viernes, 26 de julio de 2013

Delmira Agustini - Lo inefable (Texto)


Lo Inefable

Yo muero extrañamente...No me mata la Vida,
no me mata la Muerte, no me mata el Amor;
muero de un pensamiento mudo como una herida...
¿No habéis sentido nunca el extraño dolor

de un pensamiento inmenso que se arraiga en la vida,
devorando alma y carne, y no alcanza a dar flor?
¿Nunca llevasteis dentro una estrella dormida
que os abrasaba enteros y no daba un fulgor?...

Cumbre de los Martirios!... Llevar eternamente,
desgarradora y árida, la trágica simiente
clavada en las entrañas como un diente feroz!...

Pero arrancarla un día en una flor que abriera
milagrosa, inviolable!... Ah, más grande no fuera
tener entre las manos la cabeza de Dios!

Delmira Agustini

miércoles, 10 de julio de 2013

"El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha" (análisis Cap.I/ 3º Parte)


Prevenciones del hidalgo

(Parte 3 del Capítulo I de “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha)
Trabajo realizado por la Prof. Paola De Nigris

El proceso de la locura termina con la decisión del hidalgo de convertirse en caballero. Pero antes, el narrador deja claro que el hidalgo está loco con la expresión “rematado ya su juicio”. Sin embargo, podemos observar que esta locura es discutible en cuanto el lector comienza a ahondar en ese “extraño pensamiento que jamás vio loco en el mundo”. El protagonista considera que “convenible y necesario” hacerse caballero andante para aumentar su honra y servir a su república impartiendo justicia, “deshaciendo todo género de agravio” y poniéndose en peligro  para adquirir nombre y fama eterno.


En primer lugar, el hidalgo tiene dos propósitos, uno social y uno individual. Considera que es necesario impartir justicia para el beneficio de la su república. Si tomamos esta afirmación podemos preguntarnos quién está más loco, si el hidalgo que cree que transformándose en caballero puede cambiar el mundo, o el mundo que se ha degradado, corrompido tanto que necesita de un personaje para que exista la justicia.


Su segundo propósito es personal, y allí también podemos encontrar diferentes puntos de vista. Este hidalgo, que ha tenido una vida ociosa e improductiva, elige al final de su vida hacer que su vida valga la pena y ha sido uno de los grandes deseos del hombre de todos los tiempos, alcanzar la inmortalidad, ya sea a través del reconocimiento del mundo, o a través de la literatura o incluso buscando la fuente de la eterna vida. Pero al deseo de trascender la vida que llevamos es de los deseos más recurrentes en el hombre, dejar algo en esta tierra antes de partir. Esto coloca al personaje en un lugar profundamente humano y natural. Cobrar nombre y fama también es el deseo de cualquier hombre. Así el narrador, afirmando la locura del hidalgo, también afirma la locura de todos los lectores que lo leemos, los cuales también consideramos la injusticia del mundo y también deseamos trascender, pero tal vez no hagamos nada para hacerlo, ni lleguemos a un enfrentamiento con la realidad como se anima a hacer este hidalgo.


Es importante destacar que el principio de autoridad son las novelas de caballería. Se propone “ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban”. Por lo tanto aquello que los libros no dicen, él no lo hará. Ya el narrador y Cervantes se han esmerado en aclarar que estos libros son inverosímiles, es decir poco creíbles, llenos de fantasía; por lo tanto lo que el hidalgo querrá será hacer coincidir esa fantasía con la realidad, tal como haría un niño jugando a que es astronauta y va a la luna. Pero en el caso de un niño, la sociedad lo considera “normal”, conveniente y hasta necesario para la construcción de su identidad. En cambio en un hombre de cincuenta años, con un físico endeble, esta idea resulta inaceptable.


El hidalgo querrá ser parte de la fantasía. Él se imaginará no sólo protagonista de su vida, sino también, al estilo de las novelas, lo que el narrador dirá de él. Disfrutará creando el discurso del narrador, su deleite estará en imaginarse el relato de sus hazañas, y ha sido por allí que ha comenzado a tomar las prevenciones para convertirse en caballero: “Imaginábase el pobre ya coronado por el valor de su brazo, por lo menos, del imperio de Trapisonda”. El narrador, denigrando al personaje al llamarlo “pobre”, también juega con el nombre del imperio “Trapisonda”. Según la Real Academia Española, una de las acepciones de la palabra “trapisonda” (que ha caído hoy en desuso) es “agitación del mar, formada por olas pequeñas que se cruzan en diversos sentidos y cuyo ruido se oye a bastante distancia”. Así precisamente está la mente de este caballero, llena de sonidos lejanos y confusos, por lo tanto es una ironía pensar que es el emperador de ese mundo, y a su vez es una realidad indiscutible.


