domingo, 23 de agosto de 2009

Dante - Información General

Dante


De Teresa Torres y Margarita Carriquiri
(resumen del libro "Dante" realizado por Paola De Nigris)

Alta Edad Media

Se podría llamar a este período de la Edad Media “oscurantismo”, ya que el mismo se vio marcado por la caída del imperio romano, una la permanente amenaza de los bárbaros y una supremacía religiosa de un cristianismo católico que pone énfasis en la vida ultraterrena. Lo que importa en esta época no es la vida en esta tierra, sino la promesa de una vida mejor luego de la muerte. Pero a esa vida mejor no resulta fácil de acceder, porque se pone énfasis en las obras del hombre, por esto el hombre se sienta culpable por el hecho de ser tal y estar siempre pecando a causa de sus deseos carnales, se sienta abrumado por la amenaza del fin del mundo y con la casi inevitable perdición de sí mismo.

San Agustín, teólogo de la época, ve a la historia del hombre como una manifestación de la voluntad de Dios y de su plan divino. El hombre, que es imperfecto por naturaleza, es salvado únicamente por la gracia divina, y ella sólo elige a unos pocos, mientras que la mayoría será condenada al infierno.

Según Hauser, historiador actual, esta época se caracteriza porque en ella la idea del progreso es desconocida. Esta es una época que busca conservar fielmente lo antiguo y lo tradicional. Los valores supremos están fuera de duda, y se encuentran encerradas en formas eternamente válidas. La posesión de estos valores es el objeto de la vida.

Esta es una época de tranquilidad, segura de sí misma, robusta en su fe, que no duda de la validez de su concepción de la verdad, ni de sus leyes morales, no conoce el conflicto espiritual, ni tiene problemas de conciencia, y no siente deseos de novedad ni se cansa de lo viejo.

Su arquitectura usa el estilo románico, también llamado “fortalezas de Dios”, que son edificaciones caracterizadas por su pesadez, sus gruesas paredes, escasas aberturas, y que hablan de un hombre encerrado, temeroso de lo externo y agobiado por la presencia de un dios distante y duro.

Baja Edad Media

Esta es una época de renacer en todos planos de la actividad humana. Nacen la ciudades, como lugar de encuentro y puesta a punto con el mundo. Comienza la economía monetaria y mercantil. Aumenta la producción. Los caminos se llenan de mercaderes y viajeros. Las clases altas descubren el placer de aparentar, de brillar en los acontecimientos mundanos y el lujo, que comienza a ser un signo de poder y una forma de disfrutar de lo terrenal y lo cotidiano.

La Iglesia intenta acompañar este movimiento disciplinando al clero y a la actividad de los laicos. La visión de la divinidad cambia, y ahora el hombre se siente protegido por un amoroso ser supremos al cual puede llegar a través de la invocación de los santos o de la virgen. Ahora el representante religioso de la baja Edad Media es Santo Tomás de Aquino, quien manifiesta su confianza en la posibilidad del hombre de comprender las verdades mediante la razón y planteaba el destino de salvación de los mortales, confiando en un racional plan divino.

La educación se va independizando del poder de la Iglesia: aparecen las Universidades laicas.

En arquitectura aparece el estilo gótico. La catedral ya no se aferra a la tierra sino que se lanza a la búsqueda de las alturas, con torres que terminan en agujas, muros que se adelgazan y luz que entra a raudales. El hombre se yergue sobre la tierra, pero aunque no olvida la posibilidad de castigos en el más allá, ahora la vida lo invita a disfrutar. El culto a la Virgen María pasa a un primer plano y se la ve como la intermediaria ideal entre el hombre y Dios.

La literatura

La lengua se desprende del latín y evoluciona hacia lo que hoy conocemos (español, francés, italiano) como lengua romances, aunque el latín seguirá conservando su puesto como lengua erudita, aunque estas nuevas manifestaciones lingüísticas irán ganando terreno.

Los primeros frutos de la literatura fue en la épica, donde surgen los “cantares de gesta”, que son narraciones poetizadas de las aventuras de los héroes. Pero es en la lírica donde se marcan las bases de la sensibilidad de Occidente.

Tres grandes pasos podremos hallar a este respecto: la lírica trovadoresca, la escuela de Sicilia y el Dolce Stil Novo donde encontramos a Dante.

Lírca trovadoresca

Esta fue la lírica cultivada por los trovadores entre los siglos XI y XII en lengua románica que se conoce por lengua “provenzal”. El trovador es un poeta que además de escribir, compone la música de sus creaciones, por lo tanto hace poesía destinada a ser cantada y a ser escuchada por un público analfabeto, en la mayoría de los casos.

La cultura de los trovadores es amplia ya que no sólo debe ceñirse a moldes estróficos fijos sino además conocer de música, mientras que el juglar sólo debe entonar bien y ejecutar al menos un instrumento. Solamente los trovadores pertenecen a la clases altas, a diferencia de los juglares, pero ambos gozan la consideración de los nobles.

A partir del siglo XII cambian las costumbres sociales. La mujer, vista hasta ese momento como un ojeto doméstico degradado por ser la causante del pecado, comienza a ejercer un rol protagónico como señora del castillo y centro de la vida social. En este marco la lírica trovadoresca desarrolla un concepto de amor, el amor cortés, que implica un traslación del vasallaje político al campo sentimental: la dama es el ser superior al que el enamorado rinde culto y ofrece su vida como servicio. Este sentimiento exige la discreción del poeta, dado que la dama ha de ser casada. Es este un amor adúltero basado idea de que no puede haber “amor verdadero” en el matrimonio. La dama aparece así idealizada y distante, vista como la poseedora de las máximas virtudes, tanto físicas como morales, y es origen y destinataria del hacer poético.

La escuela de Sicilia

En la corte de Federico II (Siglo XIII) se sitúa el centro de la vida intelectual del momento. Allí se tradujeron los primeros textos filosóficos y científicos de la Antigüedad. Surgen también una cantidad importantes de poetas que Dante llamo “De Vulgari Eloquentia”. Esta primera escuela de lírica italiana repite los temas, los motivos y hasta la misma métrica de la poesía provenzal. La dama es lejana, bella y soberbia como señora feudal y el poeta le habla como vasallo, en tono de extrema humildad. La monotonía que implica la repetición es disimulada por una habilidad técnica muy importante.

