domingo, 19 de abril de 2009

Vanguardias literarias del Siglo XX

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http://thales.cica.es/rd/Recursos/rd99/ed99-0055-01/ed99-0055-01.html

Hacia una nueva sensibilidad - Barrán

Hacia una nueva sensibilidad

“El investigador de la historia de la sensibilidad advierte que hacia 1900 se está en presencia de sentimientos, conductas y valores diferentes a los que habían modelado la vida de los hombres en el Uruguay hasta por los menos 1860.

Una nueva sensibilidad aparece definitivamente ya instalada en las primeras décadas del siglo XX aunque perviven – tal vez hasta hoy – rasgos de la anterior ‘barbarie’.

Esa sensibilidad del Novecientos que hemos llamado ‘civilizada’ disciplinó a la sociedad: impuso la gravedad y el ‘empaque’ al cuerpo, el puritanismo a la sexualidad, el trabajo al ‘excesivo’ ocio antiguo, ocultó la muerte alejándola y embelleciéndola, se horrorizó ante el castigo de niños, delincuentes y clases trabajadoras y prefirió reprimir sus almas, a menudo inconsciente del nuevo método de dominación elegido. En realidad, eligió, para decirlo en menos palabras, la época de la vergüenza, la culpa y la disciplina.”

“Los estancieros desde la revista de su gremio, los maestros desde los libros de lectura y las aulas, los médicos desde sus consultorios, los curas desde sus confesionarios y púlpitos, los padres de familia desde las cabeceras de almuerzos y cenas, los políticos desde los editoriales de los diarios o el parlamento, los oficiales del ejército desde sus regimientos y los jefes de policía desde sus edictos, todas las autoridades de aquella sociedad, entonces, comenzaron a predicar en estos años en torno a nuevos dioses y diablos con énfasis no igualado en el pasado por la unanimidad y cuantía de la insistencia (...) Trabajo, ahorro, disciplina, puntualidad, orden, y salud e higiene del cuerpo, fueron deificados a la vez que diabolizados el ocio, el lujo, el juego, la suciedad y la casi ingobernable sexualidad.”

Extraído del texto de José Pedro Barrán

“Historia de la sensibilidad Uruguaya”. Tomo II

sábado, 18 de abril de 2009

Coplas por la muerte de su padre - selección

Coplas por la muerte de su padre

I

Recuerde el alma dormida,

Avive el seso y despierte

Contemplando

Cómo se pasa la vida,

Cómo se viene la muerte

Tan callando,

Cuán presto se va el placer,

Cómo, después de acordado,

Da dolor,

Cómo, a nuestro parecer,

Cualquiera tiempo pasado

Fue mejor.

III

Nuestras vidas son los ríos

Que van a dar en la mar,

Que es el morir;

Allí van los señoríos

Derechos a se acabar

Y consumir;

Allí los ríos caudales,

Allí los otros medianos

Y más chicos,

Allegados, son iguales

Los que viven por sus manos

Y los ricos.

V

Este mundo es el camino

para el otro, que es morada

sin pesar;

mas cumple tener buen tino

para andar esta jornada

sin errar.

Partimos cuando nacemos,

andamos mientras vivimos,

y llegamos

al tiempo que fenecemos;

así que, cuando morimos,

descansamos.

VIII

Decidme: la hermosura,

y gentil frescura y tez

de la cara,

la color y la blancura,

cuando viene la vejez,

¿cuál se para?

Las mañas y ligereza

y la fuerza corporal de juventud,

todo se torna graveza

cuando llega al arrabal

de senectud.

Jorge Manrique

Góngora - "Mientras por competir..."

Mientras por competir… [año 1582]

Mientras por competir con tu cabello,
oro bruñido al sol relumbra en vano,
mientras con menosprecio en medio el llano
mira tu blanca frente el lilio bello;

mientras a cada labio, por cogello,

siguen más ojos que al clavel temprano,
y mientras triunfa con desdén lozano
de el luciente cristal tu gentil cuello;

goza cuello, cabello, labio y frente,

antes que lo que fue en tu edad dorada
oro, lilio, clavel, cristal luciente,

no sólo en plata o víola troncada

se vuelva, mas tú y ello juntamente
en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.

martes, 14 de abril de 2009

Análisis de "el perro y el frasco" - Baudelaire

ANÁLISIS DE “EL PERRO Y EL FRASCO”

Trabajo realizado por la Prof. Paola De Nigris

El título de este texto encierra dos elementos fundamentales. Ambos elementos son antitéticos, ya que el perro es un animal tosco y vulgar, mientras el frasco, al que hace referencia, contiene el perfume más exquisito y delicado del mejor perfumista. Podemos ver también una antítesis en la imagen olfativa que ambos elementos proponen. El primero tiene un olor particular que no es precisamente agradable, y el perfume es un olor exótico y delicado, que despierta y agrada los sentidos. Sin embargo, podríamos encontrar una relación entre ellos si pensamos que el perro se caracteriza por tener un olfato privilegiado, pero esto no alcanza para apreciar al perfume, porque el perro no pierde su esencia de perro. Ambos elementos son metáforas que se irán descubriendo en el texto.

