lunes, 25 de mayo de 2009

Homero - La Ilíada - Canto VI (FRAGMENTO)

Canto VI (Fragmento - Coloquio de Héctor y Andrómaca)
237 Al pasar Héctor por la encina y las puertas Esceas, acudieron corriendo las esposas a hijas de los troyanos y preguntáronle por sus hijos, hermanos, amigos y esposos; y él les encargó que unas tras otras orasen a los dioses, porque para muchas eran inminentes las desgracias.
242 Cuando llegó al magnífico palacio de Príamo, provisto de bruñidos pórticos (en él había cincuenta cámaras de pulimentada piedra, seguidas, donde dormían los hijos de Príamo con sus legítimas esposas; y enfrente, dentro del mismo patio, otras doce construidas igualmente con sillares, continuas y techadas, donde se acostaban los yernos de Príamo y sus castas mujeres), le salió al encuentro su alma madre que iba en busca de Laódice, la más hermosa de las princesas; y, asiéndole de la mano, le dijo:
254 -¡Hijo! ¿Por qué has venido, dejando el áspero combate? Sin duda los aqueos, de aborrecido nombre, deben de estrecharnos, combatiendo alrededor de la ciudad, y tu corazón lo ha impulsado a volver con el fin de levantar desde la acrópolis las manos a Zeus. Pero, aguarda, traeré vino dulce como la miel para que primeramente lo libes al padre Zeus y a los demás inmortales, y luego te aproveche también a ti, si bebes. El vino aumenta mucho el vigor del hombre fatigado y tú lo estás de pelear por los tuyos.
263 Respondióle el gran Héctor, el de tremolante casco:
264 -No me des vino dulce como la miel, veneranda madre; no sea que me enerves y me prives del valor, y yo me olvide de mi fuerza. No me atrevo a libar el negro vino en honor de Zeus sin lavarme las manos, ni es lícito orar al Cronión, el de las sombrías nubes, cuando uno está manchado de sangre y polvo. Pero tú congrega a las matronas, llévate perfumes, y, entrando en el templo de Atenea, que impera en las batallas, pon sobre las rodillas de la deidad de hermosa cabellera el peplo mayor, más lindo y que más aprecies de cuantos haya en el palacio; y vota a la diosa sacrificar en su templo doce vacas de un año, no sujetas aún al yugo, si, apiadándose de la ciudad y de las esposas y tiernos niños de los troyanos, aparta de la sagrada Ilio al hijo de Tideo, feroz guerrero, cuya valentía causa nuestra derrota. Encamínate, pues, al templo de Atenea, que impera en las batallas, y yo iré a la casa de Paris a llamarlo, si me quiere escuchar. ¡Así la tierra se lo tragara! Criólo el Olímpico como una gran plaga para los troyanos y el magnánimo Príamo y sus hijos. Creo que, si le viera descender al Hades, mi alma se olvidaría de los enojosos pesares.
286 Así dijo. Hécuba, volviendo al palacio, llamó a las esclavas, y éstas anduvieron por la ciudad y congregaron a las matronas; bajó luego al fragante aposento donde se guardaban los peplos bordados, obra de las mujeres que se había llevado de Sidón el deiforme Alejandro en el mismo viaje por el ancho ponto en que se llevó a Helena, la de nobles padres; tomó, para ofrecerlo a Atenea, el peplo mayor y más hermoso por sus bordaduras, que resplandecía como un astro y se hallaba debajo de todos, y partió acompañada de muchas matronas.
297 Cuando llegaron a la acrópolis, abrióles las puertas del templo de Atenea Teano, la de hermosas mejillas, hija de Ciseide y esposa de Anténor, domador de caballos, a la cual habían elegido los troyanos sacerdotisa de Atenea. Todas, con lúgubres lamentos, levantaron las manos a la diosa. Teano, la de hermosas mejillas, tomó el peplo, lo puso sobre las rodillas de Atenea, la de hermosa cabellera, y orando rogó así a la hija del gran Zeus:
305 -¡Veneranda Atenea, protectora de la ciudad, divina entre las diosas! ¡Quiébrale la lanza a Diomedes y concédenos que caiga de pechos en el suelo, ante las puertas Esceas, para que to sacrifiquemos en este templo doce vacas de un año, no sujetas aún al yugo, si de este modo to apiadas de la ciudad y de las esposas y tiernos niños de los troyanos!
311 Así dijo rogando, pero Palas Atenea no accedió. Mientras invocaban de este modo a la hija del gran Zeus, Héctor se encaminó al magnífico palacio que para Alejandro había labrado él mismo con los más hábiles constructores de la fértil Troya; éstos le hicieron una cámara nupcial, una sala y un patio, en la acrópolis, cerca de los palacios de Príamo y de Héctor. A11í entró Héctor, caro a Zeus, llevando una lanza de once codos, cuya broncínea y reluciente punta estaba sujeta por áureo anillo. En la cámara halló a Alejandro que acicalaba las magníficas armas, escudo y coraza, y probaba el corvo arco; y a la argiva Helena, que, sentada entre sus esclavas, ocupábalas en primorosas labores. Y en viendo a aquél, increpólo con injuriosas palabras:
326 -¡Desgraciado! No es decoroso que guardes en el corazón ese rencor. Los hombres perecen combatiendo al pie de los altos muros de la ciudad; el bélico clamor y la lucha se encendieron por tu causa alrededor de nosotros, y tú mismo reconvendrías a quien cejara en la pelea horrenda. Ea, levántate. No sea que la ciudad llegue a ser pasto de las voraces llamas.
332 Respondióle el deiforme Alejandro:
333 -¡Héctor! Justos y no excesivos son tus baldones, y por lo mismo voy a contestarte. Atiende y óyeme. Permanecía aquí, no tanto por estar airado o resentido con los troyanos, cuanto porque deseaba entregarme al dolor. En este instante mi esposa me exhortaba con blandas palabras a volver al combate; y también a mí me parece preferible, porque la victoria tiene sus alternativas para los guerreros. Ea, pues, aguarda, y visto las marciales armas; o vete y te sigo, y creo que lograré alcanzarte.
342 Así dijo. Héctor, el de tremolante casco, nada contestó. Y Helena hablóle con dulces palabras:
3- -¡Cuñado mío, de esta perra maléfica y abominable! ¡Ojalá que, cuando mi madre me dio a luz, un viento tempestuoso se me hubiese llevado al monte o al estruendoso mar, para hacerme juguete de las olas, antes que tales hechos ocurrieran! Y ya que los dioses determinaron causar estos males, debió tocarme ser esposa de un varón más fuerte, a quien dolieran la indignación y los muchos baldones de los hombres. Éste ni tiene firmeza de ánimo ni la tendrá nunca, y creo que recogerá el debido fruto. Pero entra y siéntate en esta silla, cuñado, que la fatiga te oprime el corazón por mí, perra, y por la falta de Alejandro; a quienes Zeus nos dio mala suerte a fin de que a los venideros les sirvamos de asunto para sus cantos.
359 Respondióle el gran Héctor, el de tremolante casco:
360-No me ofrezcas asiento, Helena, aunque me aprecies, pues no lograrás persuadirme: ya mi corazón desea socorrer a los troyanos que me aguardan con impaciencia. Pero tú haz levantar a ése y él mismo se dé prisa para que me alcance dentro de la ciudad, mientras voy a mi casa y veo a los criados, a la esposa querida y al tierno niño; que ignoro si volveré de la batalla, o los dioses dispondrán que sucumba a manos de los aqueos.
369 Apenas hubo dicho estas palabras, Héctor, el de tremolante casco, se fue. Llegó en seguida a su palacio, que abundaba de gente, mas no encontró a Andrómaca, la de níveos brazos, pues con el niño y la criada de hermoso peplo estaba en la torre llorando y lamentándose. Héctor, como no hallara dentro a su excelente esposa, detúvose en el umbral y habló con las esclavas:
376 -¡Ea, esclavas, decidme la verdad! ¿Adónde ha ido Andrómaca, la de níveos brazos, desde el palacio? ¿A visitar a mis hermanas o a mis cuñadas de hermosos peplos? ¿O, acaso, al templo de Atenea, donde las troyanas, de lindas trenzas, aplacan a la terrible diosa?
381 Respondióle con estas palabras la fiel despensera:
382 -¡Héctor! Ya que tanto nos mandas decir la verdad, no fue a visitar a tus hermanas ni a tus cuñadas de hermosos peplos, ni al templo de Atenea, donde las troyanas, de lindas trenzas, aplacan a la terrible diosa, sino que subió a la gran torre de Ilio, porque supo que los troyanos llevaban la peor parte y era grande el ímpetu de los aqueos. Partió hacia la muralla, ansiosa, como loca, y con ella se fue la nodriza que lleva el niño.
390 Así habló la despensera, y Héctor, saliendo presuroso de la casa, desanduvo el camino por las bien trazadas calles. Tan luego como, después de atravesar la gran ciudad, llegó a las puertas Esceas -por allí había de salir al campo-, corrió a su encuentro su rica esposa Andrómaca, hija del magnánimo Eetión, que vivía bajo el boscoso Placo, en Teba bajo el Placo, y era rey de los cilicios. Hija de éste era, pues, la esposa de Héctor, de broncínea armadura, que entonces le salió al camino. Acompañábale una sirvienta llevando en brazos al tierno infante, al Hectórida amado, parecido a una hermosa estrella, a quien su padre llamaba Escamandrio y los demás Astianacte, porque sólo por Héctor se salvaba Ilio. Vio el héroe al niño y sonrió silenciosamente. Andrómaca, llorosa, se detuvo a su lado, y asiéndole de la mano le dijo:
407 -¡Desgraciado! Tu valor te perderá. No te apiadas del tierno infante ni de mí, infortunada, que pronto seré tu viuda; pues los aqueos te acometerán todos a una y acabarán contigo. Preferible sería que, al perderte, la tierra me tragara, porque si mueres no habrá consuelo para mí, sino pesares, que ya no tengo padre ni venerable madre. A mi padre matólo el divino Aquiles cuando tomó la populosa ciudad de los cilicios, Teba, la de altas puertas: dio muerte a Eetión, y sin despojarlo, por el religioso temor que le entró en el ánimo, quemó el cadáver con las labradas armas y le erigió un túmulo, a cuyo alrededor plantaron álamos las ninfas monteses, hijas de Zeus, que lleva la égida. Mis siete hermanos, que habitaban en el palacio, descendieron al Hades el mismo día; pues a todos los mató el divino Aquiles, el de los pies ligeros, entre los flexípedes bueyes y las cándidas ovejas. A mi madre, que reinaba al pie del selvoso Placo, trájola aquél con otras riquezas y la puso en libertad por un inmenso rescate; pero Ártemis, que se complace en tirar flechas, hirióla en el palacio de mi padre. Héctor, tú eres ahora mi padre, mi venerable madre y mi hermano; tú, mi floreciente esposo. Pues, ea, sé compasivo, quédate aquí en la tome -¡no hagas a un niño huérfano y a una mujer viuda!- y pon el ejército junto al cabrahígo, que por allí la ciudad es accesible y el muro más fácil de escalar. Los más valientes -los dos Ayantes, el célebre Idomeneo, los Atridas y el fuerte hijo de Tideo con los suyos respectivos- ya por tres veces se han encaminado a aquel sitio para intentar el asalto: alguien que conoce los oráculos se to indicó, o su mismo arrojo los impele y anima.
440 Contestóle el gran Héctor, el de tremolante casco:
441 Todo esto me da cuidado, mujer, pero mucho me sonrojaría ante los troyanos y las troyanas de rozagantes peplos, si como un cobarde huyera del combate; y tampoco mi corazón me incita a ello, que siempre supe ser valiente y pelear en primera fila entre los troyanos, manteniendo la inmensa gloria de mi padre y de mí mismo. Bien lo conoce mi inteligencia y lo presiente mi corazón: día vendrá en que perezcan la sagrada Ilio, Príamo y el pueblo de Príamo, armad con lanzas de fresno. Pero la futura desgracia de los troyanos, de la misma Hécuba, del rey Príamo y de muchos d mis valientes hermanos que caerán en el polvo a manos d los enemigos, no me importa tanto como la que padecerá tú cuando alguno de los aqueos, de broncíneas corazas, se te lleve llorosa, privándote de libertad, y luego tejas tela e Argos, a las órdenes de otra mujer, o vayas por agua a la fuente Meseide o Hiperea, muy contrariada porque la dura necesidad pesará sobre ti. Y quizás alguien exclame, al verte derramar lágrimas: «Ésta fue la esposa de Héctor, el
guerrero que más se señalaba entre los troyanos, domadores de caballos, cuando en torno de Ilio peleaban.» Así dirán, y sentirás un nuevo pesar al verte sin el hombre que pudiera librarte de la esclavitud. Pero ojalá un montón de tierra cubra mi cadáver, antes que oiga tus clamores o presencie tu rapto.
466 Así diciendo, el esclarecido Héctor tendió los brazos su hijo, y éste se recostó, gritando, en el seno de la nodriz de bella cintura, por el terror que el aspecto de su padre le causaba: dábanle miedo el bronce y el terrible penacho crines de caballo, que veía ondear en lo alto del yelmo. Sonriéronse el padre amoroso y la veneranda madre. Héctor se apresuró a dejar el refulgente casco en el suelo, besó y meció en sus manos al hijo amado, y rogó así a Zeus y a los de más dioses:
476-¡Zeus y demás dioses! Concededme que este hijo mío sea, como yo, ilustre entre los troyanos a igualmente esforzado; que reine poderosamente en Ilio; que digan de él cuando vuelva de la batalla: «¡Es mucho más valiente que su padre!»; y que, cargado de cruentos despojos del enemigo quien haya muerto, regocije el alma de su madre.
482 Esto dicho, puso el niño en brazos de la esposa amada, que, al recibirlo en el perfumado seno, sonreía con el rostro todavía bañado en lágrimas. Notólo el esposo y compadecido, acaricióla con la mano y le dijo:
486 -¡Desdichada! No en demasía tu corazón se acongoje, que nadie me enviará al Hades antes de lo dispuesto por el destino; y de su suerte ningún hombre, sea cobarde o valiente, puede librarse una vez nacido. Vuelve a casa, ocúpate en las labores del telar y la rueca, y ordena a las esclavas que se apliquen al trabajo; y de la guerra nos cuidaremos cuantos varones nacimos en Ilio, y yo el primero.
494 Dichas estas palabras, el preclaro Héctor se puso el yelmo adornado con crines de caballo, y la esposa amada regresó a su casa, volviendo la cabeza de cuando en cuando y vertiendo copiosas lágrimas. Pronto llegó Andrómaca al palacio, lleno de gente, de Héctor, matador de hombres; halló en él muchas esclavas, y a todas las movió a lágrimas. Lloraban en el palacio a Héctor vivo aún, porque no esperaban que volviera del combate librándose del valor y de las manos de los aqueos.
503 Paris no demoró en el alto palacio; pues, así que hubo vestido las magníficas armas de labrado bronce, atravesó presuroso la ciudad haciendo gala de sus pies ligeros. Como el corcel avezado a bañarse en la cristalina corriente de un río, cuando se ve atado en el establo, come la cebada del pesebre y rompiendo el ronzal sale trotando por la llanura, yergue orgulloso la cerviz, ondean las crines sobre su cuello, y ufano de su lozanía mueve ligero las rodillas encaminándose a los acostumbrados sitios donde los caballos pacen; de aquel modo, Paris, hijo de Príamo, cuya armadura brillaba como un sol, descendía gozoso de la excelsa Pérgamo por sus ágiles pies llevado. Alejandro alcanzó en seguida a su hermano el divino Héctor cuando éste regresaba del lugar en que había pasado el coloquio con su esposa, y fue el primero en hablar diciendo:
518 -¡Mi buen hermano! Mucho te hice esperar deteniéndote, a pesar de tu impaciencia; pues no he venido oportunamente, como ordenaste.
520 Respondióle Héctor, el de tremolante casco:
521 -¡Querido! Nadie que sea justo reprenderá tu trabajo en el combate, porque eres valiente; pero a veces te complaces en desalentarte y no quieres pelear, y mi corazón se aflige cuando oigo que te baldonan los troyanos que tantos trabajos sufren por ti. Pero. vámonos y luego lo arreglaremos todo, si Zeus nos permite ofrecer en nuestro palacio la cratera de la libertad a los celestes sempiternos dioses, por haber echado de Troya a los aqueos de hermosas grebas.