Parte del mérito de esta escuela fue el introducir y preservar la temática de los juglares franceses, además del realce que se le dio a la lengua romance.

El Dolce Stil Novo

Vinculados a la concepción del amor cortés y procurando reaccionar contra las convenciones y la frialdad de las composiciones de la escuela siciliana, los poetas del Dolce Stil profundizan en los conceptos de la lírica provenzal hasta el punto de elaborar una verdadera filosofía del amor. Dentro de esta escuela se encuentra Dante como uno de los exponentes emblemáticos de la misma.

Este movimiento sostiene la correspondencia entre el amor y el corazón gentil. Esta gentileza espiritual debe entenderse como la posesión de cualidades imprescindibles para sentir amor. Sólo hay verdadero amor si hay un corazón gentil. Esta unión es indisoluble y va más allá de la voluntad o cualquier otro poder. Esta “obligatoriedad” del sentimiento amoroso será la que llevará a Francesca a decir en el Canto V “el amor, que se apodera pronto de los corazones gentiles, hizo que este se prendase de la hermosa figura que me fue arrebatada del modo que todavía me atormenta. El amor, que al que es amado obliga a amar, me infundió por éste una pasión tan viva, que, como ves, aún no me ha abandonado”.

La figura de la dama idealizada también llamada la “donna angelicata” (la mujer ángel) llega con el Dolce Stil a su punto culminante, y su belleza física y espiritual es el estímulo para hacer vibrar el noble corazón del amante, que encuentra, a través de ella, el camino a la perfección y a la verdad.

En el corazón gentil irrumpe el amor ante la visión de la dama, esa fuerza amable pero feroz y enajenante produce un registro de particulares sensaciones, pensamientos, placeres y dolores. El poeta del Dolce Stil se vuelca complacido a la contemplación de sí mismo y a la recreación poética de todo lo que pasa dentro de su pecho. Amar, sufrir, gozar, complacerse en el sentimiento, recrearlo, analizarlo, he ahí uno de los grandes hallazgos del movimiento. Mientras que la mujer aparece como una sonrisa o una mirada distante, los estremecimientos del alma que ella produce son seguidos punto por punto, hay un enamoramiento de verse amar que se explota poéticamente.

Ser víctimas de “Amor” significa el ingreso a un mundo extraño, casi sobrenatural, y si es un signo de distinción de espíritu poder sentir de esta forma, también es una condena, un terrible dolor que se vincula con la muerte.

En la Divina Comedia, el poeta se proyecta a lo universal, propone un tratado moral y filosófico, pero también, el peregrino llega a la perfección a través del amor y eso es un principio del Dolce Stil.

Florencia y las luchas políticas

Durante los siglos XIII y XIV la organización social de Italia es diferente a la del resto de Europa: un número importante de ciudades alcanza un gran desarrollo económico y autonomía política. En el momento de Dante hay un gran florecimiento económico, financiero y cultural. Hay un auge del humanismo, una ansia de renovación, una exaltación de la personalidad.

Sin embargo, no todo se desarrolla armónicamente. Existe en esta época permanentes luchas políticas entre los güelfos y los gibelinos. Dante participó intensamente de estas luchas.

Dante nace en el seno de una familia güelfa. Los güelfos son en la Edad Media los partidarios del Papa y los gibelinos lo son del emperador. El güelfismo se divide en dos tendencias: “los negros” representados en esa época por Carlos de Anjou y el Papa Bonifacio VIII, que adquiere un cariz oficialista y cortesano que ostentaban antes los gibelinos y “los blancos” de los que Dante forma parte, que se oponen al poder temporal del papado. Dante participa en una misión diplomática que tiene como fin reconciliar los dos bandos y mientras parlamentaban con el pontífice, éste mandó a Carlos de Valois, quien entró en Florencia apoyado por “los negros”, lo que provocó la expulsión de “los blancos” y por supuesto, de Dante que conocerá la persecución y el destierro.

La Divina Comedia: estructura

“La Comedia”, nombre dado por Dante a su obra, fue conocida por el nombre de “La Divina Comedia” a partir del siglo XVI. Quienes agregaron el calificativo de “Divina” fueron sus admiradores posteriores, refiriéndose a su calidad estética así como a su sustancia religiosa. Se atribuye a Bocaccio la inclusión de este adjetivo.

“Comedia” es uno de los subgéneros del drama, sin embargo, la composición de Dante no tiene la estructura formal de ese género. Lo que sucede es que en la época en que la escribe se ponía mayor atención al contenido para dictaminar la pertenencia a un género, más que en la forma. Es así que para que una obra fuera considerada “comedia” debía comenzar en la tristeza y terminar en la alegría y el viaje del personaje central comienza perdido y en un momento doloroso y termina en la mayor de las felicidades, ver a Dios y obtener la salvación del alma.

Si leemos la Comedia y nos quedamos con lo literal tendremos que es la narración de un viaje realizado por el propio autor, Dante, que asume las condiciones de narrador y personaje, por los tres reinos de ultratumba (infierno, purgatorio y paraíso) según eran concebidos por la Iglesia de la época. La obra comienza con el personaje central perdido en la “selva oscura” (el pecado) y acorralado por las tres fieras que impiden la salida de ese paraje; gracias a la intervención de la sombra de Virgilio (poeta latino) emprenderá el viaje que lo sacará de esta situación primera y en cuyo recorrido verá los castigos eternos a los que son sometidas las almas de los condenados, los suplicios de aquellos que, habiéndose salvado aún deben someterse a un proceso de purificación, y, por último, habiendo sido dejado por Virgilio que cede su lugar de guía a Beatriz, Dante verá la alegría de los bienaventurados, los que han logrado la salvación eterna.

La idea de localizar la acción en el mundo de la muerte no es nueva, ya otros autores anteriores a Dantes lo han propuesto. Dentro del plano de la narración, los cambios introducidos por Dante son el proponer la experiencia como algo real, un viaje, y no una visión, y elegirse a sí mismo como protagonista. Dentro del plano de las ideas, una fuerza totalizadores que organiza el otro mundo según claras normas morales y la idea de perfeccionamiento del hombre que le conduce a la salvación, diferencia esta obra de las que le precedieron.