El tema de este texto es la relación publico y artista. Por más que el artista trate de darle lo mejor de sí, el público no puede acceder a la obra, porque no pierde su esencia mediocre. Así como el perro desprecia el arte, el artista desprecia su público. No olvidemos que Baudelaire se encuentra a finales del siglo XIX, donde el artista siente que su público no comprende su arte y termina aislándose de la realidad, algo que en el siglo XX se criticará, pero no podrán evitar hacer lo mismo.

El perro tiene la característica de ser un animal fiel y esa fidelidad lo vuelve tonto, porque termina siendo fiel no a su dueño sino a la mediocridad que es su esencia. Su fidelidad no será tal a la hora de reconocer el perfume. A su vez el perfume es un misterio que solo se descubre cuando se destapa el frasco. Lo que nos haría pensar que el título también es simbólico porque ambas son metáforas del público y la poesía, y la poesía sólo se descubre cuando tenemos la actitud del alma que nos permite acceder a ella.

Podríamos encontrar en este texto tres partes. La primera sería el llamado al perro, la segunda la actitud del perro al acercase al perfume y la tercera la reflexión del poeta.

En la primera parte de esta prosa poética el personaje llama a su perro con una serie de nombres cariñosos, buscando una repuesta positiva del animal. En esa enumeración trata de halagarlo llamándolo, primero “lindo” apelando un aspecto estético, luego “bueno” sugiriendo la cualidad de su personalidad y por último buscando lo afectivo al decirle “pichicho”.

Todas estas estrategias tienen el propósito de hacerle conocer lo exquisito lo único lo original lo mejor que se puede encontrar. Así es para el poeta la poesía que construye, un perfume exquisito que solamente puede apreciar un alma preparada para ese encuentro, pero que el poeta inocentemente supone que puede ser apreciada por cualquiera. Este desencanto se transforma en el tema tan romántico de la soledad del creador y a su vez de la incomprensión que vive y que lo lleva siempre a un aislamiento.

En la segunda parte el perro se acerca obediente y confiado al llamado de su amo, respuesta que es natural por su cualidad de fidelidad y que hace más honda la incomprensión del poeta porque al ser fiel, esta fidelidad no llega al punto de aceptar lo que a uno le gusta. En el lenguaje el poeta desprecia al perro porque lo llama “pobres seres” porque su única forma de expresarse es mover la cola. Podríamos ver una antitesis entre esa falta de comunicación del perro que solo puede mover la cola y el poeta que cuenta con un arsenal de palabras para hacernos vibrar con su poesía. Sin embargo ambos tienen problemas de comunicación y de los dos el más despreciado es el poeta y no el perro, porque el poeta es más incomprendido que el perro. Mientras que el perro moviendo la cola puede expresar sus sentimientos, el poeta puede desvelarse buscando las palabras justas para terminar en que nadie lo comprenda, por lo tanto su alegría y tristeza son en vano.

El perro tiene una actitud curiosa que podría ser algo apreciable en un poeta, porque este busca esa actitud en quien lee sin embargo se necesita más que eso para llegar a la poesía, se necesita la sensibilidad.

Hay una imagen abyecta en el hocico húmedo del perro y el perfume exquisito que parecen mezclarse de manera despreciable, pero que el poeta no parece reparar en eso. Él sigue confiando como el perro en la gente y esperando inocentemente en el gusto del público.

Ese frasco se le ofrece al perro con toda su exquisitez, sin embargo el perro lo rechaza no lo comprende y encima le reprocha al personaje haberlo hecho pasar por esa experiencia repugnante.

Es interesante reparar en el temor del perro porque la poesía genera temor, ya que implica meterse en los laberintos interiores del ser humano y conocerse a sí mismo y a otros mundos, transportarse a lugares inconmensurables, y el perro es un animal mundano, sin espiritualidad, incapaz de transportarse a esos niveles.

Al final el autor hace una reflexión sobre la actitud del perro y concluye que es un miserable porque le gusta la miseria porque prefiere el excremento, lo despreciable, los desechos antes que la belleza, la pureza, lo ideal, lo magnifico. Llama al perro “indigno compañero de mi triste vida”, porque no merece acompañarlo, y esto hace más patética su vida. Está condenado a la soledad absoluta. Recién ahí nos enteramos que el perro es el público a partir de la comparación “te pareces”. El público también es un compañero indigno del poeta, y la tristeza de su vida está en esa incomprensión asegurada.