La primera prevención que el hidalgo toma es la de limpiar las armas de sus bisabuelos, que estaban olvidadas y herrumbradas. De alguna manera, esas armas, símbolo del origen de su identidad, de sus ancestros, del pasado mismo de una España ya olvidada. Igual que su historia, y la historia de España, éstas estaban olvidadas en un rincón, y le recuerdan de dónde venía y lo que nunca fue, rescatarlas es una forma de rescatarse a sí mismo, a su origen, su identidad y una época donde la palabra empeñada se defiende con honor y tiene valor, está cargada de contenidos. Recordemos que la España de este hidalgo ha perdido el sentido de la palabra, ha perdido el valor del honor.


Con las armas se da un episodio que explicará el mecanismo de la “locura”. Alonso Quijano ve que tiene un morrión simple, es decir el casco del caballero, pero le falta la celada que es la protección que usaban ante el ataque del exterior. No es casual que sea justamente la celada lo que le falte, el hidalgo no tiene más que su invención, su ingenio y las palabras de lo que ha leído para protegerse de ese mundo hostil que es el presente, y que es muy lejano del mundo imaginado. Tampoco es casual que intente reparar su falta con una celada hecha de cartón, porque será muy frágil la protección que tenga ante ese mundo antagonista que no lo acepta, lo desconoce y condenará sus sueños. La época del hierro, en la que se hacían las celadas, ahora se ha degradado tanto como para transformarse en la época del cartón, símbolo de esa decadencia del presente español.


Prueba su celada y con un solo golpe deshace lo que le tomó una semana crear. Hasta ahora el tiempo ha sido impreciso (“no ha mucho tiempo”, la comida habitual todo los días), no se ha detallado porque es el tiempo de un proceso interno, que no se mide porque es ocio improductivo. A partir de ahora es como si el tiempo empezara a correr; una semana para la celada; cuatro días para el nombre de su caballo, ocho para su nombre. El tiempo ahora es valioso, corre, es productivo. Es preciso porque está construyendo. Por eso, si bien le parece mal haberla roto tan fácil, no es para él tiempo perdido. Si en un golpe rompe una semana de trabajo, el tiempo tiene valor igual, porque está enfocado en un objetivo.


La hace de nuevo y le pone unas barras de hierro por dentro; obviamente no por eso va quedar más fuerte, pero basta con que él lo piense. Un loco real la hubiera probado, una persona que sabe que esta maquinaria de “sonadas soñadas invenciones” depende de lo que él elija creer, no la prueba, no lo necesita, basta con convencerse de “su fortaleza”. El adjetivo posesivo “su” abre el texto a un par de lecturas que se complementan. Por un lado puede referirse a la celada, el hidalgo cree que esta es fuerte después de los cambios que le ha producido, y no necesita probarla porque su mundo se construye de lo que él cree, como cualquier ser humano. Pero también puede referirse a la fortaleza de su brazo, y así se siente poderoso, acorde a la figura de un caballero. Ambas lecturas consolidan lo que el personaje quiere ver de los hechos. Su mirada es profundamente optimista y esperanzadora, al menos al comienzo de la novela; y no por ello es irreal, sino que elige el punto de vista que más le conviene. Los hombres, muchas veces tomamos los puntos de vista que nos sirven para sobrellevar situaciones que nos abruman o nos frustran. Así el mecanismo del hidalgo que aquí se llama “locura” es muy parecido al mecanismo de la sociedad actual.


La segunda prevención que toma el hidalgo es la transformación de su rocín en caballo de caballero. Esta transformación presenta también un principio de la mecánica de la creación del personaje. Este principio es la palabra creadora, la palabra mágica, aquella que basta con nombrar algo para que esto cambie de condición. Es la palabra primigenia, así como Dios crea al mundo y lo ordena a través de la palabra (“Dios dijo…”), así el hidalgo creará su mundo con sólo nombrarlo.