viernes, 1 de mayo de 2009

Florencio Sánchez - La Tigra (Texto)

La Tigra
Cuadro Primero
Un cafetín servido por camareras. Pequeño escenario, al foro. A la derecha la estantería con botellas y el mostrador respectivo. EL REGENTE lava copas y despacha a medida que las camareras lo van pidiendo. Ocupan una mesa, Tomás EL RUBIO, el Inglés, JORGE y RAFAEL. Jóvenes criollos atendidos por HAYDÉE SUÁREZ, una de las camareras. En otra ESPERANZA la madrileña, cantará en traje de carácter, entreteniendo a dos o tres parroquianos españoles. Más allá cuatro MARINEROS INGLESES acaban de emborracharse. En una cuarta mesa un pobre diablo despunta un sueño ante una taza de café. LUIS con LA TIGRA, departen en una de primer término bebiendo cerveza él y té la camarera, y cerca de ellos el anciano SEÑOR HESPERIDINA, que no tendrá otra ocupación que la de comerse con los ojos a las camareras o interrumpir los diálogos expresivos en que éstas intervengan. Al alzarse el telón comienza la tercera parte del concierto. El pianista termina su sinfonía. Silencio en el auditorio. Uno de los MARINEROS se alza a duras penas gritando «¡hurra!», dando dos o tres palmadas, y se deja caer pesadamente. Descorrido el pequeño telón aparece el tenor, un fulano gordo, que después de entregar la partitura al maestro, con un vozarrón espantoso, anuncia: «'Generada' de Iris, maestro Mascagni», y arremete cantando «Apri la tua finestra», etc., etc. A los pocos compases se la arman.

Escena I
EL RUBIO. -(Ladrando.) ¡Guau! ¡guau! ¡guau!
UNA VOZ. -¡Que se calle!
OTRA VOZ. -¡Fuera! ¡Zanguango!
OTRA VOZ. -¡Miau! ¡miau!...
JORGE. -¡Qué baile! (El fulano quiere seguir y le molestan con silbidos e improperios. Entonces, sonriente, saludando, retira su partitura y se dispone a irse.)
VOCES. -¡No! ¡No! ¡Que baile! ¡Que baile!... (Nuevo saludo y mutis. Aplausos estrepitosos y pedidos de bis durante unos instantes. El pobre hombre reaparece.)
JORGE. -¡Que cante el Chiribiribí!
CORO. -¡Chiribiribí! ¡Chiribiribí! (Creyendo satisfacer al auditorio, hace una seña al maestro. Silencio.)
MARINERO 1º. -(Apenas le oye cantar, alzándose y avanzando tambaleante.) ¡Ah!... ¡Ay!... ¡Moqueres!... (Quiere cantar MOQUERES. Coro de maullidos y ladridos. El cantor huye.)
CORO. -¡Miau! ¡Miau! ¡Miau!
HAYDÉE. -(Aproximándose al grupo de criollos.) ¡Jesús, muchachos! ¡Ni que estuviesen en el jardín zoológico!..
EL RUBIO. -Vení, madrileña; sentate un rato con nosotros. Pasale esa silla al inglés.
HAYDÉE. -Tendréis que aguardar. El señor me ha llamado. (Por el SEÑOR HESPERIDINA.)
EL RUBIO. -Che: dale recuerdos de mi parte para los nietos. (Risas en el grupo.)
LA TIGRA. -Dicen que ha cantado en óperas.
LUIS. -Corista, seguramente.
LA TIGRA. -Cualquier cosa. Lo cierto es que tiene que mantener a sus hijos y viene aquí a ganarse un peso y una silbatina por noche. Tú has visto a los muchachos. Se quedan hasta la última parte, sólo para armarle un bochinche al pobre infeliz.
LUIS. -Vaya un gusto.
LA TIGRA. -Es uno de los atractivos de la casa. Cuando el patrón no lo ha despedido, es porque le da resultado.
LUIS. -¡Qué barbaridad!
LA TIGRA. -¡Bah! ¡Así es el mundo, hijito! Quién sabe si mañana no me veo en el mismo caso.
LUIS. -A ti no te silban. Te lo aseguro.
LA TIGRA. -Si no me arman bochinche es porque todavía no estoy muy vieja y la muchachada me conserva un poco de cariño. Pero veremos más adelante. Por lo pronto, el hecho de haberme puesto a cantar, te prueba mi decadencia.
LUIS. -No, Tigra. No digas zonceras.
LA TIGRA. -Sí, hijito, sí. ¿Crees que no me conozco?
LUIS. -¿Y por qué cantas, si no te gusta?
LA TIGRA. -Porque voy para vieja, nada más. Pregúntame por qué, yo que he sido, puede decirse, la fundadora de estas casas en Buenos Aires y que he tenido las mesas principales a mi cargo, con clientela hecha y un platal de propinas... ¿Por qué me veo hoy metida en este cafetín indecente?
LUIS. -Por tu carácter; porque no quieres.
LA TIGRA. -¿Por qué no quiero? Porque no sirvo. De aquí a un cafetín de la Boca, y de allí...
LUIS. -No veo la necesidad de la escala. Con cambiar de vida...
LA TIGRA. -¿Y qué quieres que haga? ¿Meterme de monja? Cada uno en su oficio. Tú, albañil, no te vas a poner de relojero, cuando los achaques no te permitan trepar al andamio.
LUIS. -No es el mismo caso.
LA TIGRA. -¡El mismo, el mismo, el mismo! Vez pasada, cuando salí del «Cosmopolita», me fui a ver a esa señora amiga, la que cuida a mi nena, resuelta a ponerme a trabajar en costuras. ¡Que si quieres! A los quince días no pude aguantar más. Me faltaba algo; no sé qué, pero algo esencial como el respirar o el comer. Empleaba horas enteras para hacer una costurita de nada, pensando y pensando...
LUIS. -¿En qué?...
LA TIGRA. -¡Qué sé yo! No podía explicarme. En todo este ruido; en las compañeras, en la muchachada, en los borrachos, en los escándalos, en la policía, en mi pasado, en fin.
LUIS. -¿Y no te dabas cuenta de que aquella vida era mejor?
LA TIGRA. -¿Mejor? ¿Por qué? Vamos a ver. ¿Por qué, si no estaba a gusto?
LUIS. -Te habrías habituado...
LA TIGRA. -¿Y mientras tanto? Pensando eso y pensando que todavía no estoy tan venida a menos que no pueda tirar algunos añitos, me dije entonces: «A la que te criaste»; y aquí me tienes, dispuesta a pelear hasta que me jubilen por vieja y fea, y eso, aunque rabien todas esas, ha de tardar.
LUIS. -Eres muy inteligente, Tigra. La disculpa es hábil, pero no me convences.
LA TIGRA. -¿Disculpa?... ¿Yo disculparme?...
LUIS. -¿No habrá sido el fulano ese... lo que te hizo volver?
LA TIGRA. -¡Inocente! ¿Lo piensas realmente, o hablan los celos? ¿Crees que a esta altura de mi vida, y con todo lo que he vivido, haya hombre capaz de hacerme cometer zonceras?
LUIS. -Yo no te ofrezco eso, y sin embargo...
LA TIGRA. -Me lo ofreces.
LUIS. -Muchas gracias.
LA TIGRA. -Haces bien en dármelas, te lo aseguro.
LUIS. -Dime. ¿Quieres que te acompañe esta noche y continuamos la discusión en tu casa?
LA TIGRA. -No.
LUIS. -¿Por qué, Tigra?
LA TIGRA. -Ya te lo he dicho, hijito... Si no quieres de mi más que eso, quedas en libertad de no volver, o de cambiar de mesa. Lo sentiría mucho, porque te he tomado cariño, y me gusta conversar contigo, pero te repito que entre los dos no habrá más que amistad, mucha, mucha amistad. Toda la que tú quieras.
EL RUBIO. -¡Tigra! ¡Tigra! ¿Qué te ha hecho ese señor? ¿Déjalo descansar?
LUIS. -¡Idiotas!
LA TIGRA. -¿Qué? ¿Piensas enojarte? Déjalos.
LUIS. -Es que...
LA TIGRA. -No seas zonzo. (Al grupo.) ¿Qué hay?
JORGE. -Escuchá un momento. Vení.
LA TIGRA. -¿Qué quieres? (Aproximándose.)
JORGE. -¿Lo has tomado por horas a ése?
HAYDÉE. -No, che. Es de remis. Hace dos meses que lo tiene.
EL RUBIO. -¿Estás suscrita al P. B. T., entonces? Sentate y pedí algo.
LA TIGRA. -Gracias. No acostumbro, como algunas, a ponerme curda.
HAYDÉE. -¿Hablás por mí, che?
LA TIGRA. -No; por el Papa. ¿Nada más se les ofrece?
EL RUBIO. -Sentate, mujer.
LA TIGRA. -(Con mal modo.) Tengo que hacer. (Ademán de alejarse.)
HESPERIDINA. -¡Chist! ¡Chist!
HAYDÉE. -¡Tigra! ¡Tigra!
LA TIGRA. -(Volviéndose.) Me parece que tengo un nombre. Todo el mundo se va creyendo con derecho a manosearme. Todavía no he descendido tanto, ¿me oyen?
HAYDÉE. -¡Qué mal humor! Hija, perdona.
LA TIGRA. -Es que me tienen harta y me van a obligar a que muestre las uñas.
HAYDÉE. -Bueno, bueno. No es para tanto, mujer.
LA TIGRA. -Está bien. ¿Qué desea?
HESPERIDINA. -Sírvale lo que ella pida.
HAYDÉE. -Una cañita de Jerez.
LA TIGRA. -Y usted ¿otra hesperidina?
HAYDÉE. -¡Jesú! No beba usted eso. Tenemos un jerecillo... un «Tío Pepe» que da calor: pruébelo usted.
HESPERIDINA. -Bueno, hija; por acompañarte, tomaré ese jerecillo.
(LA TIGRA se va al mostrador.)
EL RUBIO. -Contá, mujer, contá.
EL GRUPO. -¡Que cuente! ¡Que largue el rollo! ¡Sí sí!
JORGE. -Toma otro pipermint (Sirve a HAYDÉE)
HAYDÉE. -(Después de beber.) No. Historia no es. Lo que pasa es que me tiene rabia porque lo mejor de la concurrencia se viene a mis mesas. Y es natural, ¿no te parece? Se han creído que porque son camareras viejas, van a ser dueñas de la casa toda la vida. Se les pasó el tiempo, ¿no te parece? Y, además, es hora ya de que se les vaya dejando lugar a las criollas, que valemos tanto como ellas o más que cualquier gallega vieja aquerenciada.
EL RUBIO. -Claro que sí. ¿Qué edad tenés vos?
HAYDÉE. -¿Yo? Veintiuno, mijito, cumplidos el mes pasado.
JORGE. -¿Oro?
HAYDÉE. -¡Y cómo te va! (Con intención, viendo a LA TIGRA, que pasa.) No soy de esas que se sacan los años, sin fijarse en que las arrugas y el sebo les están vendiendo.
EL RUBIO. -¿De modo, che, que la Tigra está hecha una misiadura y nadie le lleva el apunte?
HAYDÉE. -Una misiadura... Despacha café a los cocheros. Fíjense en la clientela; miren las mesas: el atorrante aquel que se viene a echar un sueñito: míster Hesperidina y el purrete ese que todas las noches le da la lata, enamorao en serio, che.
EL RUBIO. -¿Qué me cuentas?
HAYDÉE. -Y gracias que cante esas vidalitas y esos estilos, ¡fíjense! ¡Una gallega cantando aires criollos!...
JORGE. -No canta muy mal.
HAYDÉE. -¡Amalaya tuviera voz yo! ¡Verían! ¡Se los enseñaba al tipo ése que anda con ella!
EL RUBIO. -¡Qué peine!
HAYDÉE. -¡Es una piedra!..
LA TIGRA. -(Sentándose junto a LUIS.) ¡Uff!... Estoy esta noche con unos nervios que... que puede que no acabe bien la fiesta.
LUIS. -¿Porque te miran tanto?... Tráeme un whisky a mí y para ti cognac o alguna otra cosa.
LA TIGRA. -Bebe cerveza. ¡Qué empeño en entreverar! El whisky te hace mal.
LUIS. -Es que yo también ando mal de los nervios esta noche.
LA TIGRA. -No, mi chiquín. Cuidado, ¿eh?
MARINERO 1º. -(Chilla en inglés algunas cosas de las que sólo se entienden las palabras: Mósica. Mósica. Los compañeros le hacen coro aplaudiendo: ladridos y maullidos en la mesa de los criollos; el MARINERO 1º, se vuelve hacia ellos y les dice algunas frases incomprensibles, que han de ser muy graciosas a juzgar por las carcajadas de sus compañeros.)
EL RUBIO. -¡Tu abuelita, por las dudas!
HAYDÉE. -No se metan, muchachos.
EL RUBIO. -No; los estamos gozando no más... ¿Son ingleses!...
EL REGENTE. -Señora Esperanza: al escenario.
ESPERANZA. -¡Jesús! Es usted tan entretenido, que me había hecho olvidar de mi número.
HAYDÉE. -Choque usted. ¡Salud!
HESPERIDINA. -Vaya usted; vaya usted no más. Lo que siento es no tener flores para tírarle ¡Ah! no se olvide de cantar aquellos versitos del reloj que marca bien la hora, ¿eh?
ESPERANZA. -¡Vaya con el abuelo! Dedicaos a su señoría, voy a cantarlos. (Pasa por entre las mesas, aclamada, y desaparece por la puertita lateral y reaparece en el escenario con una guitarra. Aplausos.)
VOCES. -¡Olé, salerosa! ¡Cuerpo bueno! ¡Viva tu mare! (Canta malagueñas, seguidillas o cualquier otro aire español. Ovaciones. Uno de los MARINEROS INGLESES, en el colmo de su entusiasmo, se pone a bailar grotescamente, dando palmadas y gritando.)
MARINERO 1º. -¡Olé! ¡Olé! (Algarabía. Los compañeros le sientan, evitando que se caiga. La HAYDÉE canta unos couplets picarescos, lo más verdes que sea posible, y terminando su número, baja a sentarse a la mesa de los españoles, que la reciben alborozados, ofreciéndole copas. Durante el canto, la conversación de LUIS y LA TIGRA ha sido animadísima.)