Este público no merece una poesía que “lo exaspere”, que lo haga razonar, reflexionar sobre su vida y sus sentires. Esos perfumes son demasiados delicados para la grosería que acostumbra a consumir.

El poema termina con un oxímoron (cuando se unen dos palabras contrarias de manera inseparable) al decir “basura cuidadosamente seleccionada”. Nada más se merece el público. Sólo basura, deshechos que la única consideración que debe tener el poeta es seleccionarla con cuidado.

Análisis de Canto I - Ilíada

“La Ilíada”
Trabajo realizado por la Prof. Paola De Nigris

CANTO I.

Esta obra comienza con la invocación famosa: “Canta, oh diosa la cólera del pelida Aquiles”. El poeta griego creía que el don de la poesía no era propiamente suyo, sino que le era dispensado por los dioses; de ahí que pide, el poeta de “La Ilíada”, la inspiración. Era el dios quien cantaba dentro del alma del poeta. Estos versos iniciales indican que estamos ante la exposición de un gran asunto: la cólera de Aquiles provocada por los actos de Agamenón y; Las consecuencias desastrosas que para los aqueos va a tener esta cólera.

El poeta del Canto I mira las cosas sólo del lado aqueo, no del lado troyano. Los desastres van a ser causados por Zeus, quien quiere complacer a Aquiles. El límite de estos desastres será la muerte de Héctor, que anuncia la caída de Troya.

El poeta no nos dice quién es Aquiles, ni quién es Agamenón, sino que presupone que el público ya lo sabe. El poeta toma el material antiguo de las leyendas acerca de la guerra de Troya y crea su poema. En los poemas homéricos, así como en casi toda la literatura helénica se da reiteradamente la ausencia de expectación. Esto obedece a un factor primordial: los poetas trabajan sobre un material ampliamente conocido. De allí que el interés del público no se proyecte sobre la materia en sí, sino sobre el tratamiento poético del tema, por un caso; y, por el otro, por la creación de personajes, sin olvidar la interpretación personal del artista sobre los hechos.

Por otra parte, la acción del relato comienza “in media res” (a mitad de la acción), o sea en el décimo año de lucha de la guerra de Troya. El autor avisa sobre lo que va a cantar, de esta manera utiliza el anticipo que es un recurso que consiste en adelantar hechos y acciones.

El canto I podría dividirse en dos parte: una en la tierra y la otra en el cielo. Ambas están relacionadas. Lo que pasa en la tierra, y es motivo de angustia y pelea, pasa en el cielo, y es motivo de festejo y risas. En ambos planos hay una pelea y un mediador, cambia su final.

“… Cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al orco muchas almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves- cumplíase la voluntad de Zeus- desde que se separaron disputando el atrida, rey de hombres, y el divino Aquiles”.

El primer tema de la Ilíada son las consecuencias de la ira de Aquiles. Ese defecto de este personaje apasionado es su hybris (exceso). El hybris era generalmente castigado por los dioses y lo cometían los hombres, no así los dioses que solían ser desequilibrados en sus emociones. En este caso, la hybris de Aquiles no es castigada directamente por los dioses, sino todo lo contrario, porque Zeus lo ayuda a cumplir su voluntad. El hombre griego debía tener sophrosine, que era lo contrario a la hybris, y esto es la mesura o el equilibrio. Sin embargo, todo héroe griego comete hybris en algún momento de su historia, y esto es lo que da origen a la acción. En este caso la hybris de Aquiles lleva a la muerte a muchos héroes, hombres destacados e ilustres, que encima reciben el deshonor de no ser sepultado, muriendo sin el tan preciado reconocimiento que esta cultura exige.

La expresión “presa de perros y pasto de aves” es una frase formularia que se refiere a los cadáveres insepultos, que son carroña para los perros y las aves marinas. El griego clásico concebía al más allá como el lugar donde iban todas las almas, la condición necesaria para esto es que se le haga una honra fúnebre al cadáver (quemar o sepultar), si se lo dejaba insepulto esto era considerado como el castigo o agravio más grande; también podía ser utilizado en vida como amenaza.

El segundo tema de la Ilíada es la autoridad de Zeus. La autoridad de este, está siempre expuesta a la discusión con los demás dioses, en la mayoría de los casos discutida por su esposa Hera y su hija Palas Atenea. Esta voluntad no corresponde a un dios omnipotente, su voluntad se cumple a lo largo, pero no en lo inmediato. Zeus, buscando cumplir el deseo de Aquiles de que los aqueos pierdan para que reconozcan su valor guerrero – un deseo egoísta pero común en los griegos – tratará de neutralizar a los dioses que están de lado de los aqueos. A largo plazo Zeus quiere que los aqueos ganen pero después que Aquiles sea reconocido por ellos.