El rocín  del hidalgo es una representación de él. Al igual que en la grafopeya del personaje habíamos visto que éste no tenía ninguna de las cualidades que se esperaban de un caballero, sino que es un personaje totalmente opuesto a ese físico que vivía en imaginario colectivo; el narrador hace una grafopeya humorística del caballo. “Tenía más cuarto que un real” refiriéndose así a la moneda, el real, que necesitaba muchos “cuartos” para llegar al valor de ella. Pero la palabra “cuartos” también refiere a la condición de cuarteado. Este es un caballo de trabajo, viejo y destruido, no es el caballo de un caballero aventurero. Luego el narrador afirma “y más tachas que el caballo de Gonela”. Las tachas eran los adornos, y Gonela era un bufón, así que este caballo más parece el caballo de un payaso que el de un caballero, un caballo lleno de defectos y lamparones de pelo que se ha caído. Para ensalzar esta descripción, el narrador utiliza el latín que es un idioma considerado culto y reservado para eventos importantes. Así el narrador, irónicamente dice “tantum pellis et ossa fuit” que vendría a ser algo así como “tantum el pelo como sus huesos eran cosas del pasado”. Si la palabra “caballero conlleva dentro de sí la de “caballo”, y no existe una sin otra, este es el “caballo” perfecto para este “caballero”, porque ambos presentan una imagen humorística.


Sin embargo al hidalgo le pareció perfecto como caballo de caballero famoso, y como tal debía tener un nombre, como lo tenían esos caballos. Es justamente la invención del nombre lo que provocará el cambio de condición del caballo que pasará de ser un caballo de trabajo a ser un caballo prestigioso. El hidalgo se toma cuatro días para pensar este nombre, y esto será la antesala de su propio cambio de condición. Si él va a ser caballero, pues el caballo también ha de ser importante. Para la búsqueda del nombre, piensa en uno que declarase “quién había sido, antes que fuese de caballero andante”. Se trata de conservar la identidad pero cambiar la condición y es lo mismo que hará con sí mismo. Él es un hidalgo y por lo tanto un noble por herencia, el más pobre, pero noble al fin, y elegirá llamarse Don, el título de nobleza más alto. No se trata de anularse, sino de rescatarse y enaltecerse, y así buscar fama, comenzando por la construcción de un nombre ya que en su imaginación él “ya profesaba” la andante caballería.


El proceso creativo no es fácil, no sólo lleva tiempo, sino acción mental que el narrador plantea con la enumeración caótica de verbos (“formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer”). Así este caos no sólo muestra la pasión del personaje sino también la velocidad con que su cabeza funciona. El nombre al que llega, Rocinante, conserva la raíz, su identidad, no pierde su ser rocín, pero cambia el final de la palabra (la desinencia) agregándole una nueva palabra “ante”; así antes era rocín pero ahora es Rocinante, un caballo nuevo, vuelve a nacer con este nombre. Tres cualidades tiene este nombre “alto”, porque le cambia de jerarquía; “sonoro”, porque suena a nombre importante; y “significativo” porque además de ser antes un rocín vulgar y ahora un caballo importante, es ante todos los rocines del mundo el mejor.


La tercera prevención es ponerse nombre a sí mismo, y para ello se toma el doble de tiempo que se tomó con su caballo (ocho días). Recordemos que según el primer capítulo no sabemos cómo se llama el personaje, más adelante sabremos que éste es Alonso Quijano, no Quesada o Quijana como da a entender al retomar la discusión de los autores, volviendo así al tema de la veracidad de la historia. Si los autores discuten sobre su nombre, lo único que no es discutible es que el hidalgo exitió.


Por un lado, la palabra “quijote” es una pieza de la armadura que cubre el muslo del caballero. De esta manera, el nombre es una especie de metonimia del personaje, ya que a través de una parte se menciona el todo. Otra lectura posible parte del nombre es parecida a la de Rocinante. Conserva la raíz de su apellido “quij” y cambia “ano” por “ote”, conservando así su identidad. La terminación “ote” sugiere burla, ya que el aumentativo se utiliza en forma despreciativa (“grandote”, “muchachote”, “bobote”). Mientras el personaje se ensalza, el narrador se burla de él.


Además de añadir su nueva condición de Don, el personaje elige anexar el nombre de su patria, ya que había decidido ensalzar su república, y además está siguiendo su principio de autoridad, los libros de caballería, donde los caballeros colocaban el lugar de dónde provenían a su nombre.