Escena II



Dichos y OLIVERA (que entra al final del número, ocupando una de las mesas a cargo de LA TIGRA, llama fuertemente con las manos. LA TIGRA como si tal.)
HAYDÉE. -¡Tigra! ¡Tenés gente! (Bajo, al RUBIO.) Es él... ¿Te das cuenta?
EL RUBIO. -¿Se armará, entonces, che?
OLIVERA. -(Llamando de nuevo, más fuerte.)
EL REGENTE. -¿Qué es eso? ¿Se han vuelto sordas?
LUIS. -Atendelo, andá.
LA TIGRA. -(Alzándose.) No y no. (Acercándose a HAYDÉE.) ¿Quieres hacerme el favor de servir a ése?
HAYDÉE. -¿Yo? ¡Ja, ja! No me meto en la vida privada, che.
LA TIGRA. -Estás muy comadre, pero te disculpo porque es la bebida la que habla por ti. ¡Infeliz!
HAYDÉE. -¡Jajay!
OLIVERA. -(Vuelve a llamar.)
REGENTE. -(Acercándose a LA TIGRA.) ¿Pero qué hace usted? ¿Qué se ha creído?
LA TIGRA. -Digo que no lo atiendo. Y si no está conforme, ahora mismo me entrega la cuenta y me voy.
REGENTE. -Pero mujer, usted sabe que ese hombre es capaz de armar un escándalo.
LA TIGRA. -Que lo arme.
REGENTE. -Está bien. Cuando le parezca, pase por el mostrador a entregar. Queda despachada.
LUIS. -¿Por qué han de obligarla a despachar a un compadre?
LA TIGRA. -Tú te callas. Eso no te importa.
LUIS. -¿Cómo que no me importa? Lo he de decir a gritos.
LA TIGRA. -Usted se sienta. (Lo sienta, manteniendo una discusión.)
REGENTE. -Haydée: atienda usted al señor. Hasta que se cierre la casa, tiene usted todas las mesas a su cargo.
HAYDÉE. -¡Jajay! Está bueno. Con permiso, muchachos. Yo no seré muy tigra, pero no me asusto de tan poca cosa. ¡Biaba más o menos!
LA TIGRA. -(Acercándose a HAYDÉE, rápidamente.) ¡Ah, no! No te has de lucir a mi costa. Sal de ahí. Acaba de emborracharte, que mañana te entenderás conmigo. Mañana, ¿me oyes? (Oprimiéndole el brazo violentamente.) ¡Mañana!...¡Inmundicia!...
HAYDÉE. -(Vencida.) ¡Está bien, está bien! Mañana. (Se sienta. LA TIGRA se acerca a la mesa de OLIVERA.)
EL RUBIO. -¿Y por qué no se la diste, che?
LA TIGRA. -¿Qué va a tomar? (LUIS observa la escena dispuesto a intervenir.)
OLIVERA. -Buenas noches. Café. (LA TIGRA va al mostrador; los MARINEROS le hacen una demostración al pasar.)
LA TIGRA. -(Regresando con el café.) Sírvase.
OLIVERA. -Gracias. ¿Cuánto es?
LA TIGRA. -Treinta.
OLIVERA. -¿No lo podés hacer menos? Tomá: treinta y diez de propina.
LA TIGRA. -(Aceptando.) Muchas gracias. (Ademán de irse.)
OLIVERA. -No, no te vas; sentate.
LA TIGRA. -No.
OLIVERA. -Mirá: a tu purrete te lo voy a arreglar.
LA TIGRA. -¿Sí? ¡Qué lástima!
OLIVERA. -Está bueno. No vayas a salir con él, porque yo tengo que hablarte.
LA TIGRA. - Está bien. Haré un nudo en el pañuelo para no olvidarme.
OLIVERA. -Eso es. Hasta luego.
LA TIGRA. -(Confusa, viéndolo salir.) Hasta luego.
LUIS. -¿Qué quería?
LA TIGRA. -¡Oh! ¡He de probarles que todavía soy la Tigra! (Bebe de un sorbo su copa.)
¿Quieres más whisky tú? Yo voy a servirme. (Va al mostrador).
EL RUBIO. -Sí, hombre: las biabas han quedado para la salida.
JORGE. -Yo no voy nada.
HAYDÉE. -¿Cuánto jugamos a que mañana hay una camarera enferma?
JORGE. -Vos.
HAYDÉE. -¡Jajay! (LA TIGRA vuelve con la copa.)
LUIS. -¿Me vas a decir la verdad?
LA TIGRA. -Sí, hijo, sí.
LUIS. -¿Qué ha venido a hacer ése?
LA TIGRA. -Como de costumbre. A buscar de esto. (Dinero.) ¡Canalla!
LUIS. -Pero mujer de Dios, ¿por qué no lo mandaste al diablo? ¿Le tienes tanto cariño?
LA TIGRA. -¿Cariño? Ni esto. Costumbre y necesidad.
LUIS. -¿Necesidad?
LA TIGRA. -Sí; lo que te decía hace rato. Este hombre es para mí, un objeto, un incidente. Por otra parte, con la vida que llevamos, es muy conveniente un hombre así, que inspire respeto a los de su clase.
LUIS. -Es decir, que yo no te sirvo, porque no soy un compadre, ni un perdulario, ni un matón.
LA TIGRA. -No, hijo; al revés. Quien no sirve soy yo.
REGENTE. -(Acercándose.) Diga. Si es que va a continuar aquí, haga el favor de hacer su número, que van a dar las doce.
LA TIGRA. -Está bien. Voy. (Apura una copa y se encamina al escenario.)
HESPERIDINA. -(Llamándola.) ¡Chist! ¡Chist! ¿Cuánto es?
LA TIGRA. -Cinco cuarenta.
HESPERIDINA. -Tome seis. (Al darle el dinero le estrecha las manos conservándolas mientras hablan.) ¿Y por qué no ha cantado esta noche?
LA TIGRA. -Voy a cantar en seguida...
HESPERIDINA. -Entonces no me voy. ¿Cantará el estilo de la piedra, eh? Tráigame otra copita.
LA TIGRA. -¿Jerez?
HESPERIDINA. -No, de lo otro. (LA TIGRA va a servirlo. Mientras, aparece una pequeña criatura ofreciendo flores, en la mesa de los criollos le toman algunas para HAYDÉE. Los MARINEROS compran también, acariciando a la chica; de vuelta, LUIS la detiene en su mesa y adquiere el resto de las flores. LA TIGRA aparece en el escenario y canta acompañándose con la guitarra. Canta vidalitas; muchos aplausos, y momentos antes de terminar, LUIS se adelanta y le arroja un montón de flores. Aplausos, ladridos y maullidos. HAYDÉE en la mesa de los criollos, al volverse LUIS, radiante, a su sitio, oye algunas pullas que parten del grupo, y se vuelve rápidamente.)
GRUPO. -(De la mesa de los criollos.) ¡Papanata! ¡Otario!
LUIS. -¿Qué? ¿Qué hay? ¿Es conmigo? (Expectativa en los del grupo, enmudecen. LA TIGRA observa inquieta la escena.). Hablo con ustedes, compadrones.
JORGE. -(Burlón.) Estése quieto, joven. Nadie se ha metido con usted.
EL RUBIO. -Vaya a su casa, que será mejor. La vieja le estará esperando en la escalera, joven farrista.
LUIS. -(Despreciativo, volviéndose.) ¡Compadres y cobardes!...
EL RUBIO. (Deteniéndolo por el saco.) ¡Che, che, che! ¿Qué es lo que has dicho?
LUIS. -(Dándole un golpe.) Esto he dicho. (Tumulto. La patota la arremete contra LUIS, quien reparte puñetazos que es un gusto. Los INGLESES, recogidos, empiezan a dar. ¡Hurrahs! El SEÑOR HESPERIDINA se arrincona en cualquier parte. LA TIGRA interviene vio lentamente en defensa de LUIS, hasta que consigue separarlo del grupo y lo obliga a tomar asiento.)
INGLESES. -¡Hurrah! ¡Hurrah!, ¡Hurrah!
LUIS. -(Sentado, arreglando el sombrero.) ¡Cobardes! ¡Cobardes!
LA TIGRA. -¡No tienen vergüenza! ¡Cuadrilleros! ¡Cuatro hombres para una criatura!...
REGENTE. -Se va a cerrar el establecimiento. ¡A la calle!... ¡A la calle o llamo a la policía! ¡Vamos saliendo! (La patota hace mutis, haciéndose pasada algunas burlas a LUIS. A LUIS.) Usted también.
LUIS. -Ya me voy. ¿Cuánto es, Tigra?
LA TIGRA. -No; no te vayas. Espérame y saldrás conmigo.
LUIS. -(Tomándole la mano.) ¿De veras?
LA TIGRA. -De veras.

Telón.

Cuadro Segundo
(Telón corto de calle. Fachada del cafetín y una parte de la calle 25 de Mayo. Un organillo ejecuta «Caballería». Van desfilando los habitués de los cantantes del barrio. Un anciano muy arrebujado, un señor con mucha prisa, dos jóvenes que se detienen en mitad de la calle a llamar a los compañeros retardados, una pareja amartelada; el ejército representado por tres conscriptos que marchan a paso militar, cuatro o cinco chicos muertos de frío entre los que se cruza un diálogo, una camarera molestada con chistes, un joven y los papanatas de costumbre, que ni van ni vienen, pero que aguantan el frío en la acera a la pesca de algún acontecimiento. Terminado el desfile, sale del café el SEÑOR HESPERIDINA. EL LUNFARDO, que debe estar entre los papanatas, hace cola en el acto).