Ofensa de Agamenón a Crises: (8 a 32)

La contienda entre Aquiles y Agamenón fue suscitada por Apolo (Hijo de Zeus y Leto). Habiendo sido saqueada la ciudad de Crisa, vecina de Troya, por los Aqueos, estos se habían repartido el botín. Una muchacha llamada Criseida (hija de Crises) tocó en el reparto a Agamenón, en calidad de esclava. El anciano padre de Criseida (Crises) era sacerdote de Apolo y se presentó suplicante ante las naves aqueas, portando no sólo las ínfulas o insignias sacerdotales para inspirar el debido respeto, sino también con un inmenso rescate.

La respuesta de Agamenón es violenta. No tiene en cuenta el dolor del padre, el dolor de la hija, el respeto debido al dios Febo Apolo, al cual el sacerdote representaba. El respeto al suplicante, que debería ser bien tratado aunque no se le concediera su suerte, era una de las leyes básicas no escritas (normas), pero respetadas por todos los griegos.

Se creía que detrás de la figura de un suplicante, podía estar la de un mismo dios, y este caso, al venir con las ínfulas del dios Apolo, era seguro que el sacerdote tenía el apoyo y el resguardo de ese dios.

Buscando la estrategia del agrado a sus enemigo, Crises se coloca fuera de la guerra. Es un sacerdote de una ciudad saqueada de Troya, pero en su argumentación dice, que el resultado de la guerra o uniones posteriores no le interesan, solo quiere volver a estar con su hija. Sin embargo, su súplica no deja de tener el tono imperioso que corresponde a un hombre de tal alcurnia (“Poned en libertad a mi hija”) y en el pedido está encerrada la orden.

Agamenón se excede ante Crises, cometiendo el Hybris (la falta por exceso que, en este caso, se comete por soberbia, por no controlar las pasiones). Éste traspasa todos los límites fijados por la moral. También comete un exceso de corte religioso “…Zeus está de mi parte”. El hybris queda acentuado por el hecho de que todos los griegos están de acuerdo con Crises, y comprenden que es necesario respetar al sacerdote y aceptar el rescate.

En el ultraje de Agamenón vemos que no existen excusas para sus actos, él reconoce verbalmente que Crises es sacerdote (“pues quizás no te valgan el cetro y las ínfulas del dios”) y aún así se complace en echarlo como a un animal. Y aún agravando su acción es capaz de decirle al anciano padre que se complace en llevar a su hija como esclava y aún acostarse con ella y verla morir lejos de Crisa. Sus palabras resultan despiadadas si tenemos en cuenta que es un padre, un anciano y un sacerdote.

Homero utiliza un juego de contrastes entre las personalidades del anciano Crises y del rey Agamenón. Crises suplica y Agamenón amenaza. El primero habla con moderación y el segundo habla con ira. El primero se muestra desvalido y apocado, incluso físicamente, y el segundo fuerte, imponente y con toda su presencia guerrera. Esto hace más inmoral la acción de Agamenón que llega hasta la amenaza física (“Pero vete; no me irrites, para que puedas irte más sano y salvo.”)

Intervención de Apolo: (33 a 52)

Crises se atemorizó a causa de las amenazas de Agamenón y se retiró silencioso. El poeta plantea un juego entre el mundo externo (paisaje amplio, la orilla del estruendoso mar que lo hace recordar los gritos de Agamenón), y su mundo interno (el es un suplicante pero esta enojado, y su corazón está agitado como el mar). Esto podría verse como un paralelismo psicocósmico que es cuando el entorno natural refleja la interioridad del personaje.

Yendo por la orilla del mar rogó al dios que los Aqueos pagaran la ofensa hecha. “Si alguna vez adorné tu templo o quemé en tu honor pingües muslos de toros o de cabras, cúmpleme este voto…” No se enumera la acción completa, pero si su servicio como sacerdote. Dice esta frase para “obligar” a Apolo a que lo ayude, es una forma de extorsión.

Crises, le pidió a Apolo que: “¡Paguen los Dánaos mis lágrimas con tus flechas!”. A igual cantidad de lágrimas, igual cantidad de flechas, igual cantidad de muertos. Es esta expresión corta, en forma imperativa, la que muestra la ira de Crises.

La descripción de la cólera de Apolo, esta llena de elementos visuales, auditivos y también de movimiento. El poeta no describe detalladamente al dios, pero nos da algunos elementos visuales: lleva su arco, que es de plata y su carcaj en los hombros, iba parecido a la noche.

Dentro de los elementos auditivos encontramos: las saetas resonaban en las espaldas del Dios, tiró una flecha y el arco de plata dio un terrible chasquido.

Dentro de los elementos de movimiento vemos: descendió de las cumbres del Olimpo, sentóse lejos de las naves.