La última prevención es “buscar una dama de quien enamorarse”. El amor es para el caballero el motor que mueve sus acciones, es la representación de la fe, la dama sin ser vista realmente, se convierte en el motor de sus acciones, la razón de su vida, la persona a la que se le dedica sus logros. Para definir esta relación entre el caballero y su dama, y la dinámica de este tipo de amor, el narrador dice “el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma”. Un árbol sin hojas y sin frutos es un árbol seco, sin razón de existir. Lo mismo sucede con la expresión “cuerpo sin alma”, sin la dama, un caballero es un muerto en vida. Esta expresión también proviene del ámbito de lo religioso, ya que el alma es el motor que hace humana la vida, es el aliento vital de Dios para que ese cuerpo sea humano, sienta y razone.


Una vez más, antes de pensar en la conversión de la labradora en dama, el personaje se deleita en el discurso que él mismo está construyendo para justificar la necesidad del amor. El discurso que imagina es al estilo de los libros de caballería: “si yo, por malos de mis pecados, o por mi buena suerte, me encuentro por ahí con algún gigante, como de ordinario les acontece a los caballeros andantes…”. Es una fórmula humorística la idea de que es común encontrarse por allí con un gigante, como si fuera algo natural. El caballero imagina no sólo vencerlo, sino también cómo hablaría delante de su dama, a la que todavía no ha ni siquiera elegido. El nombre del gigante “Caraculiambro” es una burla parecida a la del “imperio de Trapisonda” ya que el narrador no sólo se burla del personaje, sino también del gigante (piensen en el efecto sonoro que tiene ese nombre y las posibles asociaciones que uno podría imaginar). El caballero se huelga, goza de cómo hablaría el gigante, y de cómo sería el encuentro con esa dama.


Elije darle nombre de “señora de sus pensamientos” a una labradora que él algún tiempo había estado enamorado pero que ella ni siquiera lo supo jamás. Una vez más parte de la realidad y construye una realidad diferente, no parte de la nada. Necesita una dama, y la busca. Pero lo mejor es que esté lejos, porque ese “amor” es una construcción ideal, que jamás debe encontrarse en el plano de lo real. El único amor que se puede conservar para este caballero (y tal vez para “algunos caballeros”) es el amor que jamás pasa al plano de lo concreto, donde uno puede ponerle al otro todo lo que le gusta, sin necesidad de que el otro nos decepcione con su frustrante humanidad.


Esta labradora se llamaba Aldonza Lorenzo, y una vez más, jugando con el sonido cambia las letras de lugar y pasa a destacar la cualidad de la dulzura que debe caracterizar a una dama, llamándola Dulcinea, y anexando a ella el lugar “del Toboso”. Una vez más este nombre le resulta “músico”, suena bonito y natural en una dama; “peregrino” porque será el motor de sus andanzas, y “significativo” porque destacará la cualidad de dulzura, que pertenece al mundo de su imaginación, ya que la labradora que él elige está muy lejos de ser dulce según el comentario de alguno de sus personajes, dado que ella es el gran ausente, presente sólo en la mente del protagonista.

domingo, 7 de julio de 2013

Cervantes - "El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha" - (Capítulo I/2ª parte)



Proceso de la locura
(Segunda parte del Cap.I de “El Quijote)