Estructura formal

La obra está dividida en tres cánticas: Infierno, Purgatorio y Paraíso.

Cada cántica está dividida en treinta y tres cantos, excepto la primera que tiene treinta y cuatro. El primer canto es considerado como una introducción general a la obra.

La obras está escrita en versos endecasílabos y la estrofa empleada es el terceto, donde coinciden el primero con el tercer verso, mientras el segundo marca la rima para el terceto siguiente de acuerdo a este esquema: aba – bcb – cdc. Cada canto termina con un cuarteto.

Toda la estructura se basa en la utilización cabalística de ciertas cifras: el 3 es un número perfecto, el número de la Santísima Trinidad y de allí la reiteración de esa cifra en la estructura; el 9 es un número místico y sagrado, resulta de la multiplicación del 3; el 33 se forma por la reiteración del 3, por lo tanto también es un número místico; el 1 representa la unidad divina y al combinarse con el 3 forma el 100 (33x3+1). Tres son las cánticas y cada una contiene treinta y tres cantos, el total es de 100 cantos, las estrofas son tercetos y cada rima se repite tres veces.

Esta forma se corresponde con el pensamiento medieval, acostumbrado a desarrollarse en moldes estrictos y significativos de por sí.

Los tres reinos

Según el sistema de Tolomeo, nuestro planeta está inmóvil en el centro del mundo y a su alrededor giran las esferas celestes en las que están suspendidos el sol, los planetas y las estrellas. Los puntos cardinales son: al norte, Jerusalén sobre el gran abismo del Infierno; al sur, en posición diametralmente opuesta, la montaña del Purgatorio; al este el Ganges; al oeste el estrecho de Gibraltar o columnas de Hércules.

El Infierno y el Purgatorio están en la tierra, el uno en forma de cono invertido que llega hasta el centro mismo, y el otro en forma de montaña altísima en cuya cúspide está el Paraíso terrenal.

El Infierno

Guiado por Virgilio, Dante llega al Infierno, gigantesco embudo en cuyo vértice está Lucifer. Es en el Canto III donde se ingresa a este reino y la inscripción en su puerta nos dará las características fundamentales del mismo: la ciudad del dolor eterno habitada por la gente perdida; ninguna esperanza de perdón o reconciliación pueden albergar los que allí pagan su culpa.

Físicamente este mundo está dividido en nueve círculos, donde se ubican las almas pecadoras según ciertas normas; cuanto más abajo, menor será el espacio y mayor la culpa y el castigo. Esta división espacial se corresponde con una estratificación moral: siguiendo la distinción aristotélica de las tres disposiciones viciosas del alma humana, incontinencia, bestialidad y malicia.

Dentro de la incontinencia, Dante agrupa a los lujuriosos, glotones, avaros, pródigos e iracundos; dentro dela tendencia a la “bestialidad” coloca a los herejes y violentos para terminar con los maliciosos que incluye a los fraudulentos y los traidores. Es de destacar como el mayor grado de racionalidad que implica un pecado para concretarse agrava la culpa. Los habitantes de los primeros círculos no hicieron otra cosa que dejarse dominar por pasiones inherentes a la esencia humana, mientras que los últimos utilizaron su capacidad intelectual para hacer el mal.

La oscuridad, reflejo físico de la condición moral del alma de los condenados, domina este mundo, este “aire sin estrellas” que se hace más alucinante en la medida que se llena de gritos de dolor y terribles blasfemias, expresión de la ira y la impotencia de las almas pecadoras ante la justicia divina. Es éste el reino donde el recuerdo de la tierra está más presente, no sólo a través de las vivencias de cada uno de ellas, sino de la indiscutible “corporeidad” que asumen las almas. Fijos en su pecado se muestran generalmente ansiosos de contar su historia.

La escenografía del Infierno está cargada de puertas, tumbas, murallas, torres y castillos, así como ríos, pantanos, lagunas, lagos, viento, granizo, gusanos, perros o serpientes. Estos últimos colaboran con la función de los demonios, extraídos muchos de ellos del mundo mitológico greco latino; y en el vértice del cono, Lucifer, el ángel caído, concentra en su figura el terror del Infierno.

El castigo tendrá una evidente relación con la culpa; esta relación puede ser de similitud, como en el caso de los lujuriosos, arrastrados por la eternidad por el viento como en vida se dejaron arrastrar por la pasión , o los suicidas, que habiendo atentado contra su cuerpo se ven obligados a renunciar a él; o por oposición a la culpa, como el caso de los “indiferentes”, que no habiendo hecho una opción en vida se ven obligados ahora a experimentar el acicate de los moscones y las avispas y correr detrás de una bandera.

Todos estos castigos son eternos, o sea que el condenado no tiene ninguna esperanza de que cesen, y no tienen otra significación que la del dolor que ellos producen sin que sirva para disminuir la culpa.

El Purgatorio

Dante llega al canto XXXIV del Infierno, a contemplar lo más profundo de la degradación espiritual y desde allí comienza a ascender hacia la perfección. En el Purgatorio las almas sufren tormentos similares a los infernales, sin embargo éste es el reino de la esperanza, ya que los que allí habitan se han salvado, aspiran con certeza a ver a Dios, y el sufrimiento es para ellos una vía de purificación que acelerará el tránsito a la gloria.

Convencidos ya de la vanidad de las cosas terrenas, aspirando a gozar la gloria, las almas se hacen aquí menos corpóreas, más puras en su calidad de espíritus, y su registro emotivo deja de lado la violencia pasional de las almas infernales para teñirse de dulce melancolía. Los gritos son sustituidos por el canto y, en particular por el canto a coro; en el Infierno las almas están encerradas en su individualidad, aquí, unidas en el amor, trascienden sus límites para unirse en la alabanza al creador. Los demonios son sustituidos por visiones angélicas que hablan de la proximidad del Paraíso.

Geográficamente el Purgatorio se ubica en una isla inaccesible del hemisferio austral. Concebido como una montaña trunca está dividido en tres zonas: en la base una zona rocosa, de difícil acceso es el Antepurgatorio; en el cuerpo del monte está el Purgatorio propiamente dicho, dividido a su vez en siete terrazas donde el alma se purifica de los siete pecados capitales (soberbia, envidia, ira, pereza, avaricia, gula y lujuria); y por fin en la cúspide una planicie que es el Paraíso terrenal.