Escena I
Dichos.
DOS JÓVENES. -(Llamando.) ¡Eh! ¡Tío! ¡Tío! ¡Che! ¡Apúrense, que se va el tranvía!
UN CHICO. -(A los otros.) ¡Qué linda, cuando salió casi desnuda!
OTRO. -¡No seas zonzo, desnuda no; es un traje así!
VARIOS. -(A la camarera.) ¡Chist! ¡Chist!
LUNFARDO. -(Al SEÑOR HESPERIDINA.) Dispense, señor, ¿no quiere comprar un anillo de oro, con un brillante? Cosa muy fina.
HESPERIDINA. -No, señor.
LUNFARDO. -Véalo, señor. Es una pichincha. Vale como doscientos pesos, y se lo dejo hasta en quince.
HESPERIDINA. -No; no necesito.
LUNFARDO. -Véalo. Nada le cuesta y puede hacerme un servicio.
HESPERIDINA. -Bueno, lo veré.
LUNFARDO. -Mírelo así con un poco de disimulo, porque, le voy a decir la verdad: es robado.
HESPERIDINA. -¿Cómo?
LUNFARDO. -Por eso se lo doy a ese precio. Si lo llevo a una casa de comercio, pueden sospechar y... Vea: se lo daría en diez pesos. Vale doscientos, cuando menos.
HESPERIDINA. -Bueno. Tome los diez y váyase ligero. (Se aleja a toda prisa.)
LUNFARDO. -¡Diez mangos! ¡No vale ni dos!

Escena II

VIGILANTE. -¿Qué hablabas con ese señor, vos?
LUNFARDO. -Yo... yo... Nada, es que... (Confidencial.) El viejo me llamó pa preguntarme si se había retirado ya una camarera de aquel cafetín.
VIGILANTE. -¡Hum! Está bueno. Seguí no más. Pero andá con mucho ojo en mi parada, sino querés que te retiren el paso.
LUNFARDO. -Pierda cuidado, agente. Lo que es ahora llevo una conducta que ni el ministro de hacienda. (Vase derecha a izquierda. Salen los MARINEROS borrachos del café, y se alejan tomados del brazo, cantando cualquier cosa en inglés. Los papanatas van desapareciendo. Aparece OLIVERA y se detiene a observar el café. A poco salen LA TIGRA y LUIS, se dan el brazo y se encaminan hacia la derecha, pasando por delante de OLIVERA, como si no lo vieran. Éste los deja pasar y luego, de atrás, le toma el brazo a LA TIGRA y la detiene con alguna violencia. LUIS se dispone a agredirlo.)
LA TIGRA. -(Sujetando a LUIS.) Dejame hablarle primero. Luego intervendrás si hace falta.
LUIS. -Es que le voy a dar una lección a ese compadre; dejame.
LA TIGRA. -¡Retirate, te he dicho!...
LUIS. -(Conteniéndose.) ¡Compadre inmundo!
LA TIGRA. -(Aparte a OLIVERA.) ¿Qué se te ofrece?
OLIVERA. -Te dije que salieras sola.
LA TIGRA. -Pues he salido acompañada.
OLIVERA. -Pero te irás conmigo.
LA TIGRA. -Me iré con él.
OLIVERA. -¿Sí? Vamos a verlo.
LUIS. -(Abalanzándose.) Sí que lo vamos a ver.
LA TIGRA. -(Imponente, sujetándolo y alejándolo algunos pasos.) ¡Retírese, mocoso!
LUIS. -(Debatiéndose furioso.) ¡Soltame!... ¡Soltame!... ¡Soltame!...
LA TIGRA. -Vení, cobarde, vení; aquí te lo tengo. Acercate. Hacé la prueba. No le tengas miedo. ¡Atrevete!... ¡Pegale! ¡Tocale un cabello, un cabello siquiera!...
LUIS. -¡Oh, qué vergüenza!
LA TIGRA. -¡Un cabello siquiera!... ¡Ven, ven ven!...
OLIVERA. -Largalo, pues, largalo... No castigo gente indefensa...
LA TIGRA. -¿Por qué, cobarde, no sacas tu daga? Él no tiene armas, ni yo. Atrevete, pues. ¿Por qué no vienes a pegarle una puñalada de las tuyas, ladrón?
LUIS. -¡Por favor! ¡Por favor! ¡Soltame!...
OLIVERA. -Hacele el gusto al muchachito. Te prometo no lastimarlo mucho.
LA TIGRA. -¿Ah, sí? ¡Pues ahí está suelto! (Le suelta. LUIS se abalanza contra OLIVERA. En este instante aparece el VIGILANTE y algunos curiosos, que se interponen.)
Escena III
Dichos, curiosos y VIGILANTE

VIGILANTE. -Obedezcan a la autoridad... ¿Qué es eso?
LA TIGRA. -¡Qué habías de tocarlo, cobarde! (Calmándose.) No ha pasado nada, agente. ¡Con ese tipo nunca pasa nada; es una gallina!...
VIGILANTE. -Vamos a ver, Tigra, sosiéguese. ¿No hay lesiones? ¿Nada grave?... Entonces vayan despejando, porque si no voy a verme obligado a proceder por desorden. ¡A peliar con la almuada, caballeros!...
LA TIGRA. -Vamos, Luis. (Le ofrece el brazo.) Gracias, agente. (Hacen mutis. OLIVERA intenta seguirlos.)
VIGILANTE. -(Deteniéndolo.) ¿Ande va, compañero? Venga por este lao. Déjelos. Si ella le ha faltao, mañana se va a la pieza y se la da, sin intervención de la autoridá.

Mutación.

Cuadro Tercero
(La habitación de LA TIGRA, adornada con cierto buen gusto.)

Escena I
LA TIGRA Y LUIS (la primera guiando a éste desde la puerta)
LA TIGRA. -Cuidado, que hay un escalón. Entrá nomás. (Enciende una lámpara.) Esta es mi casa.
LUIS. -Y la mía, ¿no?
LA TIGRA. -Por ahora la mía.
LUIS. -Muchas gracias.
LA TIGRA. -Siéntate por ahí un momento. Estoy un poco fatigada y voy a cambiarme esta bata. ¿Querrías tomar alguna cosa: un té, por ejemplo? (Se oculta detrás del paravat a cambiarse la ropa.) Sobre la cómoda encontrarás un calentador. Puedes ir a prenderlo, mientras yo me desnudo. ¡Oh! Conste que está prohibido mirar, ¿eh?
LUIS. -Ya haremos uso del permiso. Oye; yo preferiría algo más tonificante.
LA TIGRA. -¿Whisky? También hay. En la misma cómoda. Te lo has ganado con los sustos de esta noche.
LUIS. -¿Sustos?
LA TIGRA. -No, hijo. Te has portado. Pero es preciso confesar: tiene buenos puños el sinvergüenza ése. La vez pasada, casi me disloca un hombro.
LUIS. -¡Qué canalla!
LA TIGRA. -¡Oh! No vayas a creer que él salió muy parado. ¿Te serviste?
LUIS. -Sí.
LA TIGRA. -Pon el agua. Yo voy a tomar té.
LUIS. -¿De modo que ese miserable ha llegado hasta a castigarte
LA TIGRA. -Castigarme, no; nunca. Nos hemos peleado a veces: me pega él, le pego yo... Es nuestra ventaja. Una señora de sociedad no se atreve a alzar la mano a su marido cuando la insulta o la muele a palos.
LUIS. -Se separa, se divorcia.
LA TIGRA. -¡Pues vaya una gracia! ¡Separarse del hombre a quien tal vez se quiera, por un moquete más o menos! Y a todo esto, te advierto que no son muchas las mujeres que proceden como yo. Casadas o no casadas, lo más conveniente es que se dejen zurrar la badana. (Apareciendo.) ¿Pero te has dado cuenta de los asuntos que hemos tratado esta noche?
LUIS. -Y de las cosas que hemos hecho.
LA TIGRA. -Se podría escribir una historia. ¿Y el agua, desatento?
LUIS. -No entendí el aparato ese.
LA TIGRA. -¡Chambón! ¿Y con todos esos conocimientos prácticos, me proponías instalar un hogarcito?
LUIS. -Contaba con los tuyos.
LA TIGRA. -Una criada, ¿verdad?
LUIS. -¡Oh!
LA TIGRA. -No me enojo, tontito. ¿No me dices nada de mi palacio?
LUIS. -Un nido.
LA TIGRA. -De fieras. (Pausa. LA TIGRA prepara el servicio de té. LUIS observa la habitación.)
LUIS. -Dime: ¿De quién es este retrato?
LA TIGRA. -¿Cuál?
LUIS. -Esta niña de uniforme.
LA TIGRA. -¿De colegiala? Mi nena.
LUIS. -(Asombrado.) ¡Tu nena!
LA TIGRA. -(Volviéndose, un poco bruscamente.) Sí, mi nena. ¿Te extraña? ¡Mi hijita!
LUIS. -(Un tanto confundido.) Como no me habías hablado de ella.
LA TIGRA. -¿Cómo que no? Todos los días.
LUIS. -Es cierto. Hablabas de una nena...
LA TIGRA. -La mía.
LUIS. -Pero sin mayores referencias, sin concretar. ¡Qué linda es! ¡Qué ojos!...
LA TIGRA. -(Dulcificándose.) ¿Verdad que sí?
LUIS. -¿Qué edad tiene?
LA TIGRA. -Doce años cumplidos en abril. Tamaña moza. Parece mentira. ¿Quieres que te muestre otros retratos de ella? Tengo una colección en este álbum. Verás. Siéntate aquí, a mi lado. Este primero no vale la pena, porque está muy manchado, pero fijate en esta ricura, es un encanto, ¿verdad? ¡Nos dio un trabajo para retratarla! Tenía once meses y era lo más huraña. Yo tuve que ponerme detrás del fotógrafo enseñándole un espejo. Asimismo, salió con la trompita fruncida haciendo un puchero. (Contemplando embelesada el retrato y luego volviendo la hoja.) Aquí ya era una señorona. Cuatro años. Muy grave. (Otra hoja.) Cuando tenía seis, un carnaval, de Manola: la gracia viva. (Advirtiendo que LUIS se ha quedado pensativo, y ofendida, cierra de un golpe el álbum.) Me había olvidado. Perdóname la lata. (Se alza enojada.) ¡Todos son iguales!
LUIS. -¡No, Tigra, no! Fue la emoción. Me contagió tu ternura, te lo juro. Sentía en ese momento una sensación bien extraña... Ganas de llorar. Continúa, ¿quieres? Cuéntame.
LA TIGRA. -¿Te interesa, de veras? (Reaccionando.) Es cierto, sí sí... He sido grosera. ¡Pero tratándose de ella, me pongo tan celosa!... ¿Quieres que sigamos? (Señalando la cómoda.) Mira: estos dos cajones son de ella. Recuerdos: vestidos, juguetes. Este sonajero es de cuando le salieron los primeros dientes. Y aquí está su última muñeca (mostrándola.) Hermosa, ¿verdad?
LUIS. -¿La última?
LA TIGRA. -Es claro. Ya no juega. Es toda una señorita, que sabe francés e inglés, y sólo se preocupa de sus estudios. Hombre: ahora que recuerdo: Tú eres medio poeta, ¿por qué no me haces unos versos, o un diálogo, o cualquier cosa para que se luzca en los exámenes? Una cosa muy moral, ¿eh? ¡Se pondría tan contenta!...
LUIS. -¿Dónde la tienes?
LA TIGRA. -Con las madres alemanas. Un gran colegio religioso.
LUIS. -¿La ves a menudo?
LA TIGRA. -Todos los domingos.
LUIS. -¿Viene aquí?
LA TIGRA. -¿Estás loco? Nos vemos en casa de esa señora amiga, de quien te he hablado. Una persona muy respetable. Ella la puso en el colegio y es quien me representa. ¿No te fastidias? Bueno, siéntate. (Le alcanza la copa de whisky.) Te contaré la historia. La de ella no, porque no la tiene: la mía. Cuando la chica entraba en edad de comprender, fui a ver a esa señora y le dije: esta criatura no debe saber nada de mi vida. No quiero perderme tampoco de su cariño. Ahí la tiene. Desde entonces, la buena señora la ha tenido bajo su tutela. Yo le aconsejé que la pusiera en ese colegio, y soy, naturalmente, quien costea el pupilaje. A propósito: ahí tienes otra de las cosas que me impidieron abandonar esta vida. Con la costura no sacaría ni para comprarle los libros. (Gesto nervioso de LUIS.) Los primeros tiempos la veía con mucha frecuencia, pero a medida que iba creciendo, mis visitas fueron escaseando. Hoy la veo los domingos.
LUIS. -¿Y en qué carácter?
LA TIGRA. -En el de madre. Para ella soy viuda. Su padre ha muerto.
LUIS. -¿Y ha muerto?
LA TIGRA. -No sé. Puede ser. Vez pasada supe que estaba preso en Montevideo, complicado en un robo. Bueno; para ella soy viuda y desempeño el puesto de ama de llaves en una gran casa, tan atareada que sólo dispongo de una hora semanal para estar con ella.
LUIS. -¿Y por qué no de todo el día?
LA TIGRA. -Porque podría ocurrírsele que la sacara a paseo, que la llevara a los teatros o a cualquier parte, e imagínate, con todas las relaciones que tengo y con lo guaranga que es la gente, las vergüenzas que pasaría la pobrecita. La señora la lleva a Palermo, a la Recoleta, a algún teatro. Es en realidad la madre.
LUIS. -¿En el colegio también se ignora tu situación?
LA TIGRA. -Claro que sí. Si supieran las hermanas quién soy, no la tratarían bien a la pobrecita.
LUIS. -¿Pero no temes en las consecuencias de este sistema?
LA TIGRA. -En cuanto a esto estoy completamente tranquila. Los que saben que tengo una hija, ignoran donde está. Tú mismo, con los antecedentes que te he dado, no darías fácilmente con ella. Después... la gente no es tan mala para hacer un daño así, de gusto.
LUIS. -¡Oh, Tigra! ¡Qué buena eres! Si antes te he querido, ahora te admiro, te adoro. Óyeme. Ven conmigo. Pronto seré mayor y entraré en posesión de mis bienes. Vente. Te necesito como mujer, y te necesito como madre.
LA TIGRA. -¡Oh! ¡Criatura! ¡Criatura!
LUIS. -¡Sí, mi Tigra! Abandona ese medio. Nos iremos a vivir lejos, al campo, a otro país, donde nadie nos conozca, donde nadie te avergüence.
LA TIGRA. - Avergonzarme, ¿de qué?
LUIS. -Donde nadie se avergüence de ti. La llevaremos a ella, a la nena, donde puedas quererla a tus anchas con toda libertad, dándole ese mundo de ternura que llevas ahí dentro.
LA TIGRA. -¡Mi niñito, mi niñito inocente! ¡Mi niñito poeta!
LUIS. -Piensa en ella, piensa también en mí. Educada como está, mañana cuando descubra la verdad, podría hasta... repudiarte.
LA TIGRA. -¡Oh! ¡No, nunca! ¡Cálmate y no te exaltes y razonemos como antes! No insistas en lo que no podrá ser nunca. Soy lo bastante honrada para negarte tan franco servicio y te has metido mucho aquí (el corazón) para que pueda ofrecerte lo que doy al primer desconocido que se me acerca. Déjame con mi vida y con mis costumbres. Mañana no daré más. La suerte dispondrá del resto de mis días, pero estaré tranquila. Ella tendrá ya su carrera y será una institutriz, preparada para la lucha, sabrá hallar su lote de felicidad. Como lo he encontrado yo, como todos lo encuentran.
LUIS. -(Con intensa emoción.) ¿Quieres que te dé un beso?
LA TIGRA. -Sí. Vení. (LUIS se le arroja al cuello, llorando.) ¿Qué? ¿Lloras? (Trasportada, le cubre el rostro de besos.) ¡Mí niño! ¡Mi poeta! (Luego se separa y se oculta para enjugarse las lágrimas. Pausa. Reaccionando.) ¡Vamos, Luis! Es tarde y debo acostarme.
LUIS -¡No, no!
LA TIGRA. -(Obligándolo, maternalmente.) Toma tu sombrero, y mañana hablaremos en el café.
LUIS. -(Como atontado, se encamina a la puerta. Antes de salir se vuelve suplicante.) ¡Esta noche al menos!
LA TIGRA. -No. Está la nena en casa. (LUIS la besa respetuosamente la mano y se va.)
Telón.
Florencio Sánchez