Trabajo realizado por la Prof. Paola De Nigris
 
En este proceso de la locura del hidalgo podría visualizarse en etapas. La primera etapa sería la forma de leer esos libros de caballería. El narrador dice que leía “con afición y gusto” y en este aspecto no encontramos ninguna dificultad, ya que cualquiera puede leer así y no por eso volverse loco. Sin embargo hay algo extraño en su lectura porque olvida su hacienda, sus obligaciones y su entretenimiento habitual. Lee y algo se transforma en su realidad. El problema está en que tiene mucho tiempo ocioso; tiempo libre e improductivo; tiempo de evasión y no de creación. El personaje lee como si eso que leyera fuera real. No está leyendo ficción, está leyendo historia, su historia, la de sus antepasados. En unas palabras: lee “con afición y gusto” y olvida su vida presente. Aquello que le recuerda lo que no ha hecho, y lo que sí han hecho sus antepasados (o al menos imagina que han hecho).
Pero eso forma de leer pasa a una nueva etapa: lee “con curiosidad y desatino” y esto lo lleva a vender parte de su hacienda para acceder a más libros. La lectura con curiosidad no hace a la locura, sino que es sana si hace con acierto. El problema es que el hidalgo lo hace con “desatino”, es decir interpretando lo que le parece, pierde la razón de la obra, el núcleo, lee lo que quiere leer, porque esas historias hablan de él o de lo que él desearía ser, aunque él aún no se ha percatado de ello.
Pero el narrador se burla de su personaje porque le muestra al lector qué es lo que el hidalgo se desvive por entender. Cervantes, a través del narrador, critica la prosa rebuscada y recargada de los libros de caballería; sugiriendo, ingeniosamente que cualquiera que los leyera e intentara entenderlos se volvería loco. Cita así un fragmento para que el lector comprenda el estilo de estos libros, destinados a confundir, floreándose en la repetición de palabras o en polípotes (que es cuando se conserva la raíz de una palabra pero se cambia la terminación “merecimiento que merece”) que suenan bonito pero no dicen nada. Sin embargo, el hidalgo, lector también, considera hermosas estas narraciones “por la claridad de su prosa”. Es precisamente en esa perspectiva de miradas donde se aprecia el desatino. Lo que para cualquiera resulta recargado e incomprensible, a él le parece claro, incluso “le parecían de perlas”, metáfora que sugiere la brillantez y la preciosidad de aquella forma de decir. Es la musicalidad y el desafío por comprender lo incompresible, lo que hace que él mantenga ocupada su mente, y por lo tanto esta lectura viene a llenar el vacío que el personaje tiene dentro.
Irónicamente, el narrador ubica al lector en una nueva etapa del hidalgo: “desvelábase por entenderla y desentrañarles el sentido”. La ironía se presenta al mencionar a Aristóteles, padre del racionalismo, que aun cuando resucitara tan sólo para tratar de entender esa prosa y tuviera todo el tiempo para hacerlo, no lograría encontrar algo lógico en ella. Pero el hidalgo descuida una necesidad básica, el dormir, para intentar entender. Su mente vuela perdiéndose en el laberinto de las palabras.
Vale apreciar la forma en que el narrador abre diferentes dimensiones en la lectura. Dice el mismo: “con estas razones perdía el pobre caballero el juicio”. Por un lado nos asegura que se está volviendo loco, pero por otro utiliza la palabra “caballero” que en este contexto adquiere una dimensión importante. El que pierde el juicio es el hidalgo que aún no ha decidido convertirse en caballero. Sin embargo el narrador utiliza esa palabra en un sentido común, dejando abierto el sentido de clase noble guerrera, que es a lo que querrá acceder. De esta forma el cuestionamiento de su locura empieza a plantearse: ¿es caballero o es hidalgo? ¿o es las dos cosas? ¿está loco o es un ser que quiere reinventarse? ¿es loco querer reinventarse y cambiar la vida ociosa que se lleva? Si es un hidalgo y sus antepasados eran guerreros, ¿está mal querer comprender ese pasado que hace a su identidad? Existen algunos cuestionamientos más que se van abriendo a medida que el narrador afirma su locura y el lector empieza a reflexionar sobre ella.
Pero aún no ha llegado a la profundidad de este proceso, porque el personaje cuestiona la verosimilitud de estas novelas. Es decir, aún puede diferenciar la realidad de la ficción. Los caballeros que él lee deberían estar llenos de heridas y cicatrices, porque después de tantas batallas no existe mago que pudiera borrar lo que han vivido. No es creíble que sigan siendo gallardos y perfectos después de tantas luchas. Sin embargo, lo que le gusta de esas novelas es que nunca terminen, es decir la promesa de un “continuará”, porque esto le permite imaginar, esperar la próxima aventura. En una palabra, le permite ser parte de esas aventuras imaginando su continuación, le abren una puerta a un mundo creativo posible. Tanto es así que a él le hubiera gustado ser el escritor de esas continuaciones, pero no puede, porque “otros mayores y continuos pensamientos” no se lo permitían. No se contenta con ser escritor, eso sería posible y lógico, pero dentro de él está la idea de ir más allá, él quiere ser protagonista, personaje de su vida, igualándola con una novela. Si la realidad no es como las novelas, eso no importa, porque creerá que bastará con nombrar las cosas tal como las leyó, para que la realidad se transforme en el mundo de caballería.