En este lugar termina la función encomendada a Virgilio, al que está vedado entrar en el reino de los bienaventurados. En la etapa intermedia del Paraíso terrenal, Virgilio desaparace y ante los asombrados ojos de Dante aparece Beatriz, símbolo de la Teología o la Gracia divina, únicas guías posibles para entrar en el Paraíso.

El Paraíso

Del Paraíso terrenal Dante asciende al Paraíso verdadero atravesando los nueves cielos, esferas concéntricas luminosas y transparentes, sobre las cuales está el cielo empíreo, fijo, sede del mismo Dios, y en torno a Él, las jerarquías celestiales y la rosa de los bienaventurados, iluminada directamente por el propio Señor de la creación.

Los nueve cielos son:

1 ) Cielo de la Luna, donde se ubican los espíritus que quebraron sus votos.

2 ) Cielo de Mercurio que es la ubicación de los espíritus activos y bienhechores.

3 ) Cielo de Venus donde están los espíritus amantes.

4 ) Cielo del Sol, donde se encuentran los espíritus de los teólogos y doctores.

5 ) Cielo de Marte, donde están los espíritus que combatieron la fe.

6 ) Cielo de Júpiter, donde se encuentran los espíritus justos y sabios

7 ) Cielo de Saturno, donde se ubican los espíritus contemplativos.

8 ) Cielo de las Estrellas, donde están los espíritus triunfantes

9 ) Cielo Cristalino, donde se ubica el Empíreo donde está Dios iluminando la rosa de los Bienaventurados y rodeado de nueve círculos de jerarquías angélicas que son: ángeles, arcángeles, principados, potestades, virtudes, dominaciones, tronos, querubines y serafines

El criterio utilizado por el autor para colocar las almas en distintas esferas no está en el Paraíso, explicitado en la obra, lo único obvio es que cuando más cerca de Dios se encuentre el almas, más perfecta es.

Este es el reino del espíritu absolutamente liberado de la carne, el reino de la contemplación y de la más absoluta alegría emanada de la visión de Dios, las almas nada lamentan de lo terreno, nada ansían, están completas en sí mismas. Las almas son puras de luz y puro amor y de allí que los trazos particulares se disuelven en mística unión; los elementos terrestres que reaparecen en este reino son sólo imagen de aquello que intentan transmitir. Lanzado a la contemplación de la unidad misma de Dios, Dante exclama: “¡Oh cuán insuficiente es la palabra y cómo es débil par expresar mi concepto!”

Posibles lecturas del texto

Para Dante todo enunciado tiene cuatro sentidos: literal, alegórico, moral y analógico.

El sentido literal no es otro que el que expresa la palabra en su sentido más directo; desde este ángulo la obra no es más que una narración de un viaje por los reinos de ultratumba.

En la alegoría, lo particular vale únicamente como ejemplo de lo general. La palabra se llena así de significaciones nuevas que la trascienden, y Dante se convertirá así en un representante de la humanidad, y su viaje, en el camino de purificación que debe seguir la misma para alcanzar la eterna salvación.

Más difícil de deslindar se nos presenta el sentido moral y analógico de la obra; el primero refiere a la misión edificante que cumple el texto, mientras que analogía, en teología, es la elevación del alma a Dios y, por extensión, la revelación de un misterio eterno. Ambos planos tienen muchos puntos de contacto. La Divina Comedia insiste en el tema moral, planteándonos la universalidad de la justicia divina que, si bien es dura cuando castiga, ofrece siempre al hombre la posibilidad de salvación guiado por dos fuerzas, una natural, la razón, otra otorgada directamente por Dios, la gracia.

Temor y Temblor - Kierkegaard (Fragmento)

Atmósfera

Érase una vez un hombre que en su niñez había oído la hermosa historia de Abraham, a quien Dios ponía a prueba, que vencía la tentación, conservaba la fe y recibía inesperadamente a su hijo por segunda vez. En su madurez, volvió a leer el relato, esta vez con admiración acrecida porque la vida había separado lo que en la piadosa simplicidad de la infancia estuvo unido. A medida que envejecía, su pensamiento retornaba a esta historia con mayor frecuencia y con pasión cada vez mayor; sin embargo, la comprendía cada vez menos. Acabó por olvidar toda otra cosa; su alma sólo tuvo un deseo: ver a Abraham sólo un pesar; no haber sido testigo del acontecimiento. No anhelaba ver los hermosos países del Oriente, ni las maravillas de la Tierra prometida, ni la piadosa pareja cuya senetud fue bendecida por Dios, ni la figura venerable del patriarca harto de días, ni la exuberante juventud de Isaac, donado como presente por el Eterno: lo mismo hubiera podido suceder en su estéril páramo sin dificultad alguna. Hubiera querido ser partícipe del viaje de los tres días cuando Abraham cabalgaba sobre su asno, su tristeza ante él e Isaac a su lado. Hubiera querido estar presente en el instant4e en que Abraham, al alzar los ojos, vio en lontananza la montaña de Morija; en el instante en que despidió a los asnos y trepó la cuesta, solo con su hijo, porque estaba preocupado por los temores de su pensamiento, no por los ingeniosos artificios de la imaginación.
Este hombre, por lo demás, no era un pensador, no sentía ningún deseo de ir más allá de la fe, ser llamado padre de la fe por la posteridad le parecía la mejor fortuna, y consideraba digno de envidia el poseerla aunque nadie lo supiese.
Esta hombre no era un sabio exegeta; ni siquiera sabía el hebreo; de haber sabido leerlo, hubiera comprendido entonces sin dificultad la historia de Abraham
I
Y Dios puso a Abraham a prueba y le dijo: toma a tu hijo, tu único hijo, el que amar, Isaac, ve con él al país de Morija, y allí ofrécelo en holocausto sobre una de las montañas que te diré.
Era muy de mañana; Abraham se levantó, hizo enalbardar los asnos, dejó su casa con Isaac, y desde la ventana los vio descender Sara por el valle hasta que los perdió de vista. Anduvieron silenciosamente durante tres días; la mañana del cuarto, Abraham no dijo una palabra, pero levantando sus ojos vio en la lejanía los montes de Morija. Despidió a sus servidores y tomando a Isaac de la mano trepó la montaña. Y Abraham se decía: “Pero no puedo ocultarle por más tiempo adónde le conduce este andar”. Se detuvo, apoyó su mano sobre la cabeza de su hijo para bendecirlo, e Isaac se inclinó para recibir la bendición. Y la faz de Abraham era la de un padre, dulce era su mirar, y su voz exhortaba. Pero Isaac no podía comprenderle, su alma no podía elevarse tanto; se abrazó a las rodillas de Abraham, se arrojó a sus pies y clamó por la gracia; imploró por su juventud y sus dulces esperanzas; habló de las alegrías de la casa paterna, evocó la soledad y la tristeza. Entonces Abraham lo levantó, lo tomó de la mano y se puso en camino, y su voz exhortaba y consolaba. Mas Isaac no podía comprenderle. Abraham trepó por la montaña de Morija; Isaac no lo comprendía. Entonces se apartó Abraham por un momento del lado de su hijo, y cuando de nuevo miró Isaac la faz de su padre la halló cambiada, porque el mirar se le había hecho feroz y aterradoras las facciones. Agarró a Isaac por el pecho, lo arrojó por tierra y gritó: “¡Estúpido! ¿Crees tú que soy tu padre? ¡Soy un idólatra! ¿Crees tú que obedezco al mandato divino? ¡Hago lo que me viene en gana!”. Pero Abraham se dijo muy quedo: “Dios del cielo, yo te doy las gracias; vale más que me crea un monstruo antes que perder la fe en ti”.