Vallejo - Análisis texto de "Trilce"

Trilce

(Este trabajo fue realizado por la Profesora Paola De Nigris. La mención a este dato se debe a que el profesor Pablo Rodríguez Ferrando, tomando una actitud muy poco ética, ha decidido robar este trabajo, abusando de la confianza de la profesora, y publicando el mismo como propio en su blog, sin permiso de su autora, y aún registrándolo como suyo.)


II
Tiempo Tiempo.
Mediodía estancado entre relentes.
Bomba aburrida del cuartel achica
tiempo tiempo tiempo tiempo.
Era Era.
Gallos cancionan escarbando en vano.
Boca del claro día que conjuga
era era era era.
Mañana Mañana.
El reposo caliente aún de ser.
Piensa el presente guárdame para
mañana mañana mañana mañana
Nombre Nombre.
¿Qué se llama cuanto heriza nos?
Se llama Lomismo que padece
nombre nombre nombre nombrE.

Este segundo poema de Trilce pertenece a la época vanguardista de Vallejo. La vanguardia fue la forma de expresión utilizada a principios de siglo y está muy unido a un cambio de sensibilidad, de forma de ver el mundo que los jóvenes comienzan a manifestar como una necesidad imperiosa de romper con las viejas formas de expresión de la vieja cultura.

Varios factores provocan esta atmósfera de rebelión y protesta. Una de ellas es la Primera Guerra Mundial. Ese clima de revuelta es lo que empieza a hacer que los jóvenes sientan la muerte más cerca (son ellos los que van), y por lo tanto, toman conciencia de que la vida puede durar cinco minutos y frente a eso no se puede estar pasivo. Es justamente este entorno el que le da nombre a la palabra “vanguardia”, que es un término de guerra y se utiliza para designar a aquel grupo que iba delante del pelotón abriendo y reconociendo el estado del campo. Eran los más expuestos, pero también los que guiaban.

El público y la cultura del siglo pasado (XIX) era pasivo, contemplativo y para ellos, aburguesado. El lector no participaba de la obra, sólo recibía pasivamente lo que el autor expresaba. Sería un lector “hembra” al decir de Cortázar. Estos jóvenes pretenden romper con todo, destruir las estructuras, darles una nueva forma donde el lector deba participar si quiere acceder a lo que se está planteando. La obra, ahora es abierta, al decir de Umberto Eco. Quedan en ella una serie de elementos, espacios vacíos, oscuros que el lector debe llenar con su sensibilidad, o con sus conocimientos. Ahora no hay una verdad absoluta a la que acceder. Este es otro de los factores que influyen en las vanguardias.

El relativismo fue la primera piedra tirada por Einstein desde la física, aunque hacía ya mucho tiempo que la literatura lo había planteado con Cervantes. Pero las vanguardias juegan entre lo racional y lo irracional, así que la idea de Einstein golpeó fuertemente, porque era una comprobación científica de algo que ya se percibía. Todo es relativo, no se puede llegar a la Verdad con una sola mirada, sino que necesitamos de las miradas de todos para acercarnos a la verdad, y sólo acercarnos, esta no es asequible. Así que todo empieza a valer, todas las miradas dicen algo, pero ninguna será nunca la acertada.

Otra premisa importante de las vanguardias, necesaria para entender este poema de Vallejo es el psicoanálisis. Este paradigma afirma que el hombre tiene una parte irracional (inconsciente) que maneja nuestra vida. Si creemos que todo lo que hacemos está calculado por nuestro cerebro, el psicoanálisis nos dice que la mayor parte de nuestras acciones no tienen un sentido racional. Si existe tanto de nosotros que no conocemos, habrá vanguardias que busquen llegar a esa parte oscura de nuestro cerebro y revelarlo, como es el caso del surrealismo. Entonces unirán imágenes que en apariencia no tienen una unión lógica.

Para empezar a trabajar un poema vanguardista, y teniendo presente estos preceptos, necesitamos acercarnos al tema del poema desde aquellos aspectos que nos llamen la atención, pero sabiendo que no llegaremos nunca a una verdad. Entre estos aspectos están la reiteraciones excesiva de la palabra “tiempo”, “era”, “mañana” y “nombre”. Incluso esta última reiteración tiene una variación muy interesante “nombrE”. Estas palabras nos hablan de un tiempo que pasa sin terminar nunca de pasar, porque es un tiempo entreverado entre el pasado y el futuro, y es un tiempo que desesperadamente busca la identidad, por eso “nombre”. Una identidad que no se encuentra, y un tiempo que agobia, que oprime al yo lírico. Este podría ser el tema de este poema. El yo lírico se siente preso de ese estado profundo de su inconsciencia en el que no puede descubrirse a sí mismo.

Otra expresión que llama la atención es “heriza” porque es una palabra inventada, al agregársele una “h”. La palabra “eriza” significa ese estado en que nos ponemos rígidos por una cosa, o también es poner obstáculos a las asperezas. ¿Por qué agregar una “h”? Estos son los espacios vacíos que permiten hacer volar al lector. Podemos estar hablando del dolor, condición del “hombre”, que se escribe con “h”, o de la herida que nos provocan esos obstáculos para llegar a nosotros, o tal vez es lo que no suena de eso que nos conmueve.

Así que el tema es ese tiempo que no se define, que está estancado y en el que el hombre sufre, se eriza, se enreda, se paraliza.

Otra de las expresiones extrañas al lenguaje es “Lomismo”, todo junto, y con mayúscula. El yo lírico quiere llamarnos la atención sobre la definición sobre qué lo “heriza”, es lo de siempre, que de tan cotidiano y común para él ha adquirido nombre propio y se ha degenerado en algo que tiene vida independiente de él. Eso tiene nombre, mientras él busca el suyo, sin encontrarlo.
Habiendo visto estas extrañezas, como alguna otra que podemos encontrar en el análisis, estamos listos para empezar a acercarnos al poema, cuyo verso es libre y no tiene rimas, sólo las consonantes que parten de la reiteración de palabras.

Tiempo Tiempo.
Mediodía estancado entre relentes.
Bomba aburrida del cuartel achica
tiempo tiempo tiempo tiempo.

Esta primera parte del poema nos presenta ya dos formas del tiempo, el real y el psicológico. En un principio, podría pensarse que es el “mediodía” una ubicación real del tiempo y que el psicológico es la abstracción que el yo lírico repite como el tic tac de un reloj real que marca un tiempo físico, pero que dentro de uno es desesperante porque no produce nada. El tiempo pasa, pero está “estancado”. En esta antítesis, entre lo interno y lo externo está atrapado el yo lírico. Y queda estancado a la mitad del día, que es como decir en la mitad de la vida. Si la vida de un hombre es la suma de días, este es un “mediodía estancado”, ni siquiera puede pasar el día. Este mediodía quedó quieto “entre relentes” que son manchas de humedad que aparecen en las noches serenas y se muestran en la atmósfera. Así el yo lírico está atrapado noche tras noche (tiempo real) en un mediodía constante, siendo éste un tiempo también psicológico.

El ambiente que el yo lírico presenta es opresivo por su inmovilidad, y un tiempo inmóvil se parece a una muerte interior, con la angustia de ver que el exterior sigue su movimiento.

Es por esta razón que él utiliza la metáfora de “bomba aburrida”, como si ese objeto también tuviera vida fuera de él. Se aburre, como él, y está a punto de explotar, como él. Le achica la vida, lo comprime, las paredes parecen asfixiarlo y el yo lírico utiliza la metáfora cuartel dando la idea de una cárcel, en la que la voluntad de salir no está permitida. Así que este estancamiento ni siquiera lo siente como algo propio, sino como una imposición de algo que no es él. Por más que quiera, no puede salir del estancamiento, y el tiempo sigue pasando, él lo escucha, lo ve, lo siente, y por eso lo repite tanto, para que también nosotros lo sintamos.

Era Era.
Gallos cancionan escarbando en vano.
Boca del claro día que conjuga
era era era era.

Este tiempo inútil pero presente, lleva directamente al pasado “era”, del verbo “ser”, que adquiere la dimensión de existir. El pasado viene a la mente del yo lírico y no puede evitarlo, y es este que se amalgama con el “tiempo”. En la primera parte comenzaba repitiéndolo dos veces y terminaba haciéndolo repetir “cuatro”. Ahora hace lo mismo pero con “era”. Entre medio siguen las imágenes referidas a un día que nunca termina de pasar, y otra vez lo interior y lo exterior se confunden porque en realidad el único tiempo válido es el interior.

Los gallos, mensajeros del amanecer, “escarban en vano”, buscan ese amanecer sin ningún resultado, porque no existe ese amanecer para él, por más que “cancionan”, conjugación verbal inventada por el yo lírico y que llama la atención sobre este cantar. Los gallos parecen estar personificados, otra vez, la vida es independiente del yo lírico. No es el cantar normal del gallo, sino, tal vez, un cantar más desesperado, melodioso y dulce, pero con la intención de despertar a ese día que no quiere salir dentro del yo lírico. Y aún el mismo día claro, opuesto a la noche en la que este yo lírico vive, parece tener boca y conjugar palabras, pero estas remiten al pasado “era”. Un pasado que podemos imaginar oscuro porque de él no se habla, no se sabe nada. ¿Por qué las conjuga? Tal vez para despertarlo, tal vez para estancarlo más.

Mañana Mañana.
El reposo caliente aún de ser.
Piensa el presente guárdame para
mañana mañana mañana mañana

Ahora aparece, con la misma estructura de la reiteración “tiempo” y “era”, el “mañana”, abriendo y cerrando una nueva idea. El tiempo que pasa remite al pasado pero también al futuro, y de ninguno puede asirse el yo lírico porque está estancado, ambos tiempos lo llevan al presente y a sí mismo, a su identidad, que será lo último que se nos revele.

El “ser” del yo lírico, el existir, está caliente, por lo tanto está vivo, pero en reposo. El yo lírico puede reconocerse vivo aún pero la quietud lo va matando. Su cuerpo está en reposo y su mente está estancada.