El narrador también nos deja claro que la lectura de estas novelas no es exclusividad del hidalgo. Todos en la época leen esas novelas y las comentan, son el entretenimiento del momento. El vulgo discute quién es mejor caballero, quién es más valiente, quién es el preferido; y en estas discusiones el hidalgo también toma parte en éstas. Si el vulgo lee novelas de caballería, y estas son tan nocivas para los lectores ¿por qué no se han vuelto locos más personajes? Porque no todos son hidalgos, y no todos leen como este hidalgo, ni tienen tiempo ocioso para alienar en esta lectura. El cura tiene obligaciones al igual que el barbero, son hombres de pueblo, no tiene en su historia un pasado guerrero que rescatar; por lo tanto leen para entretenerse.
Casi al final del proceso, el narrador nos muestra cómo el personaje pierde el juicio: “se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro y los días de turbio en turbio; y así del poco dormir y del mucho leer se le secó el cerebro”. Esta cita es emblemática en este proceso, porque ahora el hidalgo perdió toda conexión con sus necesidades básicas, y sobre todo las del sueño. Esto resulta interesante si se piensa que en el dormir habita el sueño, y el hidalgo no necesita eso ya que sueña despierto; lo que le hace perder la noción de la realidad. El narrador omnisciente, que juega a conocer todo lo que piensa el personaje y elige no saber cuál es el nombre, ni de dónde viene exactamente, plantea en una figura literaria, este proceso: “las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio”. Todas las palabras aquí son polisémicas (tienen muchos sentidos). En primer lugar utiliza un paralelismo antitético (la misma estructura gramatical y sus términos son contrarios) contraponiendo noches/días. Y a su vez plantea la antítesis “noches/claro” y “días/turbio”. La noche, momento de los sueños, donde todo es confuso, el hidalgo está claro, y a su vez pasa de “claro en claro”, es decir leyendo toda la noche a la luz artificial de la vela. Y los días que naturalmente tienen la claridad, el hidalgo se pasa “de turbio en turbio”, porque su mente está confusa con la fantasía que se asienta en su cabeza. El final de esto es predecible: la confusión de realidad y la fantasía. Y tan profundo es esto en el personaje que elegirá la segunda por sobre la primera. Por ello el narrador concluye con la metáfora “se le secó el cerebro”, es como si hubiera exprimido y desechado todo lo que de razón quedaba en él.
Todo lo que leía pasa ahora a ser real, el sueño (emperador de la noche) reina ahora en el día. Enumerando lo que leía, el narrador coloca al lector en el caos de la mente del hidalgo, porque esta enumeración es caótica, sin razones de jerarquía: “encantamientos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles”. Con este recurso el narrador nos presenta una suerte de “zapping” de fragmentos “emocionantes” que empiezan a entreverarse en la mente del hidalgo y que dan la idea den el lector de cómo todo se comienza a mezclar. Para el hidalgo es verdad, “aquella máquina de aquellas sonadas soñadas invenciones que leía”. La metáfora de la máquina nos sugiere que algo empieza a funcionar dentro de él, algo novedoso que se ha ido construyendo meticulosamente; y el motor son las “sonadas soñadas invenciones” porque aquella comenzó en la sonoridad de una prosa para transformarse en sueños incontrolables para el protagonista.
La fantasía pasa a ser más cierta que la realidad. Le gusta más aquellos personajes alejados de la realidad como el Caballero de la Ardiente Espada, antes que el Cid, personaje histórico. El personaje ficticio, además, ha hecho hazañas más fantásticas como ser partir en dos a “descomunales gigantes”.
Pero su imaginación no solo elige la fantasía, sino que elige mezclar épocas. Le gusta el caballero que ha utilizado una estratagema de Hércules. Así se mezclan la época medieval con los mitos griegos. Culturas diferentes, épocas distintas, personajes ingeniosos que han aprendido a valerse del “pasado” y hacerlo “presente”.
Otra característica que le gusta es la del Gigante Morgante, porque si bien en apariencia es una cosa, en esencia es lo contrario, no es como todos “soberbio y descomedido”, sino “afable y bien criado”. De la misma manera, él, Alonso Quijano el bueno, no se transformará en asaltante de camino, sino que elegirá potenciar su condición de bueno transformándose en caballero para impartir justicia, no importa si parece un personaje burlesco y anacrónico. No es lo que parece lo que importa sino lo que es, igual que el gigante Morgante.
No sólo mezcla todo lo antes dicho, sino también religiones. Reinaldo de Moltaban roba un ídolo de Mahoma. Así que aquellos caballeros cristianos, limpios de espíritu, también estarán entreverándose en la religión budista.
Pero una sola cosa es “traidor”, Galalón, personaje de ficción y el ama y su sobrina, personajes de la realidad. El enemigo es la realidad, y el personaje se sentiría feliz si pudiera castigarla.