contra la
muerte.

Juan Gelman

Elementos formales del verso clásico

El metro es la medida de un verso por su número de sílabas poéticas, no gramaticales. Según el número de sílabas, puede ser de arte menor o de arte mayor. Al primero comprenden los versos de dos a ocho sílabas (llamados: bisílabos, trisílabos, tetrasílabos, pentasílabos, hexasílabos, heptasílabos y octosílabos); al segundo, los versos de nueve o más sílabas (eneasílabos de 9, decasílabos de 10, endecasílabos de 11, dodecasílabos de 12, tredecasílabos de 13, alejandrinos de 14).

Para determinar el número de sílabas poéticas de un verso es necesario considerar las licencias poéticas; una de ellas es la sinalefa que se da cuando forman una sola sílaba las vocales finales de una palabra con las iniciales de la siguiente. La letra “h” y los signos de puntuación no impiden la formación de la sinalefa.

“Pue / do es / cri / bir / los / ver / sos / más / tris / tes / es / ta / no /che”

Para contabilizar las sílabas de un verso, además de las licencias mencionadas, también debe considerarse la ley del acento final del verso: si la última palabra del verso es aguda o un monosílabo, se le agrega una sílaba más; si es grave se contabiliza igual y si es esdrújula se resta una sílaba.

La rima es la igualdad o semejanza en las terminaciones de los versos a partir de la vocal tónica. Puede ser de dos tipos:

Rima consonante: es la igualdad de consonantes y de vocales a partir de la vocal tónica de la última palabra de un verso. La rima consonante se da a nivel fonético, es decir de sonido, no de grafía. Por ejemplo, “son” con “tropezón”.

Amor

Yo lo soñé impetuoso, formidable y ardiente;
hablaba el impreciso lenguaje del torrente;
era un mar desbordado de locura y de fuego,
rodando por la vida como un eterno riego.

Luego lo soñé triste, como un gran sol poniente
que dobla ante la noche la cabeza de fuego;
después rió, y en su boca tan tierna como un ruego
sonaba sus cristales el alma de la fuente.

Y hoy sueño que es vibrante, y suave, y riente, y triste,
que todas las tinieblas, y todo el iris viste;
que, frágil como un ídolo y eterno como Dios,

sobre la vida toda su majestad levanta:
y el beso cae ardiendo a perfumar su planta
en una flor de fuego deshojada por dos…

Delmira Agustini

Rima asonante: es la igualdad únicamente de las vocales a partir de la vocal tónica de la última palabra del verso.

Romance sonámbulo (fragmento)

Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar
y el caballo en la montaña.
Con la sombra en la cintura
ella sueña en su baranda,
verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Verde que te quiero verde.
Bajo la luna gitana,
las cosas la están mirando
y ella no puede mirarlas.

Federico García Lorca

La combinación de la rima tanto consonante o asonante puede variar y darse de diferentes maneras:

Pareado. Se presentan en versos de dos en dos: AABB.

Monorrimo. Todos los versos presentan una sola rima: AAAA.

Cruzada o abrazada. Se presentan de manera alternada: ABAB o ABBA.

Encadenada. Se presentan en forma de cadena; ese encadenamiento se da entre estrofas: ABA – BCB.

El ritmo es la repetición de sonidos cada ciertos intervalos determinados de tiempo. Es el efecto acústico, agradable al oído, que produce emoción estética. Es el movimiento armónico que existe en el verso dado por la disposición de sus elementos.

La poesía lírica

En este tipo de poesía, el poeta expresa su mundo interior, toda la gama de sentimientos y emociones. Su nombre proviene del instrumento musical llamado lira, ya que antiguamente los poemas se cantaban acompañados por ésta. Tuvo su origen en Grecia. Se cree que la lírica es la primera manifestación de la expresión humana.

En la poesía lírica hay un predominio del tono subjetivo. Es la manifestación del mundo interno ante elementos externos que evocan emociones y pasiones. Es individualista, la esencia es el yo. Implica el desbordamiento de la subjetividad, por medio de un empleo particular del lenguaje.