Cuando la época del destete llega, la madre ennegrece el seno porque conservar su atractivo sería perjudicial para el niño que debe dejarlo. De este modo cree que su madre ha cambiado; pero el corazón de ella es siempre el mismo, y su mirada está siempre llena de ternura y amor. ¡Feliz aquel que no tiene que recurrir a medio más terribles para destetar al niño!
II
Era muy de mañana; Abraham se levantó, abrazó a Sara, compañera de su vejez, y Sara dio un beso a Isaac, que la había preservado del escarnio, y era su orgullo y esperanza para la posteridad. Anduvieron en silencio; la mirada de Abraham permaneció fija sobre el suelo hasta el día cuarto; entonces levantando los ojos vio en el horizonte las montañas de Morija; y bajó de nuevo la mirada. En silencio preparó el holocausto y ató a Isaac; en silencio extrajo el cuchillo; entonces vio el carnero que proveyó Dios. Lo sacrificó y regresó... A partir de ese día, Abraham se hizo viejo; no pudo olvidar cuánto había exigido Dios de él. Isaac continuó creciendo; pero los ojos de Abraham se había nublado; ya no vio más la alegría.

Cuando el niño, ya crecido, debe ser destetado, púdicamente oculta el seno su madre, y el hijo ya no tiene madre. ¡Feliz el niño que no ha perdido a su madre de otro modo!
III
Era muy de mañana; Abraham se levantó, dio un beso a Sara, la madre joven, y Sara dio un beso a Isaac, su delicia, su eterna alegría. Y Abraham, sobre su asno, cabalgó pensativo; meditaba sobre Agar y sobre su hijo, a quienes abandonó en el desierto. Trepó por la montaña de Morija y extrajo el cuchillo.
Cuando Abraham, sobre su asno, se halló solo en Morija, la tarde era apacible; se arrojó de cara contra la tierra y pidió perdón a Dios por su pecado, perdón por haber querido sacrificar a Isaac, por haber olvidado su deber de padre hacia su hijo. Tomó de nuevo, con más frecuencia, el camino solitario, pero no halló reposo. No podía concebir como pecado haber querido sacrificar su más preciado bien, aquél por quien hubiera dado su vida más de una vez, a Dios; y si era un pecado, si no había amado a Isaac hasta ese punto, no podía comprender entonces cómo podía ser perdonado; porque ¿hay pecado más terrible?

Cuando la época del destete llega, la madre está, no sin tristeza, pensando que ella y su hijo se irán separando gradualmente, y que el niño, al principio bajo su corazón, luego mecido en su seno, ya no se hallará tan cerca de ella. Y juntos sufrirán esta corta pena. ¡Feliz la que ha conservado a su hijo tan cercano a ella y no ha tenido otro motivo de desazón!
IV
Era muy de mañana. Todo estaba presto para la partida en la casa de Abraham. Se despidió de Sara, y Eliécer, el fiel servidor, los acompañó por el sendero hasta el momento en que Abraham le ordenó volverse. Concordes anduvieron Abraham e Isaac hasta la montaña de Morija. Lleno de paz y dulzura hizo Abraham los preparativos para el sacrificio, pero cuando se volvió para sacar el cuchillo vio Isaac cómo se crispaba de desesperación la mano siniestra de su padre y cómo sacudía su cuerpo un estremecimiento. Con todo Abraham sacó el cuchillo.
Retornaron entonces y Sara se arrojó al encuentro de ellos; pero Isaac había perdido la fe. Jamás se habló de esto en el mundo, ni nunca dijo Isaac nada a nadie sobre lo que había visto; y Abraham no sospecha que lo hubiera visto nadie.

Cuando la época del destete llega, la madre acude a una más vigorosa alimentación para evitar la muerte del niño. ¡Feliz quien dispone de alimento fuerte!

De este modo, y también de otros muy distintos, reflexionaba sobre este acontecimiento el hombre de quien hablamos. Cada vez que hacía el camino de retorno desde la montaña de Morija hasta la casa, se consumía de debilidad, juntaba las manos y exclamaba: “¿Entonces no hay nadie semejante a Abraham, nadie capaz de comprenderlo?”




Temor y temblor – Kierkegaard (Fragmento)

miércoles, 12 de agosto de 2009

María Eugenia Vaz Ferreira - La estrella misteriosa (Análisis)

Análisis de “La estrella misteriosa” de María Eugenia Vaz Ferreira


Tema

Determinar el tema de este poema no resulta algo fácil. María Eugenia tiene dentro de sus poemas una impronta filosófica muy fuerte, y este poema podría encuadrarse en esta línea. Dentro de esa poesía ella puede llegar a un hermetismo tal, que es difícil acceder a ella.

