miércoles, 2 de mayo de 2012

Análisis del Romance del Enamorado y La Muerte

ROMANCE DEL ENAMORADO Y LA MUERTE

Este romance puede encontrar su origen en un conocido poema de Juan del Encina que comienza diciendo: "Yo me estando reposando, durmiendo como solía" muy divulgado en el siglo XVI. Es una de tantas elegías amorosas. La tradición reelaboró el tema convirtiéndolo en un singular esbozo dramático de amor y muerte.

Dentro de la clasificación, se podría encuadrar este romance como novelesco. Algunos autores revalorizan los aspectos emotivos del romance y por eso lo colocan dentro de la categoría de los líricos.

Este romance se podría estructurar en tres momentos: el sueño y la aparición de la Muerte; la búsqueda de la salvación en el amor; y la sentencia final. El mismo está constituido por 40 versos octosílabos de asonancia grave en (i-a).

Evidentemente el tema del romance está apoyado en uno de los tópicos más comunes de la literatura: el amor y la muerte. El enamorado se encuentra rehén de una situación: la muerte que lo busca y su amor que lo desea. Parecería que ambos personajes femeninos terminan formando el triángulo amoroso, donde sale victoriosa la muerte, porque de alguna manera, "su amor"  tiene un poder mayor, no es terrenal ("soy la muerte Dios me envía). Nada puede hacer la enamorada, ni el enamorado frente a la realidad de la muerte,  aunque todo el romance pueda parecer un sueño.

En la primera parte el relato presenta a un narrador protagonista ("soñito del alma mía"), donde se nos introduce en la atmósfera de un sueño. De éste se nos da una referencia temporal ("Un sueño soñaba anoche") y normalmente suponemos que el protagonista se encontraba durmiendo. Pero esto no tiene porque ser así exactamente. La idea de sueño puede también referirse a un amor imposible dado que el romance aclara que sueña con sus amores, que el sueño es amoroso y está cómodo con él. Y esto podría explicarse con las palabras de la amada "como te podré yo abrir/ si la ocasión no es venida", lo que implica que ella corresponde a ese amor secreto. 

Dado que el enamorado sueña con la muerte, y el final parece confuso, ya que se cambia de narrador en la mitad del romance, podría pensarse en un sueño premonitorio, lo que nos muestra la cultura pagana en tensión con la religiosidad de la época. Esta es una de las hipótesis que manejan algunos autores en este romance, pudiendo ser éste un sueño premonitorio. Si así fuera, el adverbio “anoche” supone que el narrador cuenta lo vivido en tiempo pasado. El problema surge más adelante, cuando el romance comienza a hablar en tercera persona.

El protagonista se encuentra en un estado de alejamiento de la realidad, de inconsciencia, y este ambiente de misterio se refleja en lo formal, de esta manera se utiliza la aliteración de la letra “s” (reiteración de sonidos). Por un lado esa reiteración ayuda a una atmósfera de susurro, de intimidad. Por otro lado existe la repetición de sonidos nasales en los fonemas "n", "ñ", "m" en los cuatro primeros versos:

"Un sueño soñaba anoche
soñito del alma mía
soñaba con mis amores
que en mis brazos los tenía"

Esta aliteración de sonidos nasales crea una atmósfera de adormecimiento al estilo de las nanas que se les canta a los niños para dormir. De alguna manera, las dos hipótesis, la del sueño despierto con un amor lejano y la del sueño dormido o dormitado pero absolutamente involuntario, estarían apoyados por estas aliteraciones. El susurro como secreto, a modo de confesión íntima; y la "nana" como una inmersión en lo onírico.

El diminutivo ("soñito") de carácter estético emotivo, se usa para cargarlo de afectividad y reafirmar la dulzura y el encanto de ese sueño del cual él se complacía en soñar y gozaba plenamente. Complementando este diminutivo se encuentra la expresión "del alma mía". Esta nos confirma y refuerza ese afecto que el protagonista siente por ese sueño, pero a su vez se nos transporta a lo más íntimo de hombre, al alma. Al alma se lo asocia siempre con lo más profundo, lo personal, lo íntimo, la esencia de las cosas y del hombre, donde se encierran todos los afectos del ser humano.