En una comparación se dice que Apolo: “Iba parecido a la noche” sin embargo, en la mitología, Apolo tiene íntima relación con el Sol, por eso esta comparación homérica pone de manifiesto lo siniestro de la actividad de Apolo. Para los antiguos la noche era algo terrible y sombrío, por eso no se combatía de noche. Cuando en el canto X, Dolón acepta realizar un espionaje nocturno cerca de las naves Aqueas, sólo lo hace a cambio de un premio maravilloso: el carro y los corceles divinos de Aquiles.

A su vez, Apolo es el dios de la medicina que se concebía a través de vaticinios o actos adivinatorias, en este caso, el dios cambiará su esencia, no viene a curar, sino a matar.

Algo parecido pasa con el sonido. Apolo, dios de la música, ahora hará ruidos aterrorizantes al bajar del Olimpo con las flechas moviéndose en el carcaj. Y al tirar cada flecha, el poeta nos habla de un chasquido, que anuncia la muerte, primero de animales y luego de hombres.

Querella entre Aquiles y Agamenón: (53 a 187)

Provocada la peste al cabo de diez días de arrojar incesantemente Apolo sus flechas sobre animales y luego sobre hombres, Aquiles convoca a la junta de jefes y al pueblo aqueo en general a fin de averiguar, por medio del arte de los adivinos o intérpretes de sueños la razón de la cólera de Apolo, porque de otra manera tendrán que volver atrás.

Hasta ahora el único Dios que ha tomado parte en el conflicto, ha sido Apolo, que provoca la peste sin resistencia por parte de los otros dioses. La intervención de los demás dioses va a producirse diez días después de arrojada la primera flecha: Hera (esposa de Zeus), pone en el corazón del Pélida el deseo de convocar al Agóra (reunión de los aristois), esto se vuelve una ofensa contra Agamenón, ya que sólo un rey de los hombres puede convocar a la junta. Este hecho que resulta inexplicable para las griego (que Aquiles no siendo jefe de todos los reyes llame al ágora) sólo puede explicarse por la intervención de un dios. En la epopeya homérica, los dioses intervienen para explicar hechos inexplicables por el entendimiento humano. Y la explicación sería que Aquiles no quiso faltar a la voluntad de una diosa.

En los poemas homéricos, todos los personajes que intervienen son hombres ilustrados, héroes y dioses. La diferencia entre los dioses y los hombres es mínima, ya que los hombres homéricos aparecen divinizados, y los dioses humanizados. Estos poemas presentan solamente la vida de la aristocracia, constituida por los mejores en linaje y ascendencia. Los dioses no cometen hybris, pueden expresar sus emociones abiertamente y son inmortales, pero no eternos, tuvieron un nacimiento. Estas son las únicas diferencias con los mortales, además de su poder.

El abolengo es uno de los elementos que determinan la superioridad de la nobleza sobre los demás mortales; por ejemplo Aquiles, Helena y Odiseo remontan su ascendencia hasta los mismos dioses. La palabra areté expresa la idea de virtud, pero no en el sentido moral, sino en el sentido de capacidad, aptitud, destreza y valor. Se refiere a la fuerza física y a la destreza guerrera, pero también a las cualidades morales. En el areté hay dos aspectos:

1) Uno espiritual e intelectual que se manifiesta en el Ágora.
2) Y otro corporal y físico que se manifiesta en el combate.

Aunque a veces es más importante el valor corporal y físico, que el espiritual e intelectual. Esto queda demostrado cuando Agamenón le dice a Diómedes que es inferior al padre en el combate, aunque hablara mejor en el Ágora.

El hombre ordinario no tiene areté, y si un noble es tomado como esclavo, Zeus le reduce su areté a la mitad, y éste deja de ser el que era antes.

No se puede olvidar que el ágora es la reunión de los aristoi, los mismos que estaban presentes cuando Agamenón ultrajó a Crises, y los mismos que “aprobaron a voces que se respetara al anciano”. Esto nos da una idea del clima de esta reunión: todos saben perfectamente cual es el motivo de la misma, y todos saben quien es el culpable de la peste, sólo que nadie se anima a plantear el tema, porque también saben que hacerlo implicaría enfrentarse a Agamenón. Es por esta razón que cuando Aquiles llama al ágora, ya hay en ese hecho un motivo para que Agamenón miré en forma personal las acciones de Aquiles. Todo el ágora será una fiesta de la oratoria, en la que cada personaje tratará de dejar en evidencia las intenciones del otro y de deshonrar el areté de su enemigo.