Volviendo al tema, podríamos decir que el poema trata de “una estrella” como dice su título. Pero una vez que leemos el mismo, nos damos cuenta que ella no sabe nada de esa estrella como tal, pero sí sabe cómo esa estrella influye en su vida, y cuál es la relación entre ellas. La estrella la reclama, la guía, la condiciona, y no la deja ser libre. A su vez ella quiere verla, quiere tocarla, saber de ella, pero nunca accede a ese conocimiento, porque esta estrella habla con el silencio, se oculta pero ilumina, y la nombra y hasta la reclama. La relación entre ellas es contradictoria. Parecería una relación de amor/odio. Se asocia a la estrella con el bien, con lo divino con la guía, sin embargo hay un lado perverso de esa estrella al esconderse y no dejar nunca que ella se aparte.

El yo lírico no sabe qué es esta estrella e intenta definirla en los últimos dos versos de la primera estrofa: “gloria, quimera, fénix, fantástico oriflama / o un imposible amor extraño y peregrino”. Esta estrella es para ella un destino (“inmutable sino”), una fuerza divina (“me nombra con el eco de un silencio divino”), un amor imposible que la guía en su actuar; o tal vez las creencias, metas, deseos, y esperanzas que los otros nos han impuesto, condicionando nuestra vida a esas creencias que suponemos son para nuestro bien, pero nos atan, privando nuestra libertad. Las cuatro ideas planteadas tienen en común que son externas al individuo, que no podemos reconocerlas claramente, que nos condicionan sin que lo sepamos, y que se nos hacen carne, aunque nunca lleguemos a revelarlas, ni siquiera a nombrarlas.

Título

Al leer el poema vemos que este yo lírico afirma que esa fuerza que la condiciona es una estrella. Esto lo reitera insistentemente. Sin embargo, ella nunca la ve, no sabe donde está, su luz se oculta y su voz no se escucha, por lo tanto: ¿cómo sabe que es una estrella? Sólo porque la siente así. En eso radica su misterio, se siente pero no se ve, ni se logra entender.

Estructura externa

El poema está formado por dos estrofas, una de ocho versos y la otra de seis. Sus versos son de catorce sílabas (alejandrinos) con una rima consonante (total). El esquema de la rima es: ABBABAAB, y CCDEED.

El poema podría estudiarse desde su rima, cada isotopía fónica (espacios de sonidos comunes) parecen estar también relacionados en su aspecto semántico (significado). Habiendo leído el poema con atención podremos encontrar estas relaciones:

Llama – reclama – oriflama (bandera desplegada al viento)

Sino – divino – camino – peregrino (Que está en esta vida mortal de paso para la eterna. Rae)

Vía – guía

Llega – ciega

Nombra – sombra

Jugando con estas coincidencias podemos ver en el primer grupo a la estrella y su influencia en el yo lírico: la llama, la reclama y es como una bandera desplegada al viento, que va delante del yo lírico.

En el segundo grupo podemos ver el intento de definición de esta estrella: es el destino, una fuerza divina, que marca un camino, y que obliga a ser un extraño en este mundo.

El siguiente grupo apunta a la función de la estrella: guiar en el camino.

Luego podemos ver la forma en que esta estrella se manifiesta: llega ciega, no se ver, pero está.
Y por último el estado en que el yo lírico está: el nombre como identidad y la sombra como la condición humana, que se encuentra a oscuras.

Estructura interna

Este poema se puede también dividir según su contenido, como sucede con toda poesía. Desde el contenido podemos ver tres grandes situaciones.

La primera podría conformarse por los dos primeros versos que sería como una introducción. El yo lírico presenta a la estrella y su relación en pocas palabras. Esto será lo que desarrollará en los siguientes versos.

La segunda parte estaría conformada por el resto de la primera estrofa. Allí el yo lírico plantea, casi objetivamente, cómo es su relación y qué podría ser esa estrella.

La última parte estaría conformada por la segunda estrofa, en donde el yo lírico ahora se concentra en sí misma y sus angustias frente a esta relación.

Vale decir que la segunda y la tercera parte estarían formadas por la misma cantidad de versos.

Análisis de la introducción

“Yo no sé donde está, pero su luz me llama,”


El primer verso está marcado por las certezas y las incertidumbres. El yo lírico, que aparece en primera instancia, tiene claro algunas cosas: que ella existe, que la estrella existe, y que la llama. La incertidumbre estará dada por hecho de que no sabe dónde está, y que lo que la llama no es una voz, sino una luz. Esta separación de lo que se sabe y lo que no está marcada por la cesura (pausa en medio del verso), que corta el verso en dos mitades.

La primera mitad ya nos presenta lo misterioso de esta estrella. Si bien aún no se la ha mencionado en el poema, sino sólo en el título, sabemos que lo que tiene de enigmático es que no se vea. La estrella se caracteriza por su luz. Ésta está oculta, y desconcierta al yo lírico que no sabe dónde se encuentra. Si es una estrella deberíamos buscarla en el cielo, pero el misterio radica en que no es allí donde está. No se ve, y esto es extraño y único.

La vista es de los sentidos que más tranquilizan al hombre, por ser el más usado y el que nos permite identificar más rápido aquello que oímos o sentimos. Sin embargo es un sentido bastante limitado, porque no traspasa obstáculos. Vemos hasta dónde nos es posible. El oído es mucho más potente. Puede indicarnos una dirección, y puede traspasar cualquier muro. La estrella no se ve, pero “llama”, atrae al yo lírico, le exige su presencia. En principio creeríamos que transmite un sonido, pero luego veremos que es más terrible su llamado porque lo hace desde el silencio.

Utilizando una sinestesia (mezcla de palabras provenientes de campos sensoriales diferentes) el yo lírico une la luz con el llamado. Esa luz se transforma en una metáfora del “bien”, de la fuerza divina que guía en el camino. La luz ordena, muestra, y en este caso, también exige la presencia del yo, que no tendrá la libertad de no estar, o no escuchar; ya que la vista es un sentido evitable (podemos cerrar los ojos y no ver) pero el oído no (es imposible cerrar los oídos para no escuchar).