El encanto de este sueño es roto por la presencia de una señora que entra abruptamente (“vi entrar señora muy blanca / muy más que la nieve fría”). Además de sugerirnos esta entrada abrupta, el narrador nos da de ella ciertas características que ya nos perfilan, a partir del contraste con la dulzura y calidez del sueño, a una figura sobrenatural. Se utilizan dos adjetivos, uno cromático ("blanca") y uno sensorial ("frío"). El blanco simboliza el estado celeste según el diccionario de símbolos de Cirlot. Expresa una voluntad de acercamiento a ese estado. El adjetivo blanco también en este caso, se relaciona con Dios, y con la pureza, es por esto que las novias se casan de blanco, y el narrador confunde a este ser con su amada, pura, virgen, “divina”. El frío corresponde a la falta de amor, a lo implacable, lo irremediable, porque no puede ser modificado por razones ni afectos. Estas dos características de esta señora se terminan de explicar cuando se nos revela que es la Muerte. Es interesante la personificación de ésta, ya que podemos notar que no es la imagen típica que descansa en el imaginario colectivo. La imagen de la muerte como un esqueleto con un traje como el de los monjes de color negro y una guadaña viene de la Danzas Macabras surgidas en la misma Edad Media, y aparecen a raíz de la peste bubónica que azotó a Europa en esos siglos. Sin embargo esta Muerte se nos revela como un ser capaz de confundirse con la mujer amada y en vez de negro, vestida de blanco como la pureza de una novia que tiene la voluntad de alcanzar lo celestial. La única diferencia entre ésta y la Muerte es que esta última es fría, y la primera suponemos que es cálida. Por otra parte, el hecho de que se la confunda con la amada nos sugiere también una imagen tal vez juvenil de la Muerte.

En lo formal, el "juglar" utiliza como recurso del pleonasmo donde se redundan los adverbios "muy más" que sirve para reforzar la expresión “nieve fría”. Es redundante afirmar que la nieve es fría, pero de esta manera se acentúa un aspecto de frialdad, de insensibilidad, de terror que esta presencia produce. Es interesante ver que la nieve cae del cielo de la misma manera cae la muerte.

El enamorado no ve en ella a un ser extraño, al principio, la confunde con su objeto soñado, es decir cree haber alcanzado lo más deseado cuando la muerte se le aparece. Esto hace más terrible su anagnórisis (“darse cuenta”). Es tal su ingenuidad que el protagonista utiliza cuatro versos para expresarse mientras que la muerte lo hace en dos. En cuanto sea revelada su identidad, recién ahí el protagonista utilizará dos versos para expresarse. De esta manera lo formal y la acción se toman de la mano para sugerirnos la inconciencia o la prisa de los personajes.

En los primeros dos versos, donde escuchamos la voz directa del protagonista, se utiliza un paralelismo sinonímico, en la que se repite la idea contenida en la primera pregunta ("¿Por dónde has entrado amor?/ ¿Cómo has entrado, mi vida?"). Los siguientes dos versos constituyen una seriación de las entradas posibles a ese espacio. (“las puertas está cerradas/ ventanas y celosías”). Esta seriación y la afirmación de que éstas se encuentran obstruidas, nos reafirma que existe una imposibilidad de penetrar en ese espacio (¿real o onírico?), y así se nos empieza a perfilar la idea de algo extraterrenal. El narrador nos va introduciendo lentamente a esta conjetura, y con este último dato, ya casi nos preparó plenamente para revelarnos la verdad.

Las palabras de la Muerte serán contundentes y reveladoras, e incluso irónicas. (“no soy el amor, amante”). La expresión "amante" para referirse al protagonista dichas por la Muerte tiene un tono irónico. Antes de llamarlo así, la Muerte le dice "No soy el amor, amante". La reiteración de los derivados "amor" y "amante" marcan esa ironía, mostrando la ingenuidad del enamorado que sólo piensa en el amor.

"La Muerte que Dios te envía". Este verso tiene una trascendencia interesante. En primer lugar, que sea enviada por Dios nos da una idea trágica de la situación ya que no es posible volver atrás. Su aparición es irremediable porque está signada por un destino. Por otra parte, la utilización del dativo del pronombre personal de la segunda persona nos lleva a un tema interesante de ver. La muerte del hombre no es decidida por el hombre mismo, y por lo tanto es elegida por el hombre la muerte que le toca vivir. Esto se diferencia sustancialmente con la cultura griega que hace suponer que lo único que el hombre puede determinar es la forma en que quiere morir. La muerte del enamorado ya está signada. El enamorado confunde a la Muerte con su amor, y muere tratando de llegar a su amor. Incluso, la imagen de la Muerte que le envía Dios es confundida con la de su amor. Es la Muerte la que se mete en su sueño y marca desde allí lo que será la muerte del protagonista. Podría haberse utilizado el dativo "me" pero la utilización del "te" muestra la fragilidad del hombre frente a lo que es su destino.

“¡Ay Muerte tan rigurosa, / déjame vivir un día!”. El yo lírico se desespera, se conmueve, se exalta al reconocer la presencia de lo inevitable, de esto surge, no sólo los signos de exclamación, que acentúan el ruego, sino el adjetivo “rigurosa”. La muerte es “ley severa”, según el decir de Quevedo. Llega a todos por igual y no hay manera de escapar de ella. El enamorado pide un día más de vida. Quiere lo imposible: regatearle vida a la muerte. Este regateo nos muestra un hondo conocimiento de la naturaleza humana. Sólo frente a la muerte podemos reconocer la grandeza de la vida. Estas son las ideas que se rescatan con el final truncado de los romances. Menéndez Pidal dice que los finales truncados refuerzan la idea de "saber callar a tiempo", esto hace que prestemos atención a la situación y el mensaje que la historia encierra. Este dramatismo es lo que queda en el aire cuando el romance termina. Si bien no logra ganar todo el día que le pide, logra una hora, y la ingenuidad y la esperanza que lo caracteriza le hace conformarse y pensar que tal vez sería suficiente.