Aquiles sabe que llamar al ágora lo enfrenta directamente a Agamenón, y pero debe lograr que el los demás aristoi se involucren en la acusación para que Agamenón, solo, no tenga más remedio que enfrentar su culpa. Si no logra esto, la discusión se polarizará y seguro que Agamenón sabrá como culpar a Aquiles de su deseo de quitarle el poder. La proposición de llamar a un adivino tiene dos propósitos. Por un lado no polarizar la discusión: si otro dice lo que pasa, ya no se lo puede acusar a Aquiles de querer sacarle el poder. Y el otro propósito es la ironía. Dado que todos saben qué pasa, es insensato pensar que se necesite un adivino para saber por qué está “quejoso” el dios Apolo. Para estar “quejoso” la peste resulta un castigo un tanto desmedido. Parte de la ironía surge en la sugerencia de volver atrás. ¿Es posible pensar sin sonreír, que un guerrero de la talla de Aquiles, pueda decir en serio que sería mejor volver todos a sus casas, después de diez años de guerra y después haber pasado tantos complicaciones para llegar allí, incluida el sacrificio de la hija de Agamenón? Es evidente que esta proposición tiene el propósito de mostrar la incoherencia de la testarudez de Agamenón, y de hacer pensar el resto de los aristoi que tal idea resulta irrisoria. La ironía es uno de los recursos más usados por Aquiles. Pensemos que la ironía, muchas veces es ira contenida, que se transforma en sarcasmo como forma de controlarlo socialmente.

Aquiles no se ha dirigido a Calcas ni a ningún otro augur en particular; sin embargo, Calcas se levanta y le dice a Aquiles: “Mándasme explicar la cólera del flechador Apolo”. Esto es posible porque Calcas es “el mejor de los augures”, y como hombre de “polis” tiene una responsabilidad con ésta. Es el adivino más reconocido por todos, conoce “lo presente, lo pasado y lo futuro”, y ya tiene un reconocimiento público que hace que su areté sea incuestionable: “ha guiado las naves a Ilión”, es el responsable de que hayan llegado a salvo a la guerra, ¿quién se atrevería a cuestionar sus vaticinios?

En su discurso, Calcas pide protección, porque teme a un hombre que manda sobre los Aqueos y que es un rey. Sólo le falta dar el nombre de Agamenón. Todos lo saben, incluido el mismo Agamenón, quien se mantiene en silencio, tal vez expectante, para ver cómo transcurren los hechos, y qué se anima a decir el adivino. Pero no sólo habla del poder de Agamenón, sino que nos da una nueva característica del personaje, que podíamos intuir ya. Se nos dice que es rencoroso, y que suele vengarse de los más débiles, aún cuando en público refrene su ira.

Aquiles lo satisface, jurándole que lo protegerá contra la ira de cualquier Aqueo, aunque éste sea Agamenón. Esta mención al nombre de Agamenón nos muestra claramente que todos saben de qué se está hablando, y lo que Aquiles quiere es hacer que Calcas se sienta seguro de lo que va a decir. Sabe que le toca una parte difícil que es acusar al jefe, pero aún cuando él promete protección, Aquiles le asegura que tiene la protección del mismo Zeus (“¡por Apolo, caro a Zeus; a quien tú, Calcante, invocas siempre que revelas oráculos a los dánaos!”). La mención a este dios también tiene el propósito de afirmar el oráculo de Calcas, y de poner en su lugar a Agamenón, dándole a entender que negar a Calcas, sería también negar a Zeus, y de alguna manera retándolo a ver si su soberbia llega a tanto.

A continuación el Augur (o Vate) dice que la causa de la cólera de Apolo fue el ultraje que Agamenón infirió al sacerdote, no devolviéndole la hija, ni admitiendo el rescate. Y aclara que, hasta que no sea devuelta la chica, y se haga un sacrificio en honor al Dios, en la ciudad de Crisa no habrá esperanza alguna en batalla.

Cuando Agamenón oye la acusación de Calcas Testórida, se levanta enojado. Este enojo es caracterizado por el poeta como “con las negras entrañas llenas de cólera y los ojos parecidos al relumbrante fuego”. Metáfora y comparación apuntan a la misma cosa: la ira nace desde lo más profundo de él, y es nefasta, oscura e incontrolable, y se expresa exteriormente con el brillo de los ojos, que parecen querer fulminar al vate, quien se ha animado a decir lo que él pensaba que no se iba a animar. Esta pasión se expresa en el grito espontáneo “¡Adivino de males! Jamás me has anunciado nada grato”. Aquí Homero hace referencia a un hecho no narrado en la Ilíada, Calcas en la localidad de Aulide había profetizado que la flota Aquea no llegaría a Troya, a causa de los vientos contrarios, si Agamenón no sacrificaba en el altar de los dioses a Ifigenia, su propia hija.