¡Oh misteriosa estrella de un inmutable sino!...


Esta expresión comienza con los signos de exclamación que nos muestra la profunda emoción del yo lírico, que parece replegarse en su reflexión interna, en su emoción, en su intento de definirla, en su recuerdo. Como en la ensoñación, el yo lírico evoca a la estrella, la llama, la nombra y la acepta como algo inevitable. Acompañada de estos signos aparece la interjección. Según la Real Academia Española, la interjección es una “clase de palabras que expresa alguna impresión súbita o un sentimiento profundo, como asombro, sorpresa, dolor, molestia, amor”. Ésta reafirma esa emoción tan íntima que el yo siente.

Aparece en estos versos, por primera vez después del título, la mención a la estrella, pero ahora se antepone el adjetivo, resaltando esta cualidad que es la que inquieta al yo lírico. No es común esta estrella, encierra en sí misma un enigma que motiva al yo a seguirla, a estar pendiente de ella, a no poder dejar de escucharla. No es como las otras, y no es común a nadie. Entre las cosas que encierra es el “inmutable sino”, expresión que resulta redundante. El sino es el destino, y por su definición, el destino es incambiable. Es aquello a lo que estamos determinados. La tragedia del hombre siempre consistió en la lucha contra el destino, lucha en la que siempre sale perdiendo. Nadie puede cambiar el destino, por lo tanto es obvio que es inmutable. Esto nos habla de la condena a la que está sometido el yo lírico. Condena que conlleva también una cuota de angustia, aún cuando esa estrella quiera nuestro bien.

Los tres puntos suspensivos finales (“reticencia”) dejan el sentir flotando en el aire. El yo lírico ya no expresa lo que siente, deja que el interlocutor llene, se conecte con su emoción, para entonces comenzar a definir esta relación.

Si bien miramos, la introducción está formada por dos versos, uno racional, en el que el yo lírico explica cómo es esa estrella, y en el segundo dónde se trasluce la emoción de ese yo. Así son exactamente las dos partes de este poema, la primera racional, la segunda emocional.

Análisis de la primera parte del poema

Me nombra con el eco de un silencio divino
y el luminar oculto de una invisible llama.


Esta segunda parte comienza con una expresión que nos muestra la intimidad que existe entre ese yo y la estrella. Ésta la nombra, eso quiere decir que existe entre ellas un conocimiento, no sólo de parte del yo lírico también de parte de la estrella. Este conocimiento hace más difícil la ruptura de la relación. La estrella puede identificarla, es especial para ella, como lo es la estrella para el yo. La conoce y la llama, de manera que no existe la posibilidad de ignorarla.

Pero la forma en que la llama es “con el eco de un silencio divino”. En este oxímoron, “eco de silencio” podemos ver la impotencia de ese yo, ya que no existe la voz, pero existe el eco. Ese silencio se hace cada vez más profundo, cada vez más fuerte, y parece arrastrar al yo a un abismo de silencio que a su vez se eleva porque tiene características de “divino”. El silencio la enfrenta a sí mismo y con la divinidad. No puede ignorar su presencia, porque el eco es reiterado, constante, y parece venir de todos lados. Así siente ella el silencio que la nombra.

Los oxímorons abundan en el poema, no sólo el “eco del silencio”, también está la expresión “luminar oculto” e “invisible llama”. Ambas expresiones son contradicciones, porque si es una luz, no debe esta oculta, y si es una llama, no es invisible. Pero todo lo que significa esa estrella permanece ocultarse voluntariamente, parece querer que el yo no la vea. Esto puede dar mayor desesperación en el yo, y a su vez la mantiene motivada a buscarla y a seguirla. La luz, símbolo del bien, de aquello que debería verse para servir de guía se oculta y la llama, que daría además de luz y calor, sólo queda el calor, porque es invisible. Nada puede hacer el yo frente a esta voluntaria desaparición visual.

Si alguna vez acaso me aparto del camino,

con una fuerza ignota de nuevo me reclama:


Todo esto tiene un propósito, mantener al yo atrapado en el misterio de la estrella. Ese yo no puede apartarse, ni siquiera un instante. Ella lo presenta como una cuestión ocasional el querer escaparse de la estrella, “si alguna vez acaso”, llena el verso de adverbios de tiempo, como si ese deseo de salir de su órbita, fuera minúsculo y no fuera habitual, sin embargo en el siguiente verso vemos, a través del adverbio “de nuevo” que ella ya lo ha intentado varias veces, pero la estrella, atenta, jamás le ha permitido salir de su camino marcado. Su fuerza sobre ella es misteriosa. No se sabe qué la ata a ella, pero ella se siente “reclamada” por ella. Como si entre ellas existiera una relación que permitiera a la estrella reclamar su presencia, no dejarla alejarse. Parecen tener una relación de amor o dependencia.

gloria, quimera, fénix, fantástico oriflama
o un imposible amor extraño y peregrino…


Los últimos dos versos de esta primera parte están marcada por una enumeración asindética, donde se usan una serie de sustantivos para marcar diferentes aspectos de la estrella. El yo lírico intenta explicarla, pero la enumeración nos da la pauta de que no tiene éxito en su empresa.

El primer sustantivo nos habla del concepto de gloria. Este es un término usado no sólo en el ámbito secular, sino también religioso. Tomando el último aspecto, ya que la estrella tiene manifestaciones divinas, la gloria es el estado de los que tienen la posibilidad de contemplar el rostro de Dios. Es un estado sublime, que se asemeja al concepto de plenitud y completitud, y al que sólo se alcanza cuando hemos llegado a esa meta. Esta estrella para ella permanece oculta, y es su gloria, es decir, su meta si pudiera contemplarla.

El segundo término es “quimera” que es aquello que se propone a la imaginación como posible o verdadero, no siéndolo, según la RAE. Esta definición nos muestra algo respecto a la forma en que el yo lírico ve a esta estrella. Para ella es una meta, imaginaria, que parece real, y a la que quiere seguir, pero no es más que un gran engaño, algo falso, que sólo la mueve a seguirla.