Y es el presente quien ahora, personificado, piensa “guárdame para/ mañana...”. Parece seguir insistiendo en una solución al problema del estancamiento, tratar de guiarlo a un futuro, para que el tiempo se vuelva constructivo. Pero no hay posibilidades de construir nada sin una identidad, y es por eso que aparece la última parte del poema que explica la inmovilidad del yo lírico.

Nombre Nombre.
¿Qué se llama cuanto heriza nos?
Se llama Lomismo que padece
nombre nombre nombre nombrE.

Es en esta parte en que se encuentra la clave del poema y la mayor cantidad de expresiones inventadas por el autor.

Utilizando la misma estructura de repeticiones anteriores, ahora usa la palabra “nombre”. El nombre es la identidad de la persona, por él nos conocen todos y nos reconocemos. Ese parece ser el nudo de este yo lírico. Eso que él está buscando desesperadamente, y que hace no poder estar inmerso en la vida, sino estancado en sí mismo.

Ahora la sintaxis se hace confusa, porque él está confuso. Todo se vuelve difícil de ver. El hipérbaton (desorden gramatical) de la pregunta nos muestra su estado y por eso más que ordenarlo, deberíamos tratar de entenderlo por partes, respetando su orden. El yo lírico se pregunta “qué”, cuando en realidad debería ser “cómo”, pero él no quiere saber verdaderamente el nombre de lo que le pasa sino qué le pasa, es decir, la esencia de su estancamiento. Pregunta por el nombre de eso que le pasa, porque tal vez así encuentre su propio nombre, y con él, su propia identidad. La palabra “cuanto” nos sugiere la cuantificación de esos obstáculos que lo inmovilizan, pero también la calidad de esto que explican su imposibilidad de salir. Inventa la palabra “heriza” que ya hemos analizado, y que tiene que ver con esa rigidez que ponen al yo lírico, los obstáculos, esas asperezas que lo mantienen quieto. Y el pronombre “nos” al final de la pregunta nos involucra en este sentir. Todos los hombres se sienten a veces, estancados por aquello que nos eriza y por lo tanto nos hiere, palabras que por cierto, suenan parecido (herir, erizar).

La respuesta es “Lomismo”, el tedio, el tiempo, eso que nunca cambia, y que tiene aunque más no sea un nombre, que él aún no ha descubierto para sí. Esto lo hace padecer, lo que nunca cambia, lo nunca pasa, lo que nunca termina de descubrir.

El poema termina con la repetición de la palabra “nombre”, pero el último de estos tiene un cambio gráfico, muy usado en las vanguardias, que mezclaban las palabras con lo gráfico: “nombrE”. Dejando volar la imaginación del lector podríamos pensar que el yo lírico termina gritándolo de desesperación, tratando que este desgarro por conocer su identidad quede en el aire y se escuche desde lejos. Pero tal vez, sea como el eco, vuelva a él vacío, repitiéndole lo que dice, pero sin sustancia.
Trabajo realizado por Paola De Nigris

Vallejo - texto y análisis - Masa

Masa

(Este trabajo fue realizado por la Profesora Paola De Nigris. La mención a este dato se debe a que el profesor Pablo Rodríguez Ferrando, tomando una actitud muy poco ética, ha decidido robar este trabajo, abusando de la confianza de la profesora, y publicando el mismo como propio en su blog, sin permiso de su autora, y aún registrándolo como suyo.)


Al fin de la batalla,
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: 'No mueras, ¡te amo tanto!'
Pero el cadáver ¡ay! Siguió muriendo.

Se le acercaron dos y repitiéronle:
'¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!'
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo

Le rodearon millones de individuos,
Con un ruego común: '¡Quédate hermano!'
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Entonces, todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
incorpórose lentamente,

abrazó al primer hombre, echóse a andar...

El título del poema nos habla de “un gran conjunto de gente que por su número puede influir en la marcha de los acontecimientos” según el diccionario de la Real Academia Española, y también según la concepción marxista.

Este poema está incluido en una serie que se publicó bajo el título de “España... aparta de mí este cáliz”. Estos poemas fueron escritos cuando el poeta, adhiriéndose a la filosofía marxista, decide trasladarse a España para colaborar con la Guerra Civil Española, como lo hicieron muchos de sus colegas latinoamericanos. Allí Vallejo, se encuentra con una nueva forma de pensar que le permite subsanar las dudas cristianas de sus primeros versos. Él encuentra en el marxismo, una nueva “religión”, una nueva forma de creer en la justicia. Sin dejar totalmente su discurso cristiano, trata de conciliarlo con esta filosofía, y de esa manera encuentra un nuevo Cristo: el Hombre. Pero no uno, sino Todos. Será así un precursor de la Teoría de la Liberación, una de las formas que toma el cristianismo en América, y que fue muy combatida por la Iglesia Católica, hasta que terminó aceptándola, aunque siempre relegándola.

Masa es el sustituto de Cristo. Si éste es uno sólo, ahora hablamos de todos que se transforman en uno solo: el Hombre. Sólo con la unión de todos los hombres es posible lo imposible: la resurrección, que un cadáver vuelva a la vida. Ese es el tema de este poema formado por cuatro estrofas donde la primera es una presentación de las situación, las otras dos son los diferentes ruegos y la última es la conclusión.

Utiliza un verso libre, y una vez más, juega con rimas consonantes y asonantes que llenan el poema de significados. La única rima consonante que hay es “muriendo” que se repite tres veces y que es una constatación de una verdad irreparable en apariencia. Mientras que las rimas asonantes nos revelan el sentir del hombre: tanto/hermano/emocionado. Las tres palabras desparramadas en todo el poema son la rueda capaz de mover lo imposible.

Al fin de la batalla,
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: 'No mueras, ¡te amo tanto!'
Pero el cadáver ¡ay! Siguió muriendo.

El poema comienza con una ubicación espacial: la batalla. ¿Qué batalla? No importa, puede ser cualquiera, puede ser real, puede ser metafórica. Pueden ser las batallas externas, pueden ser las batallas internas. Pero ésta ya ha terminado y sólo hay una consecuencia: el combatiente ya está muerto. La batalla implica una lucha entre dos fuerzas, donde uno pierde o gana, y aquí conocemos que nuestro “héroe” es el perdedor. Si entendemos que héroe es aquel que conlleva todas las virtudes de una comunidad, en este caso, éste está vencido, ha peleado en el combate, ha dado la batalla como cualquier hombre, pero como tal, también es vulnerable. Lo que lo hace heroico es haber combatido. En eso radica la vida, no en perder o ganar, sino en combatir, en dar la batalla.

Existe en la expresión “muerto el combatiente” un oxímoron (unión de palabras contrarias que no pueden separarse porque cambiaría el sentido). Este oxímoron hace que comprendamos cómo lo imposible es posible.

Y este “dar batalla” conmueve, “mueve-con”, provoca, no es posible quedarse inmóvil, no actuar, no intentarlo, es por eso que un hombre se acerca a exhortarlo. Uno cualquiera, del que no conocemos su nombre, un igual a él, capaz de conocer la valentía de la lucha. No hay nombres en este poema, no hay destaques individuales, porque no importan, sólo es un combatiente que ahora es un cadáver y un hombre vivo, que se conmueve, y que dispondrá a todos los hombres a que también reconozcan al combatiente.

Este hombre conmovido ante la muerte de un luchador expresa su pedido y su amor, con todas sus fuerzas, humanas, limitadas, pero apasionadas. Por eso utiliza los signos de exclamación “¡Te amo tanto!”. Estamos hablando del amor a la humanidad, el reconocimiento a la lucha humana, a la batalla que tanto se sufre, al amor cristiano por el prójimo. En este ruego podría verse un reproche velado, como si el que muere lo hiciera por su propia voluntad, porque se le acabaron las fuerzas, porque se deja morir, porque se entrega. Esto es lo que desespera al otro hombre, pero no por su reproche, pierde su condición de combatiente, y toda su admiración.

La estrofa termina con un leit motiv (motivo que se repite, o un estribillo) “pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo”. Su ruego es en vano, no cambia su condición de cadáver, lo único que cambia es el gerundio (“muriendo”), ya no es “muerto”. El gerundio permite hacer que el pasado llegue hasta el presente, así se despierta la esperanza, y aunque el cadáver siga muriendo (reiteración del oxímoron, porque si es un cadáver ya está muerto) nunca se pierde la posibilidad de revertir la situación.

Este “¡ay!” que corta el verso en dos, no es claro quién lo expresa, si el cadáver, si el hombre que ruega, o el mismo yo lírico. Tal vez, los tres porque de esa manera, el yo lírico también se une al sufrimiento de esos hombres. Recordemos que necesitamos a Todos los hombres conmovidos, así que también al yo lírico.

Se le acercaron dos y repitiéronle:
'¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!'
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo

En la estrofa tenemos un cambio: son tres versos, pero ya no es un hombre el que reclama por esa vida, sino dos, y el yo lírico aclara “repiten”. Aunque no dicen lo mismo, de todas formas repiten el desesperado ruego. Ahora se involucran en éste: “no nos dejes”. Una vez más parecería que la posibilidad de volver a la vida fuera voluntaria. Pero ahora apelan a una característica del combatiente, viendo si, tal vez, eso lo mueve otra vez a la lucha “¡valor!” .

El nexo adversativo “pero” muestra la inutilidad del pedido. Aún no se puede contra la muerte, contra la caída del que luchaba, aún no hay fuerzas que puedan contra la entrega: sigue muriendo. Pero también aún queda la esperanza.

El ruego de estos dos hombres se hace entrecortado por una serie de cesuras que muestran la desesperación de estos, ellos alientan con pasión, con sentencias cortas, con llamados encendidos. La vida tiene que poder contra la muerte, ese es el mensaje para quien ha vivido combatiendo. Y a eso apelan.

Le rodearon millones de individuos,
Con un ruego común: '¡Quédate hermano!'
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

La masa se va formando, ahora no son uno, ni dos, son millones. Ya no se acercan, ahora lo rodean, lo contienen, lo alientan. Ahora ya no son hombres, ahora son individuos. Esto es interesante porque si bien se va formando la masa, ninguno pierde su individualidad, aunque tengan un “ruego común”. Es la voluntad, el amor, el deseo de millones, sin dejar de ser individuos. La suma de cada uno no deja de ser cada uno. Lo que los une es la solidaridad y el amor. Estamos cerca del ideal, del “todos” unidos. Vamos acercándonos, también, al ideal cristiano, todos juntos con una idea en común: “quédate hermano”. La palabra hermano tiene esa connotación cristiana, todos venimos del mismo lugar, todos tenemos el mismo padre, y todos somos combatientes de esta vida, y la lucha de cada uno y de todos, es fundamental. Esta idea de unidad es la que predica el Evangelio, llamándose entre ellos “hermanos”.

Otra vez el estribillo muestra que aún no es posible lo imposible. Aún no existe la fuerza que devuelva al combatiente su “deseo” de volver a la vida, que es sinónimo de la lucha.

Entonces, todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
incorpórose lentamente,
abrazó al primer hombre, echóse a andar...

La última estrofa vuelve a los cuatro versos, y ahora no son millones, son todos los hombres: se ha formado la masa que tiene el poder de cambiar el rumbo de los acontecimientos. Son “todos los hombres de la tierra”, y es el adverbio “entonces” lo que nos pauta que ahora sí habrá un cambio. Ellos lo rodean, como lo hicieron los millones, pero hay algo diferente: no hablan. Ya no hay palabras. Ya no son necesarias. No son las palabras que reviven al muerto, sino la acción de rodearlo todos los hombres del mundo. Esto que parece oponerse al discurso cristiano, en realidad se complementa, porque la fe entra por la palabra, pero si no tiene acciones, es fe muerta, según el paradigma cristiano. Acá es lo mismo, las palabras sobran, las acciones conmueven. Ahora el cadáver tiene sentimientos, está triste y emocionado. Triste por su derrota, emocionado por el amor que todos están prodigando. Esta es la única posible salvación. El amor común. Esto mueve al cadáver, esto mueve a lo que no es posible ser movido de ninguna manera. Esta unión permite derogar “la ley severa” al decir de Quevedo. El cadáver vuelve a su condición de combatiente y lentamente, vuelve a la lucha abrazándose al primer hombre. A aquel movido a compasión, aquel que le mostró su primer amor, que le recordó quién era. El poema termina con una acción que responde a la acción de todos “echóse a andar”. Vuelve así a la vida, a la lucha, y lo que parecía imposible se realiza.
Trabajo realizado por Paola De Nigris

Análisis Casa Tomada - Cortázar

Análisis de Casa Tomada – Cortázar

(Este trabajo fue realizado por la Profesora Paola De Nigris. La mención a este dato se debe a que el profesor Pablo Rodríguez Ferrando, tomando una actitud muy poco ética, ha decidido robar este trabajo, abusando de la confianza de la profesora, y publicando el mismo como propio en su blog, sin permiso de su autora, y aún registrándolo como suyo.)


Este texto se inscribe dentro de la tradición de la literatura fantástica, que ha acaparado gran parte de la literatura del siglo XIX europea, pero que no se restringe a esa época. La literatura fantástica existió en todas las épocas desde el comienzo de la literatura. Sin embargo a partir del Siglo XIX se transforma en lo que conocemos hoy, y se va perfeccionando hasta que llega a mediados del siglo XX y abre las puertas para la Ciencia Ficción.