En las palabras de Agamenón se ve un terrible resentimiento hacía Calcas por su anterior premonición. De esta manera Agamenón intenta denostar el areté de Calcas, como si nunca hubiera dicho cosa buena, sin embargo todos saben que si no hubiera sido por él nunca hubieran llegado salvos a Ilión. Lo personal y lo público que en su momento fue una difícil decisión para Agamenón, ahora sale a relucir. Agamenón tuvo que sacrificar su rol de padre por su rol de jefe, o puesto de otra forma, su bienestar personal por el bienestar de todos. Elige el de todos y sacrifica el propio. Esto también le da un lugar de privilegio ante todos los demás jefes. Sin embargo, cuando se trata de sentirse acusado, salta desde sus “negras entrañas” este resentimiento.

Por este camino, Agamenón no conseguirá nada bueno. Sabe que acusar a Calcas, reconocido por todos, no le va a dar ningún beneficio frente a los demás, así que necesita una nueva estrategia. Esta será: primero, justificar su acción ante Crises, y segundo, mostrarse como nuevamente una víctima de las circunstancias que debe sacrificarse, una vez más, para que todos sobrevivan. Rey de la astucia, logra rápidamente colocar a todo el pueblo de su lado, para entonces empezar a preparar la venganza hacia Aquiles, exigiendo una recompensa, y aunque no lo nombra aún directamente, sabe que él será el primero en oponerse, y así será más fácil quitarle lo que tiene, con la comprensión del pueblo.

Justifica la mala acción con Crises hablando de una pasión por Criseida, a quien prefiere a su esposa. De un momento a otro pasa de ser iracundo y codicioso, a ser bueno y generoso. Cede en devolver a Criseida, mostrándose como un mártir por su pueblo. Pero recurre al valor del areté, y pide otra recompensa similar para salvar su nombre y poder, pasa de ser odiado a hacerse la víctima: “No sería decoroso que me quedara sin recompensa”. Esta idea lo pone directamente al lado de los aristoi que seguramente consideran justo y necesario el pedido que Agamenón hace.

Es Aquiles quien toma la palabra ante el pedido de Agamenón que ya ha logrado el beneplácito del pueblo. Valiéndose del recurso de la ironía al decirle “gloriosísimo” deja entrever su resentimiento al llamarlo “el más codicioso de todos”. Hay entre ellos un resentimiento que sobrepasa el momento de la querella y que viene de mucho tiempo atrás. Aquiles siente que Agamenón quiere todo para él, y que se queda con la mayor parte de los botines, siendo esto injusto, porque no pelea como un guerrero acorde a su recompensa. Este reclamo saldrá cuando la querella se vuelva más explícita.

Por el momento, la estrategia de Aquiles es mostrarle al resto de los jefes que el pedido de Agamenón, por más justo que sea es inviable y que cumplirlo implica que todos dejen su recompensa para darle algo a él, que es lo mismo que decir que sacrifiquen su areté por el de Agamenón. Esta forma de poner lo abstracto en los hechos concretos hace, posiblemente, que los otros jefes empiecen a dudar del reclamo de Agamenón, que por más que consideren justo, no es cómo para quedarse sin nada ellos. Por ello Aquiles, tratando de engañar a Agamenón le propone que todos se compromenten a darle el cuádruple si los dioses les permiten conquistar Troya en un futuro.

Agamenón no es ingenuo, y reconoce perfectamente la jugada de Aquiles y así lo amenaza directamente con sacarle la mujer, y para suavizar sus palabras, coloca el nombre de otros jefes, sin embargo, todos saben que la amenaza está totalmente dirigida a él. Trata de suavizar más la amenaza diciendo que cualquiera de los jefes pueden dirigir la expedición a Crisa, porque al fin y al cabo todos son jefes. Así intenta poner a Aquiles a su altura, pero ya ha dejado en el aire la amenaza y su intento de dejar claro quién es el jefe.

La amenaza al areté del otro no puede olvidarse por estrategias tan nimias, lo que hará que Aquiles se deje de ironía y comience a responder con ira, “mirándolo con torva faz”. Aquiles intentará también destruir el areté de Agamenón, y los resentimientos de estos diez años aparecen a la luz. Aquiles pone en duda el lugar de jefe de Agamenón, porque es un hombre desagradecido. Todos sin excepción, están ahí por limpiar la honra de él y de su hermano Menéalo, pero esta guerra no es de ellos. Nunca los troyanos han ofendido a ninguno de los héroes que están peleando allí. Van para ayudarlos a ellos, y en lugar de agradecerlo, los tratan así, insultándolos y quitándoles la recompensa, siendo que la misma es merecida por un trabajo bien ganado. Incluso llega a decir que él no se merece la recompensa que recibe. Pero el ataque de Aquiles, pierde de vista a los demás jefes, porque al poner en duda la jefatura de Agamenón, también pone en duda el criterio de los demás de haberlo elegido. Frente a todo esto sólo queda una cosa: retirarse de la guerra.