El tercer término es “fénix” siendo éste el legendaria ave que renacía de sus cenizas. Algo de perverso hay en esta figura, ya que renace cada vez, nunca muere, aún cuando parece estar perdiendo fuerza, la adquiere nuevamente de su estado de aparente muerte.

El cuarto y último término es “fantástico oriflama”. El oriflama es una bandera que flamea, y como tal sirve para guiar, para marcar el camino por donde se debe seguir, y para identificar algo. Esta estrella guía e identifica la posición que se debe tomar. Es fantástico porque impresiona, y porque además es misterioso.

En el último verso de esta parte, piensa en la posibilidad de identificarlo con un sentimiento: el amor, pero lo caracteriza como “imposible”, “extraño” y “peregrino”. Cualquiera de estos adjetivos resultan reveladores. Es imposible una estrella, que incluso no la ve, es extraño, porque no la comprende, ni entiende qué le hace sentir esto, y es peregrino porque la lleva por mundos también extraños, como en una penitencia religiosa. No existe de parte del yo una posibilidad de guiar ni su vida, ni de hacer cambiar a la estrella. Está sometida a ella y a su voluntad.

Análisis de la segunda parte

En esta parte el yo lírico, prácticamente repite los mismos principios de la primera parte, pero esta vez preomina la emoción. Ahora se centrará en ella y en lo que esta estrella le provoca, así como la impotencia y las consecuencia de ella.

Y sigo eternamente por la desierta vía
tras la fatal estrella cuya atracción me guía,


La condena a seguir la estrella es perpetua, y esto se refleja en el adverbio “eternamente”. A su vez este adverbio nos muestra que no existió un principio ni un fin de esta relación. Siempre estuvo y estará, la entienda ella o no. Eso no importa, igual estará condenada a ella.

La mirada que el yo lírico tiene de la vida, a través de la metáfora “desierta vía” es igual de desoladora que esta relación. La vida es el camino, la vía que la estrella le marca. Y en ese camino hay una doble condena, no sólo seguirlo, sino también estar solo. Es “desierta”, no existe la posibilidad de compañía, porque así como ella no comprende la relación, la estrella, ni el misterio que ella encierra, nadie podría comprenderla.

Ahora la estrella está adjetivada con la palabra “fatal”, recordando que la fatalidad es otra forma de nombrar al destino. Lo fatal es aquello que no se puede cambiar, esa situación que se quisiera evitar, pero en realidad resulta imposible hacerlo. La estrella marca el destino fatal inevitable, y eso la atrae irremediablemente.

Esta atracción le muestra su impotencia. Impotencia no sólo por no poder liberarse, sino también por no poder verla, descubrirla, saberla.

¡mas nunca, nunca, nunca a revelarse llega!

Esta impotencia se muestra con los signos de exclamación, en la que el yo lírico muestra toda su emoción. Esta emoción también se descubre con la repetición del adverbio “nunca”. Esta repetición obsesiva enlentece el ritmo del poema, y obliga al lector a identificarse con su impotencia. “Nunca”, ni un sólo instante, ni por casualidad, la estrella se deja ver, se “revela”, que significa descorrer el velo que la tapa. Ella no se descubrirá jamás delante del yo, y ella lo sabe, por lo tanto ya no tiene esperanza de que la estrella demuestre su esencia, su misterio. Esta es también parte de su condena.
Pero su luz me llama, su silencio me nombra,
En el siguiente verso vemos los mismos conceptos de la primera parte, su repetición textual, la sinestecia y el oxímoron. La contradicción y la mezcla de los sentidos, que confunden al yo, que lo atrapan en su totalidad. Pero este verso también tiene la particularidad de la cesura (pausa a mitad del verso), esto también enlentece el ritmo del poema y acopla a quien escucha con la angustia del yo. Este se siente pesado, debastado por la presión constante de la estella. Esa pesadez se marca con la cesura.
mientras mis torpes brazos rastrean en la sombra
con la desolación de una esperanza ciega…
Los últimos dos versos se centran en el yo. La acción del yo “mis torpes brazos rastrean en la sombra”, ella se encuentra en tinieblas, y sus movimientos son inútiles y toscos, de nada sirven para encontrar la estrella, de nada sirven para rastrear su rumbo. La imagen de ese yo es la de un ciego, buscando en la oscuridad algo que no se encuentra porque tal vez no esté allí, o se esconde a propósito, casi perversamente. Esa estrella que es luz no sirve como tal, porque el yo se encuentra en las sombras, en la oscuridad. Este yo se encuentra desolado en esa búsqueda porque tal no tendrá frutos jamás. La estrella se esconde. Y esa voluntad de nunca revelarse, sólo la deja en un amargo estado: “esperanza ciega”. Esta esperanza personificada, refleja esa condición de muerte en vida, se espera pero esto es inútil, porque no se ve ni una señal que permita motivar el encuentro.

viernes, 7 de agosto de 2009

Rimas de Bécquer

Rima LIII
Volverán las oscuras golondrinas
en tu balcón sus nidos a colgar,
y otra vez con el ala a sus cristales
jugando llamarán.

Pero aquéllas que el vuelo refrenaban
tu hermosura y mi dicha a contemplar,
aquéllas que aprendieron nuestros nombres...
ésas... ¡no volverán!

Volverán las tupidas madreselvas
de tu jardín las tapias a escalar
y otra vez a la tarde aún más hermosas
sus flores se abrirán.

Pero aquellas cuajadas de rocío
cuyas gotas mirábamos temblar
y caer como lágrimas del día...
ésas... ¡no volverán!

Volverán del amor en tus oídos
las palabras ardientes a sonar,
tu corazón de su profundo sueño
tal vez despertará.

Pero mudo y absorto y de rodillas
como se adora a Dios ante su altar,
como yo te he querido... desengáñate,
así... ¡no te querrán!

Rima XLI
Tú eras el huracán y yo la alta
torre que desafía su poder:
¡tenías que estrellarte o que abatirme!
¡No pudo ser!

Tú eras el océano y yo la enhiesta
roca que firme aguarda su vaivén:
¡tenías que romperte o que arrancarme!
¡No pudo ser!

Hermosa tú, yo altivo: acostumbrados
uno a arrollar, el otro a no ceder:
la senda estrecha, inevitable el choque...
¡No pudo ser!