En la literatura fantástica se presenta una situación cotidiana, común, las circunstancias que rodean al personaje parecen no tener ninguna diferencia a las que rodean nuestra vida. Pero eso es sólo un apariencia, porque en realidad en esas circunstancias siempre podemos percibir algo extraño, algo diferente que no podemos precisar hasta que no aparece lo fantástico. Esto coloca al lector, muchas veces, en una atmósfera onírica o de extrañamiento. Una vez que el lector entra en ese clima y acepta las reglas de juego que propone el narrador sucede lo fantástico, un hecho inexplicable, sobrenatural que amenaza al personaje y que nunca tiene una explicación racional que tranquilice ni al personaje, ni al lector. De esta manera lo fantástico es aceptado naturalmente como parte de la historia sin ser cuestionado, por más sobrenatural que sea. Todo queda dentro de las reglas de la verosimilitud, aunque sepamos que eso no nos pasará a nosotros, se presenta al lector como algo posible.

La diferencia entre la literatura fantástica y la Ciencia Ficción es que en la primera sólo se presenta un hecho amenazante, en la segunda se nos introduce desde el principio en un mundo con reglas diferentes, generalmente ambientado en el futuro, donde todo es extraño a nuestra cotidianeidad, pero que aceptamos como posible en otro tiempo. El elemento tecnológico o científico da un marco de racionalidad y seguridad, y ese mundo no amenaza al personaje, él se mueve perfectamente en él y conoce sus reglas, somos los lectores quienes las descubrimos. Allí, entonces, los personajes viven experiencias que pueden sernos familiares o no, pero nadie está amenazado (ni lector, ni personaje) por ese mundo, como sí sucede con lo fantástico. Otro elemento que diferencia ambas literaturas en el elemento científico, que se da en la Ciencia Ficción. Ese elemento puede amenazar pero está explicado por el avance de la ciencia. En la literatura fantástica, el elemento amenazador es sobrenatural, no tiene una explicación científica, aunque sus personajes procuren buscarla. Esto es lo que lo hace más difícil de manejar para el hombre, porque al no existir un respuesta que explique lo sucedido, no existe tampoco forma de combatirlo.

En el caso de Casa Tomada tenemos un elemento fantástico, pero parecería que los personajes saben de qué se trata, y sino lo saben, tampoco intentan explicarlo, sólo lo aceptan y se adecuan a ello. Eso resulta muy extraño a primera vista, pero una vez que se empieza a analizar las circunstancias de los personajes podemos aventurar por qué no averiguan.

El texto está dividido formalmente en seis partes. Cada parte se concentra en un momento de la historia:

1) Presentación de personajes
2) Presentación de la casa
3) Toman la casa
4) Adecuación a la nueva situación: ventajas y desventajas
5) Lo íntimo: los sueños y el silencio
6) Toman definitivamente la casa.

Las dos primeras partes corresponden a la introducción. Desde la tercera parte hasta la quinta corresponden al nudo, y la sexta parte corresponde al desenlace del cuento.

Si bien la forma de narrar en primera persona hace a veces difícil encontrar esta estructura, uno la puede ver claramente al deducir lo fundamental asociado a los hechos que ocurren.

Este es un narrador personaje, por lo tanto es interno, forma parte de los hechos que narra. Esto nos lleva a diferenciar narrador de personaje a la hora de tratar de deducir cuánto sabe de los hechos narrados. Si afirmamos que el personaje sabe lo que está pasando, pero no lo dice, podríamos deducir que el narrador (que es la figura que nos da a conocer la historia) aunque sea el personaje, nos llega a nosotros como infrasciente. El narrador infrasciente es aquel que sabe menos que los personajes. Él como personaje sabe lo que pasa, pero como narrador no lo dice. Y aún cuando no supiera qué está pasando sería infrasciente, porque hay una cantidad de cosas que no dice de su relación con Irene, tal vez porque no se anima ni siquiera a decírselas a sí mismo, pero que nosotros podemos deducir. Otra vez aparece en Cortázar la idea de obra abierta. Es el lector quien debe terminar de cerrar la historia con su elaboración racional.

1) Presentación de personajes

El texto comienza con la mención de casa y asegurando que les gustaba la misma. En ella se sentían cómodos. Dos características se dice de ella “espaciosa y antigua”. En ella sólo viven dos personajes humanos, lo que nos mostrará que la casa es muy grande para ellos, pueden tener independencia, sin embargo eligen estar siempre juntos, trabajando en unidad, mantienen sus gustos pero ambos están con el otro, unidos por esa casa. El término antigua también nos da la pauta que estos personajes están unidos a la casa por cuestiones afectivas: es la casa de sus bisabuelos, su abuelo paterno y sus padres, además de toda su infancia. La casa es el marco para mostrar cómo estos dos personajes se han quedado en el pasado, no han logrado avanzar y construir una vida fuera de esa casa. Las excusas son muchas, pero lo cierto es que estos personajes son guardianes de una casa que representa el pasado. Viven en una especie de tumba de los recuerdos y ellos se empecinan en mantenerla limpia y cuidada, esa es su tarea.

La casa aparece en primer término porque es un personaje vivo, es la protagonista de la historia, esto es un elemento de los que podríamos ver como cotidianos pero que resulta extraño, y termina de explicarse cuando aparece el elemento fantástico. Los personajes humanos son dos, pero la casa va adquirir tal protagonismo y va cobrar una vida independiente a los personajes humanos, por lo tanto se transformará en un personaje humanizado.

Una de las excusas que se ponen los protagonistas es que las casas antiguas ya casi no existen, y es un privilegio poder mantenerla. Hoy en día, asegura el narrador, las casas antiguas mueren para ser vendidos sus materiales. Esa es la mirada que él tiene, pero podría pensarse que se venden como una forma de comenzar una nueva etapa, algo que ellos ni siquiera se plantean. Estos personajes se caracterizan por la pasividad absoluta, no tienen curiosidad, no tienen inquietudes, más allá de los hobbies que son más bien pasatiempos, no tienen ambiciones, ni sueños, casi podríamos decir que están tan muertos como sus ancestros, aún cuando sigan moviéndose. Son guardianes de un museo que a nadie le interesa, sólo a ellos, y del que no se pueden desprender porque son parte de él.

La de ellos es una vida ordenada, organizada y rutinaria. Otro elemento que nos remite a la muerte. Cuando el tiempo pasa siempre igual, cuando nada diferente nos recuerda que hay un nuevo día, nada nos marca que estamos creciendo, avanzando, entonces ¿qué nos diferencia de la muerte, donde nada diferente puede pasar?

Ellos se habituaron a vivir solos, y el narrador reconoce que es una locura ya que ocho personas podrían vivir allí sin molestarse. Esto también es un anticipo de lo que va a suceder, ya que ellos viven con otras personas sin saberlo, o por lo menos con una fuerza que hace murmullos cuando toman la casa.

Todo lo que hacen es preciso, tiene su hora marcada y lo que les da satisfacción es almorzar “pensando que la casa profunda y silenciosa”. Sus pensamientos giran entorno al cuidado de la misma, su vida está unida a la tarea de mantenerla limpia. Estas nuevas características de la casa también serán claves para lo fantástico. La casa es profunda, encierra mucho más que lo aparente, viene de las profundidades que nos da el recuerdo, el pasado. Y es silenciosa, otra característica que se transformará cuando tomen la casa. Ellos son silenciosos y la casa va a empezar a hablar, aunque ellos no puedan percibir exactamente lo que dice. Eso es porque no quieren saber. La clave de no querer saber está en ese reconocimiento que hace el narrador personaje cuando dice: “entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por los bisabuelos en nuestra casa”. Irene ha rechazado varios pretendientes sin motivo aparente, y a él se le murió la chica antes de que llegaran a comprometerse. Han quedado estancados allí, ni ella tuvo más pretendientes ni él se ha vuelto a comprometer. El personaje narrador piensa que tal vez la culpa de esta situación es de la casa, quienes los mantiene unidos en la tarea de preservarla, como si en realidad ellos se hubieran casado con la casa. Pero en realidad la casa sirve como un cómplice que resguarda ese “matrimonio de hermanos”. Un matrimonio también silencioso como la casa, ese silencio es lo que impera, lo que los caracteriza. El personaje habla todo el tiempo de lo que hacen, pero no habla de lo que sienten. Ellos parecen estar casados sin saberlo, sin decirlo, y sin concretarlo carnalmente, pero el incesto es lo que se esconde tras ese silencio. Un incesto silencioso y platónico, contemplativo, unido por la fuerza de la vida en común, cotidiana y rutinaria que les impone la casa. La casa es la excusa para estar juntos. Con esta vida ellos cierran “la genealogía asentada por los bisabuelos”, con ellos se termina la vida de esa familia, ellos son los últimos descendientes. Por eso es que están más atados a la muerte que a la vida.

Las perspectivas de futuro que imagina el personaje dejan claro que su vida termina con la casa: “nos moriríamos allí algún día”. Luego de su muerte, el narrador supone la muerte también de la casa: “vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse”. Ellos están tan unida a ella que nada se puede suponer más que la muerte, incluso hasta una especie de suicidio, dado que piensan en destruirla ellos antes de que ello pasara. Por lo tanto, todo el cuidado de la casa no tiene más que el fin de la destrucción y la muerte, así que todo el deseo de preservación es inútil aún en ese momento. No existe un futuro, ni un proyecto para dedicarle tanto tiempo a la casa. Estos personajes sólo viven en el absoluto y vacío presente.
La actividad principal de Irene era tejido, pero a diferencia del mito de Penélope, ella no tejía y destejía esperando a su marido. Ella no espera nada. Sin embargo, la forma en que la mira el personaje narrador es de absoluta admiración. La diferencia del resto de las mujeres. Irene para él teje cosas útiles para la vida cotidiana. Incluso él se involucra en su tarea, no sólo siendo el destinatario de alguna de las prendas, y observando con cuidado su labor, sino también porque es quien le compra la lana en el centro. Él es el único que sale de la casa, y ella jamás rechaza el color de la lana que él le trae, aún cuando no le diga que color quiere. Ella no parece tener ni siquiera esa pretensión. Son dos personajes viejos (aún cuando son jóvenes aún) amalgamados como un viejo matrimonio que no discute porque saben cuales son los gustos del otro.

Los gustos de él, la literatura, están estancados también. Nada que le interese llega a la Argentina desde hace mucho tiempo. Así que su único placer es la casa y lo que esa casa encierra: Irene y su matrimonio encubierto con ella. Ella para él es perfecta, y lo expresa cuando dice:
“Irene es una chica nacida para no molestar a nadie”.

“Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia”. El narrador se relega a un segundo plano, sin embargo es por él que sabemos realmente lo que está pasando entre ellos. Para él la casa e Irene son lo más amado, y aunque él no comprende por qué teje tanto, ni la pasión de esa actividad, él la admira sin preguntar. Irene hace pañoletas que guarda en un cajón y él no pregunta para qué las quiere. Afirma que no hace cosas inútiles, pero acá vemos que él no comprende su utilidad, sin embargo respeta su intimidad y no pregunta. Esta falta de curiosidad es característica en ellos. Sabe que un libro se puede releer y encontrar cosas nuevas, pero no llega a comprender la tarea de Irene. La respeta y la literaturiza “a mí me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados”, la ve con la admiración contemplativa del poeta que se fascina en los detalles más banales.

Son una familia acomodada. No necesitan nada para vivir. Viven de rentas y esa inactividad también hace a la falta de sorpresas, al aburrimiento de quien sólo vive cada día esperando, como única sorpresa, la muerte.

Descripción de la casa

La descripción de la casa es prácticamente gráfica. Podríamos aventurar que sería algo así:


















Luego de la descripción minuciosa de la casa, el narrador asegura que ellos sólo viven en la parte delantera de la misma, otra muestra de su falta de motivaciones, de su comodidad y pasividad. Ellos no se aventuran más allá, aún cuando saben que la casa es grande y en ella podrían hacer muchas más cosas que limpiarla. Pero su tarea, su obsesión es la limpieza, y es interesante la mención que hace al polvo que se junta en la casa. El polvo es una referencia a la muerte, no sólo a la suciedad. Polvo somos y al polvo volveremos, fue la condena de Dios en la Biblia. Si el polvo se junta en la casa casi empecinadamente, de alguna manera la muerte también los rodea, aunque su tarea sea sacarlo de allí: “Hay demasiada tierra en el aire” dice el narrador, y eso se transforma en una especie de reconocimiento de su condición, y esta tierra es porfiada, porque nunca termina de irse, sino que se deposita en otro lado. Siempre está, lo cubre todo, aparece como testigo de la dejadez de estos hermanos.

La toma de la casa

La casa es tomada en circunstancias cotidianas. Ellos ni lo imaginan. Están en su rutina diaria, cuando el hecho los sorprende. No saben lo que es. Tampoco se lo preguntan. Dice el narrador: “escuché algo en el comedor o la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación”. No puede precisar el sonido, pero en el fondo de la casa hay vida, como si hubiera una conversación pero ahogada. No puede ser clara. No puede escucharse, porque ellos tampoco quieren saber. Algo se agita, las sillas parecen que cayeran. Esa vida del interior de la casa podría verse como el reflejo de lo que ellos callan. Tal vez podríamos pensar que es la fuerza de sus antepasados que se están diciendo lo que ellos no quieren ver. Tienen más vida los muertos que ellos mismo que están vivos. Esa fuerza protesta, está allí, marca una presencia que asusta. El personaje narrador se apoya sobre la puerta y la cierra con llave y con cerrojo, para asegurarse que la fuerza no se acercará más, no pasará para este lado de la casa.