Agamenón responde enseguida y aprovecha este enojo para descargar el suyo. Trata a Aquiles de cobarde, odioso, y pendenciero. Incluso ataca su areté diciendo que su gran fuerza no es mérito suyo, sino de una diosa que le dio la fuerza, por lo tanto no puede compararse con el resto, porque nada de lo que tiene lo merece. Y por último cumple su amenaza: se llevará, él mismo a Briseida, la recompensa de Aquiles.

Lo interesante de este discurso final es lo que hasta ahora se había ocultado: “para que sepas bien cuánto más poderoso soy y otro tema decir que es mi igual y compararse conmigo”. Agamenón deja en claro que está convencido que la actitud de Aquiles es para quitarle el poder, y compararse a él. Cree que Aquiles debe aprender a humillarse ante el jefe, y piensa utilizar este episodio como ejemplo para cualquiera que se atreva a hacer lo mismo.

Intervención de Palas Atenea: (188 a 222)

En su ciega violencia, Agamenón ha amenazado a Aquiles con ir a la tienda de éste y quitarle su esclava, Briseida. Dos motivos determinan al Atrida a hacer esto: obtener una recompensa que pudiera resarcirlo de la devolución de Criseida y castigar lo que consideraba insolencia de aquel al querer tratarlo de igual a igual y compararse con él. Y Aquiles está pensando lleno de congoja si debe matar a Agamenón; entonces interviene la diosa Atenea.

El aeda menciona “dentro del velludo pecho su corazón discurrió dos cosas”. La imagen de la virilidad y la imponencia se muestran en un Aquiles que en lo más profundo de su ser pretende hacer justicia callando la insolencia y la altanería de Agamenón. Sabe que hacer eso implica matar a quien fue determinado por el resto de los aristoi como el rey de los hombres, lo que sería nefasto. Sin embargo mientras piensa en todo esto, su acción es la desenvainar la espada. Está dispuesto a llevarlo a cabo, no olvidemos que el hybris de Aquiles es el exceso.

Es en este momento que el poeta crea un recurso impensado en la época por ser casi cinematográfico. Logra que toda la escena se congele, que los personajes que están presenciando la querella, incluido Agamenón queden en “stand by”, y Aquiles tiene un diálogo, mientras todos están quietos, con Atenea quien logra calmar la ira de Aquiles. Una vez más la intervención de los dioses vienen a explicar lo que resulta imposible de entender en esta cultura y en este personaje, que Aquiles siendo tan explosivo no mate a Agamenón quien lo ha ultrajado.

La diosa le tira de la cabellera para llamar su atención y ella parece estar enojada (“sus ojos centelleaban”). De alguna manera ella debe imponerse a la cólera de Aquiles, debe mostrarle quién manda y lo oportuno que es que él obedezca.

En el diálogo, la diosa le ordena que guarde el arma, y que lo injurie cuanto quiera. Y promete que será recompensado de este ultraje más adelante. El heroísmo de Aquiles se muestra en la dominación de su ferocidad, con este dominio logra la sofrosyne (equilibrio). Él dice que preciso es obedecer a un dios, porque sus promesas siempre son cumplidas si uno lo escucha. Sin embargo, esto que vale para Aquiles, no vale tanto para otros héroes, como por ejemplo Héctor, que nunca logrará el favor de los dioses aunque intente complacerlos constantemente.

Juramento de no combatir. Disolución de la junta: (223 a 317)

Aquiles renuncia a matar a Agamenón, pero no por eso deja de insultarlo de palabra. Entonces, se levanta Néstor, el más anciano de las tropas Aqueas, su vitalidad es elogiada por los demás, conoció a dos generaciones de héroes y reina sobre la tercera. Su función no es pelear, sino hablar. En este caso le habla al consejo, exhortándoles al Pélida y al Atrida a cambiar de actitud. Siempre trata de instaurar el equilibrio, de imponer justicia, es la figura modelo del anciano sabio. Si Aquiles es el arquetipo del héroe joven; Néstor lo es de los ancianos.

La edad de Néstor tiene un significado, ya que los griegos insertaron entre la edad de plata y la edad del bronce, a la edad de los héroes. Néstor es el nexo entre una época en la cual los dioses y la justicia divina estaban más cerca de los hombres, y una época en la que se ve la paulatina decadencia del mundo. Trata de reconciliar al Atrida con Aquiles, diciendo que ambos han obrado mal, Aquiles injurió a Agamenón, ya que ofendió al rey más poderoso; y Agamenón desconoció y despreció las virtudes guerreras de Aquiles al querer arrebatarle su botín. Pero, la intervención de Néstor no logra cumplir su cometido, ya que Aquiles le responde al Atrida: “…Manda a otros, no me des ordenes, pues yo no pienso obedecerte.”