En la segunda etapa del romance cambia el narrador. Este ya no es el protagonista sino una tercera persona que ve los hechos desde afuera. Esto se confirma con el pronombre reflexivo "se". (“Muy de prisa se calzaba, / más de prisa se vestía; / ya se va para la calle, / en donde su amor vivía”)

Ahora la narración estará teñida de gran velocidad y movimiento. Esto queda claro con la reiteración del adverbio "prisa", de los adverbios "muy", "más", "ya". Otra de las cosas que lo confirman es la utilización de verbos para denotar acciones "calzaba", "vestía", "va". Todo expresa la urgencia del enamorado que esta movido por la esperanza de salvarse.

Otra vez se utilizará el recurso de la cantidad de versos para mostrar el conocimiento que los personajes tienen de la situación. Esto es análogo al diálogo que tuvo con la Muerte. El enamorado se expresa urgentemente en dos versos, mientras su amada lo hace en cuatro, hasta que él le explica la situación y la urgencia se le contagia.

Se introduce de nuevo el término "puerta" (¡Ábreme la puerta, blanca, / ábreme la puerta, niña!”). La puerta es el símbolo femenino y se relaciona con lo que permite el paso. Al igual que en el diálogo con la Muerte, la puerta está cerrada. A diferencia de la escena anterior, el enamorado (hombre terrenal), no puede traspasar esa barrera. La relación de su amada con la Muerte es evidente y no sólo por la utilización del sustantivo "puerta", sino también por la forma en que la llama "blanca". Este adjetivo ya fue usado para caracterizar a la Muerte, ahora utilizado en la amada le da a ésta, también, un toque celestial. Esto quedará más claro cuando el enamorado exprese su esperanza ("junto a ti vida sería"). El amor es visto como la posibilidad de traspasar la muerte.

La urgencia del protagonista está dada en la repetición de la orden "ábreme". Ante esta respuesta, su amada contestará con expresiones lentas en las que se detendrá a dar explicaciones sobre la imposibilidad de abrirle. Este contraste entre la urgencia y la lentitud crea un clima de tensión. Las explicaciones dadas por su amada nos deja entrever que el encuentro entre ellos es frecuente o habitual. El amor de ellos es consumado y no platónico. Si "la ocasión no es venida", es porque alguna vez lo fue. Estamos entonces ante un amor que no cumple las normas de lo moral y establecido, no santificado por el matrimonio, sacramento sagrado en la Edad Media. Este es un amor terrenal, carnal y real, pero sublimado por la posibilidad de ser la única salvación frente a la Muerte enviada por Dios. Este planteo es muy interesante ya que ha sido la inquietud de casi toda la literatura española, empezando por el Archipetre.

Esto queda plenamente planteado por el enamorado que reitera el "leit motiv" del poema mediante la antítesis "Vida-Muerte". La esperanza que la muerte se convierta en vida ante el amor es el gran tema del poema.

La urgencia y la angustia es ahora de la amada que también la expresa por medio de verbos acumulados. (“Vete bajo mi ventana /donde labraba y cosía, te echaré cordón de seda / para que subas arriba, / y si el cordón no alcanzare / mis trenzas añadiría”). Algunos de estos verbos como "labraba" y "cosía" no son referidos a la situación en concreto pero sí nos confirman un conocimiento del Enamorado del lugar donde vive su amada. Con respecto a esto vale reiterar que ahora es la amada la que utiliza la palabra "ventana" que lleva implícita la idea de penetración y es un símbolo de la conciencia. La ventana y la puerta como escapes de una situación y a su vez mostrarán la imposibilidad de hacerlo.

Por otra parte la propuesta de ascensión a un plano distinto ("subas arriba") tiene también un significado celestial.

El cordón presentado por la amada, tiene la connotación de ligazón, en su urgencia por rescatarlo, la ligazón que le propone es muy frágil pero sin embargo vistosa y ampulosa. Este es su intento de salvarlo y dignificarlo la vez. A esta ligazón se le suma la propuesta de añadir las trenzas siempre que el cordón no alcance (por supuesto). Su amada es capaz de dar algo de sí por la salvación de su amado. Las trenzas simbolizan una relación íntima. Ella es capaz de darlo todo por la vida de éste. Pero la seda es muy "fina" y no sólo porque se rompe, sino también en su carácter pomposo. Por otra parte ante la Muerte y el destino cualquier alternativa resulta inútil. La característica de ingenuo del Enamorado, se traslada también a la amada, y por que no, al amor en general.

Las palabras de la Muerte sintetizan la inapelable sentencia.

Trabajo realizado por la Prof. Paola De Nigris