Lo extraño viene con la actitud del personaje. No intenta averiguar. No se muestra sorprendido, es como si esta situación se estuviera esperando, aunque no en ese momento. Sigue con su rutina, como si nada hubiere pasado. Va a la cocina, tarea que iba a hacer antes del descubrimiento de que habían tomado la casa, y calienta el agua, como pensaba hacer, sin que este hecho modifique en lo más mínimo su plan de acción. Y con esa misma tranquilidad, casi diríamos negación, comunica a su hermana que han tomado la casa.

Es en la reacción de ella que vemos la gravedad del suceso: ella deja caer el tejido. La idea la conmociona. Lo mira con “sus graves ojos cansados”. Reconoce la gravedad de la situación pero tampoco pregunta, tampoco quiere saber. Ambos saben que están en falta, ambos saben que viven como un matrimonio y eso no está permitido, pero ninguno lo dice abiertamente jamás. La casa, refugio del incesto, parece empezar a rebelarse ante tanto silencio.

Luego de asegurarse que la casa ha sido tomada, la actitud de la hermana es igual a la de él: continúa con su tarea, recoge el tejido y sentencia pasivamente “tendremos que vivir en este lado”. Ellos han vivido adecuándose a la casa, y a los requerimientos de ésta, ¿por qué no lo habrían de hacer ahora?

Sin curiosidad el hombre está muerto. El querer saber es el motor de nuestras vidas, en este caso, es justamente lo contrario. El querer saber resulta peligroso, porque implica abrir la puerta a algo prohibido y a una revisión de sus vidas y sus actos que no están dispuestos a hacer: enfrentarse a sí mismos y a los otros, incluso a su decisión de que la genealogía de su familia terminara en esa decisión de no casarse jamás y construir una nueva vida. Esto resulta insoportable para estos hermanos que se encuentran cómodos en esta pasividad.

A Irene le afecta más la situación que a él, ya que le cuesta reanudar su trabajo. Éste niega, le quita importancia a lo sucedido, tanto es así que lo trasmite al lector cuando en vez de preocuparse por la situación que ha empezado a invadirlos, piensa en un detalle tan nimio como lo es el chaleco gris que está tejiendo Irene.

Esta segunda parte del análisis incluye, en primera instancia, la adecuación de estos hermanos a la nueva situación. Han tomado la casa, no sabemos quién, y los hermanos pasivamente aceptan el hecho, aún cuando han perdido y han ganado con esta nueva situación. Sin embargo nunca se prestan ha hacer una revisión profunda de su nueva condición. Para ellos sólo se trata de un cambio en la rutina.

En segunda instancia, el narrador plantea cómo son las noches en esta nueva situación, y el silencio en contraposición con el ruido de la casa.

En última instancia, tenemos el desenlace, en el que el pierden definitivamente la casa.

Nueva situación

Al principio el narrador dice que les resultaba penoso encontrar que había muchas cosas que habían perdido. Esto significa que parte de sus vidas estaba del otro lado de la casa, pero ellos no se habían dado cuenta que era así. Recordemos que el narrador había dicho que ellos vivían en la primera parte de la casa, y que sólo iban al fondo a limpiar. El tema es que siempre hay parte de nosotros esparcido por muchos lados que ni siquiera nosotros sabemos. En estos pequeños descubrimientos, ellos también se descubren a sí mismo. Descubren que existían cosas que les interesaba pero que no sabían que así era, porque siempre estaban al alcance de sus manos.

Sin embargo ninguna de esas son lo suficientemente queridas como para sobrepasar el límite de retomar la casa y averiguar qué es lo que estaban escuchando. Esto parece mostrarnos que los personajes creen que quienes tomaron la casa tienen derecho a hacerlo, tal vez porque es suya. De allí podríamos aventurar que son la fuerza de los muertos quienes han decidido cobrar vida en esa parte de la casa. Vienen a echarlos, tal vez a precipitarlos a la vida que ellos se niegan a vivir. Todo se invierte: los vivos están muertos y los muertos, vivos.

Las cosas que extrañan son cosas pequeñas, excepto porque el narrador pierde sus libros de Literatura francesa, que es su único entretenimiento, aparte de observar a Irene tejer. Ahora estará más concentrado en esto último, y en un álbum de filatelia, que ya analizaremos. Recordemos que el personaje narrador, enamorado de la literatura francesa, había asegurado que nada nuevo llegaba a Buenos Aires desde hacía muchísimo tiempo. Así que es de suponer que ya ha leído esos libros. Son parte de la muerte, ahora y antes. Releerlos no es otra cosa de la que ya hacen: alimentarse del pasado y los muertos, no aceptando la posibilidad de un cambio que abra paso a lo nuevo.

Las ventajas que obtienen siempre están en relación a la casa y su limpieza. Ahora pueden levantarse más tarde y terminar antes. Inmediatamente los hermanos encuentran la solución perfecta para su comodidad. Ellos son maestros en adecuarse a la comodidad, y aún, en la situación incómoda en la que se encuentran. Ahora pueden cocinar una sola vez al día, y no tienen que levantarse a cocinar en la noche. Toda la “actividad social” de ellos se traslada al cuarto de Irene. En éste comen y están cuando cae la noche como una algo habitual pero sin advertir el peligro que puede traer para estos personajes que no quieren revisar qué significa eso.

Otra cosa interesante es que cocinan “platos para comer fríos de noche”. Teniendo presente que este es un “matrimonio de hermanos” que nunca concretan una actividad sexual, esta idea de platos fríos cobra un nuevo significado. A parte de la practicidad que eso puede implicar, el texto en su contexto habilita a pensar también en la necesidad de frialdad que deben tener a esa hora donde todo se puede confundir y salir a la luz.

El narrador se encuentra perdido por la falta de sus libros, pero enseguida encuentra un nuevo entretenimiento: la colección de estampillas del padre. La filatelia es un entretenimiento de viejos, y al ser del padre implica que también es de los muertos. Los muertos se quedan con cosas de la vida de ellos, y ellos tenían de su lado cosas de sus ancestros. Ellos también convivían con ellos pero no tenían presente cuán presente estaban. No cambian, se mantienen en la misma línea como si se resistieran a vivir sus propias vidas.

Comparten sin compartir realmente. Lo hacen desde la muerte de la pasividad. Los diálogos son para incluir al otro en su actividad pero no significa que realmente estén unidos entre ellos. Sin esos diálogos irrelevantes, la situación se tornaría en la absoluta soledad y silencio que tal vez los uniera mucho más que esos diálogos superficiales y cordiales.

“Estábamos bien y poco a poco empezamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar”. Esta es otra de las revelaciones del narrador que muestran la base de esta relación: no pensar. Pensar resulta siempre peligroso, uno puede descubrir cosas que le molestan, pero también las puede cambiar. Ellos se niegan a eso, y quien no piensa, no sufre, pero tampoco vive. Sin embargo a pesar de esa porfiada idea de estar bien sin pensar, en la siguiente parte veremos sus pensamientos.

El silencio

Es realmente en esta parte que podemos inferir lo que el silencio conlleva. De esto no hablan ellos. Suponemos que Irene no sabe lo que el narrador personaje piensa, así como nunca sabremos qué piensa Irene que es como una especie de fiel ayudante silenciosa, casi como su otro yo femenino.

Esta parte del cuento está encerrada entre paréntesis lo que nos hace suponer la idea de secreto. Lo que se pone en paréntesis, según la gramática, es aquello que sirve para aclarar pero que se puede quitar de la oración sin que esta cambie sustancialmente. Sin embargo en este caso, esta parte no puede ser obviada porque aclara, y es sustancial a la historia. Por otra parte, la curva de entonación, cuando aparece el paréntesis, baja, es decir lo que está entre paréntesis se dice más bajo que el resto de la oración. De esta manera podemos inferir que toda esta parte se dice más bajo que el resto. De allí podemos pensar que el narrador nos revela parte de su intimidad cotidiana, por eso podemos decir “el silencio”, porque aquí está parte de lo que el silencio encierra.

Si ellos podían vivir sin pensar, ahora veremos que en realidad eso les resulta imposible, por lo menos al narrador, hombre eminentemente intelectual, cuya idea de “no pensar” sería matar su condición.

Ambos hermanos escuchan los sueños del otro. En la noche, el silencio de la casa los une, a pesar de que hay un living de por medio, ambos están pendientes del otro en su cuarto. Sienten sus sueños, saben lo que dicen, cuando el sueño es una pesadilla y se cae el cobertor, cuando tosen, encienden la luz, hasta la respiración se sienten (situación muy sugestiva), en fin, todo lo que pasa en el cuarto del otro. Es como si estuvieran en el mismo cuarto, pero no lo están, y eso les provoca insomnio, se desvelan. Esta inquietud a la hora de dormir es reveladora de todo lo que está pasando entre ellos internamente. Eso que ellos no quieren decir, aparece en la noche y en su actitud.
La voz de Irene es “de estatua o papagayo” y con esa metáfora el narrador sugiere que lo que sale de ella es parte de su inconsciente, nada que ella pueda controlar. El narrador no nos dice qué dice entre sueños, pero seguramente es lo que la tiene intranquila. Así vemos que la toma de la casa viene a revelar lo que ellos no quieren ver, y esto ha empezado a invadirlos también a ellos. Ya no duermen tranquilos, ya empiezan a verse sin quererlo.

El silencio lo invade todo, no sólo de noche sino también de día. Ya no aparecen casi diálogos, los personajes se limitan a callar para no decir. El único ruido que se presenta en el día es el de la cotidianeidad, el de los objetos, el que nace inevitablemente de la tarea que se realiza. Solamente hablan en los lugares en que se pueden escuchar las voces de la casa tomada. Allí hablan en voz alta para no escuchar. No importa de lo que hablan, sino que el fin es no escuchar. Incluso, reveladoramente, se dice que Irene “cantaba canciones de cuna”. Recordemos que esto viene de una mujer que ha rechazado dos pretendientes sin motivo, por lo tanto podremos suponer que habiendo llegado a los cuarenta años, éste es un tema de frustración. Algo de lo que pasa en la parte tomada los afecta, y el recurrir a lo infantil, lo primitivo en sus vidas, puede marcar esta frustración de no haber hecho su vida, de su deseo reprimido. Por otra parte, canta aquello que seguramente aprendió de sus ancestros, como si eso le trajera paz a todos, con el único fin de no pensar.

Cuando vuelven a su espacio a habitual, parecería que el silencio se hace mayor “la casa se ponía callada”. Se percibe aquí como la personificación usada por el narrador refleja la vida que esta casa ha adquirido para ellos. Esta es una persona independiente que ya no pueden manejar. Tanto así, que el silencio entre ellos se ahonda, “pisábamos muy despacio para no molestarnos”. Ellos procuran el silencio, porque los nervios que provocan el estar cerca de la parte tomada hace que cuando vuelven a su lugar deseen el silencio. La comunicación se ha vuelto nula entre ellos, aunque nunca existió en profundidad, ahora es más profunda aún.

Segunda toma de la casa

En esta segunda toma cambia la reacción de ellos. El personaje narrador se detiene bruscamente, ahora no puede ya hacer como si nada pasara. A esta reacción le corresponde la alarma de Irene, que se para al lado de él sin decir nada. El silencio sigue imperando en ellos y es la primera vez que se paran a escuchar. Tampoco se miran, no hay entre ellos un contacto, sólo es la situación la que los une. Cuando reaccionan, él toma su brazo, primer indicio de acercamiento que terminará con él tomando la cintura de ella y ella llorando. Estos indicios nunca se habían dado antes.

Salen sin mirar atrás, por primera vez, son obligados a dejar todo el pasado, todo lo que los mantenía unidos. El ruido que escuchan tiene la característica de ser sordo, así que existe pero sin poder entenderse realmente, aunque ellos parecen saber qué están sugiriendo esos sonidos.

Se refugian en el zaguán e Irene pierde su entretenimiento del tejido. Así quedan con lo puesto, con lo único que tienen: a ellos. Deben despojarse totalmente de su vida pasada. Esa fuerza que toma la casa, que tal vez venga de la muerte, de lo sobrenatural, no es otra cosa que una fuerza vital para ellos, aunque ellos no lo puedan ver. Esta partida puede sugerir la muerte de la vieja vida y el comienzo de una nueva que no sabemos cómo se resolverá realmente.

Nada de lo que ha quedado dentro es un motivador para los personajes para entrar a buscarlo. Lo pierden todo, y ahora el miedo apoya su pasividad.

El narrador termina tirando las llaves por las alcantarillas, por lástima a los ladrones que quieran tomar la casa, a los que él llama “pobre diablo”. Considera que son dignos de lástima porque lo que está dentro de la casa es mucho más terrible que el robo de la casa. La casa no termina como ellos habían imaginado, en manos de primos distantes. Termina abandonada por ellos, como una señal de un mundo antiguo que debe morir, que debe acabarse para dar paso a lo nuevo. Ya no quedaban casas como esas, había dicho el narrador, como una referencia a los tiempos modernos en los que ese pasado, esa tradición estaba muriendo, ahora finalmente muere, y no queda esperanzas de que se puedan conservar como testimonio de una tradición. Tal vez, esa tradición está más viva aún de lo que se supone, dentro de su mundo y expulsa vitalmente a estos hermanos a que vivan su momento.
Trabajo realizado por Paola De Nigris